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jueves, 7 de marzo de 2019

Frasquita Larrea, Rosa Gálvez, Fernán Caballero, Gertrudis Gómez de Avellaneda, Carolina Coronado y Amalia Domingo Soler, modelos de escritoras y de mujer




     Mañana es 8 de marzo, día de la mujer y una vez más quiero acordarme de algunas escritoras de los siglos XVIII y XIX, centurias a las que me dedico preferentemente. No es que ignore o me olvide de las escritoras de hoy, simplemente quiero recordar que también ellas tuvieron que soportar muchos prejuicuios, autocensuras e injusticias de las que hoy aún no nos hemos liberado.

    Ahí está Rosa Gálvez de Cabrera —apellido este último de su marido— que, además de soportar los caprichos y aficiones al juego de su cónyuge, hubo de sobrellevar las maledicencias de quienes la vinculaban sentimentalmente a Godoy y las de quienes discutían su valía como escritora por el simple hecho de ser mujer.
     O el flagrante caso de Frasquita Larrea que al filo del mil ochocientos se mostraba convencida defensora de los derechos de la mujer, seguidora entusiasta de la obra de Mary Wallstonecraft, en contra de la opinión de su marido, Juan Nicolás Böhl, que quería que se deshiciera de ella y luego, desdiciéndose, a comienzos del Trienio, asustada al ver que las mujeres de las vecindades de Arcos de la Frontera se entusiasmaban con los liberales Quiroga y Riego, hasta el punto de rechazar que las mujeres pudieran entender de política. Sin embargo, no por ello abandonó su curiosidad intelectual —fue traductora de Byron— y animó a escribir a su hija Cecilia Böhl de Faber, convirtiéndose de alguna manera en editora de su primer relato, cuando envió a la revista El Artista «Una madre o la batalla de Trafalgar».
    La misma Cecilia se debatiría entre ser admitida en la república de las letras, imperio dominado por los hombres, escribir para sí o atreverse a irrumpir en este ámbito de la masculidad amparada, eso sí, en el seudónimo masculino de Fernán Caballero
     Precisamente por ir sin ese escudo masculino y escribir sin tapujos dando rienda suelta a toda su creatividad, Gertrudis Gómez de Avellaneda tampoco fue apreciada por su verdadera calidad como escritora, y la valentía e implicación social de mucho sus textos, sino que fue minusvalorada y vista con recelo incluso por otras escritoras, que tampoco sentían simpatía por sus ideas, como la propia Fernán Caballero.
     Tampoco le fue demasiado bien a Carolina Coronado, por su activismo social y político, en la que cabe encuadrar su decidida actividad en favor de las mujeres, de la abolición de la esclavitud y de las ideas progresistas. Su novela Luisa Sigea o su «Galería de poetisas contemporáneas», constituyen una muestra notable.
     Por último, quiero referirme a la autora de los Cuentos espiritistas (1926), volumen antológico póstumo de los relatos que, entre más de dos mil textos, publicó la escritora sevillana Amalia Domínguez Soler en la prensa espiritista. El espiritismo y, más concretamente la denominada literatura «medianímica» o dictada a través de un «medium» fue uno de los subterfugios para escribir más libremente de todas sus preocupaciones.
    Ellas no lo tuvieron fácil, no, pero hoy tampoco existen las mismas oportunidades para las mujeres. Por eso MAÑANA PARAMOS y acudiremos a la MANIFESTACIÓN DEL 8 DE MARZO.

sábado, 12 de enero de 2019

Enfermedad y literatura

     En mayo pasado acudí a la Universitè de Neuchâtel invitada a participar en un seminario internacional sobre esta temática por invitación del profesor Antonio Sánchez Jiménez.
     Se trata de una temática de la que ya me había ocupado en otra ocasión, al comienzo de mi carrera investigadora, con motivo de otro seminario realizado en Valladolid y sobre el que recientemente había leído algunos trabajos a propósito de unas lecturas de Gil y Carrasco —«Anochecer en San Antonio de la Florida», «El lago de Carucedo» y El señor de Bembibre— y otras más recientes sobre una novela popular de Manuel Fernández y González, La buena madre (1866). 

