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lunes, 26 de mayo de 2014

«Los niños perdidos», de Laila Ripoll

El régimen totalitario imponía pues el vocabulario guerrero 
en circunstancias de paz y no admitía matices:
toda persona diferente era un enemigo, al que era legítimo,
incluso loable, exterminar como a una cucaracha.
Tzvetan Todorov, El miedo a los bárbaros.


       Los niños perdidos de Laila Ripoll es una