      La visión de la enfermedad en la obra de Enrique Gil, como ya estudiara Sebold, tiene mucho que ver con la propia condición enfermiza del autor que padecería de tisis y moriría muy joven a consecuencia de esta enfermedad. Por el contrario, en el caso de la novela de Fernández y González, la representación de la enfermedad tiene que ver con un drama colectivo vivido en no pocas ocasiones en la historia de España desde la Edad Media a la Contemporánea. Por tanto padecida por los personajes históricos de la novela que se sitúa en la época del reinado de María de Molina, viuda de Sancho IV y regente durante la minoría de edad de su hijo Fernando, al tiempo que sufrida también por los lectores coetáneos del famoso sevillano durante el reinado de Isabel II.
     Lo más curioso de esta representación de la enfermedad colectiva es el intento de identificación entre la epidemia de cólera y la podredumbre de la situación política, algo que, por cierto, a los lectores actuales, hartos de tanta crisis de todo tipo, también nos toca muy de cerca.
     Entre uno y otro modo de literaturizar la enfermedad, decidí acudir a Larra y su novela El doncel de don Enrique El doliente, que tantos guiños hace al lector en busca de una complicidad que atañe tanto al sufrimiento derivado de la decepción amorosa como al desengaño político que tanto le hicieron sufrir hasta abocarlo al suicidio. Afortunadamente, en las páginas de Larra también podemos encontrar ese sentido del humor que puede conjurar la tentación de dejarnos arrastrar por la melancolía o la desesperación.

sábado, 15 de diciembre de 2018

«Leer y escribir la nación: mitos e imaginarios literarios de España (1831-1879)»

Tal como estaba previsto, dentro del Seminario Intrernacional Imaginarios nacionales españoles se presentó la página web del proyecto «Leer y escribir la nación:mitos e imaginarios literarios de España (1831-1879)».

      Dicha web reúne la información del proyecto relativa los objetivos que persigue, el equipo de investigadores que lo conforma, las actividades que ha realizado y proyecta llevar a cabo y ofrece a los investigadores e interesados en general la posibilidad de consultar una base de datos dirigida a poner a disposición de los usuarios una detallada información sobre las obras publicadas entre 1831 y 1879 que tengan algún interés para analizar el modo en que la literatura de la época contribuyó a crear, recrear y difundir los imaginarios de la nación española entre las distintas capas de la sociedad del momento.
     Esta base de datos, que iremos construyendo paulatinamente, a medida que se vaya desarrollando el proyecto, está concebida en realidad como una «base de conocimiento», esto es que está abierta a la colaboración de aquellos investigadores que quieran poner a disposición de la comunidad sus avances en el estudio de este tema que cobra en estos tiempos una actualidad relevante.
     Para ello, el investigador interesado solo tiene que rellenar el formulario de contacto y solicitar participar con su investigación en esta base, en la seguridad de que en sus aportaciones será reconocida su autoría.
     En la actualidad se han incluido algo más de un centenar de fichas de obras entre las que se encuentras desde artículos de periódicos a folletos, partituras, poesías, obras de teatro y novelas, de autores anónimos o tan conocidos como Benito Pérez Galdós. 
     El equipo de investigadores está muy ilusionado con este trabajo que esperamos sea de utilidad tanto a la comunidad científica como a la ciudadanía en general.
     Para acceder a la web, pinche en el siguiente enlace y para el buscador aquí.

martes, 11 de diciembre de 2018

Seminario Internacional «Imaginarios nacionales españoles (1831-1879)». 13 y 14 de diciembre

        En el marco del Proyecto I+D «Leer y escribir la nación: Mitos e imaginarios literarios de España (1831-1879)» (AEI / FEDER, EU) se celebrarán los próximos días 13 y 14 de diciembre un Seminario Internacional que tiene por objeto profundizar en los «Imaginarios nacionales españoles» que se contruyen entre la fundación de la revista Cartas españolas y la finalización de la «Segunda Serie de los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós.

         La lucha por el relato nacionalista parece empeñada en ocultar que la idea de nación es una construcción que se asienta en una comunidad en el curso de la historia. A partir de las primitivas clasificaciones de los caracteres nacionales realizadas en Europa en el siglo XVI, que difunden ampliamente imágenes estereotipadas en el XVII, es en el periodo de la Ilustración cuando se acepta y se debate la idea de nación. Más allá de la lengua, el vestido, las modas, la música o la danza serán elementos igualmente determinantes a la hora de crear y mantener el sentimiento de pertenencia a una comunidad nacional. Por otra parte, la literatura, la historia y las artes construirán, mantendrán y difundirán los mitos, figuras y leyendas de los que se alimentará el imaginario nacional. Este proceso cobrará un especial relieve en la era de las revoluciones, en la medida en que, además, este concepto de nación se utiliza como alternativa a las debilitadas legitimidades del Antiguo Régimen. El desarrollo en el XVIII de disciplinas como la historiografía o la historia de la literatura no harán sino favorecer el uso de la cultura en la construcción y difusión del relato nacional. Por su parte, el avance del Romanticismo, al reaccionar tanto contra la atemporalidad del canon ilustrado como contra la homogeneidad que la lógica imperial trataba de imponer en los diferentes territorios, acelerará este proceso de construcción nacional, que se verá reforzado con la valoración a un tiempo del individuo y de lo propio de cada país. 
        El objeto de este Seminario internacional será examinar de qué modo en Europa la literatura, el arte, la historia y la filosofía intervienen en esta negociación de las identidades colectivas, analizar cuáles son los mecanismos que se utilizan para generar un sentimiento de pertenencia nacional, estudiar de qué manera se constituyen en mediadoras de los imaginarios y de los relatos de los distintos poderes en conflicto y considerar cuáles son los rasgos resultantes de esa cultura nacionalizadora y nacional, que se construye por comparación con la de otras naciones, apelando al mismo tiempo a la igualdad, para dialogar con los otros al mismo nivel, y a la diferencia, para defender la propia singularidad.
         
         El programa será el siguiente:



martes, 4 de diciembre de 2018

«La buena madre. Crónicas de Castilla, regencia de Doña María de Molina» (1866), novela de Manuel Fernández y González


     La lámina de Múgica que inaugura la publicación de esta novela, editada por Guijarro en 1866 representa a una reina medieval que enseña a su hijo mediante la lectura.

Cubierta de La buena madre ilustrada por Múgica (Guijarro, 1866).
 Fuente: Archive.org.

   

     Tal como indica el título, se trata de una crónica novelada de la regencia de Doña María de Molina que, después de reinar junto a su marido Sancho IV, desempeñó la regencia en nombre de su hijo el infante Fernando y luego de su nieto, el futuro Alfonso XI; un nombre de rey que sería continuado, precisamente, por el hijo de Isabel II y Francisco de Asís, a quienes está dedicada esta novela.
      No terminan aquí las relaciones entre uno y otro reinado, pues cabe recordar las dificultades que aún rodeaban a Isabel II, combatida por las tropas carlistas en una guerra que parecía renacer una vez tras el alzamiento del general Jaime Ortega en San Carlos de la Rápita en 1860. A ese frente hay que sumar los planes conspirativos de Prim, abortados a principios de 1866 con el subsiguiente exilio del general y el fusilamiento de algunos de los que se habían amotinado en Villarejo de Salvanés.
     En la novela de Fernández y González, María de Molina, como ya lo hiciera siglos atrás Tirso de Molina, y más recientemente, Mariano Roca de Togores, es presentada como modelo de mujer, madre y reina, por su prudencia, moderación, clemencia, honestidad y confianza en Dios.
     Sin embargo, además del ingrediente histórico-político, no falta el puramente novelesco que entreteje diversas historias amorosas, pero también una aventura, la de un personaje ficticio, Zayda Fátima, que cuenta, por otra parte, con apoyatura real en Fatima bint al-Ahmar, sultana nazarita hija de Muhammd II, a quien Fernández y González, la imagina convertida al cristianismo y pidiendo amparo a María de Molina, tras haber sido raptada por el infante don Juan Manuel.  
Zayda Fátima, travestida como Águila Roja.
      Por si fuera poco, Fátima huirá nuevamente para evitar a los pretendientes que la acosan en la corte de doña María y, a este fin, decidirá travestirse en el caballero del Águila Roja, iniciando nuevas y arriesgadas empresas bajo este nombre, tanto en el campo de batalla como en un terreno sentimental de ambigua significación.
     María de Molina, por su parte, conseguirá, no sin trabajos y riesgos, mantener el poder para su hijo, pero verá que, a pesar de sus desvelos, el joven Fernando heredará el carácter impulsivo e irascible de su padre, lo que finalmente le granjeará la muerte y, de nuevo, convertirá a doña María regente, esta vez en nombre de su nieto, tras la muerte también de su otro hijo, el infante don Pedro, tutor del niño.
     En fin, una novela histórica original, con muchas lecturas y donde la mujer y sus relaciones con el poder ofrecen interesantes representaciones, que tienen mucho que ver con la reciente —y no tan reciente— historia de España, tal como he intentado explicar en un reciente artículo publicado en la estadounidense revista Crítica hispánica

martes, 5 de junio de 2018

Pedro Ibáñez-Pacheco y Gállaga

        El escritor Pedro Ibáñez-Pacheco nació en El Puerto de Santa María el 30 de noviembre de 1833, en el seno de una familia de clase acomodada, compuesta por sus padres, Jacinto Ibáñez Pacheco y Sánchez y María Dolores Gállaga y Belaustegui, y el primogénito, Jacinto.
     Su bisabuelo paterno, José Ibáñez Pacheco, nacido en Elguera (Montaña Cántabra), vino a establecerse a la ciudad portuense por motivos comerciales y aquí se caso con María Ruiz Tagle, también de tradicional familia comerciante y asimismo procedente del Norte. Los Belaustegui, acaudalada familia afincada en El Puerto, se dedicaban a los cultivos y negocios vitivinícolas. En 1836, Jacinto Ibáñez Pacheco, propietario y cultivador, se traslada con su familia a Cádiz.A los veinticinco años, Pedro era estudiante de jurisprudencia, pero al parecer no se graduó, posiblemente porque tras la muerte del padre en 1860, la economía familiar se resintiera y hubiera de ocuparse de los negocios. 
     En 1865, se casa con la gaditana Luisa Moreno, y fueron padres de tres hijos, Milagros, Ignacio y Juan. Propietario de situación holgada, pudo dedicarse a la política activa. En 1870 se halla en las filas del Partido Moderado. Cinco años más tarde, resulta elegido diputado provincial por el primer distrito de Arcos, y nombrado visitador de la Casa Matriz de Expósitos. Por sus servicios en el cargo, le fue concedida la «Cruz Blanca de Segunda Clase de la Real Orden del Mérito Militar»; posteriormente se le otorgarán los honores de «Jefe Superior de Administración Civil». 
     A partir de este momento parece dedicarse más a sus actividades literarias que a sus negocios, pues, tras diversos reveses de fortuna —de los que no se tienen más noticias— tuvo que aceptar en 1884 el cargo de Director del Hospicio Provincial de Santa Elena, donde murió al año siguiente, dejando a su familia sin recursos financieros.Como escritor colaboró en varias publicaciones periódicas entre las que destacan las revistas gaditanas La Verdad, donde publicó en varias entregas sus cuentos en verso, Cádiz, de Patrocinio de Biedma, y El Comercio
     Asimismo fue miembro de la Real Academia Gaditana de Ciencias y Letras, de la Provincial de Bellas Artes, y colaboraba con la Asociación de Cervantistas de Cádiz, de cuyo titular era gran admirador, pues llegó a reunir diecinueve ejemplares de El Quijote de singular edición.

miércoles, 16 de mayo de 2018

Tom Wolfe, polémico y epatante escritor y periodista

    El pasado lunes 14 de mayo falleció Tom Wolfe, escritor y periodista, famoso por novelas como La hoguera de las vanidades, y creador del llamado «Nuevo periodismo». Quienes llevamos más de quince años investigando e impartiendo docencia sobre «Literatura y periodismo», no podemos menos de tributar un pequeño recuerdo para quien ha sido una figura tan importante en ambos campos. 
Fuente: DiarioUChile.

     Cuando empezaba a preparar las varias asignaturas de licenciatura y doctorado, luego también de grado y máster, hubo un libro de Albert Chillón que me prestó una inestimable ayuda, por la frescura de sus propuestas. Se trata de Literatura y periodismo. Una tradición de relaciones promiscuas (Universitat de València, 1999), que me resultó muy atractivo porque no sólo traía a colación ejemplos clásicos sino también referencias de relativa actualidad. Desde luego allí estaba Wolfe que, por cierto, no siempre sale bien parado. 
     Es evidente que su figura ha sido muy polémica y que, más allá de su pensamiento conservador, a Wolfe le encantaba llamar la atención. Sus críticas contra escritores, ensayistas y periodistas no siempre estaban suficientemente fundamentadas —como el propio Chillón se encargó de señalar— y, en ocasiones, parece que el ataque es una manera fácil de atraer la atención de la opinión pública. Así, por ejemplo, hace un par de años dirigió sus dardos contra Darwin y Chomsky en The Kingdom of Speech (2016), «a bonfire of facts, reeking of vanity», según Steven Poole, crítico de The Guardian.
     Como no podía ser de otra manera, en estos días la prensa le ha dedicado varios obituarios, entre los que pueden leerse aquí el de Idoya Noain, para El Periódico, el de Amanda Mars, para El País y el de Claudia Carvajal G., para DiarioUChile, de donde procede la imagen.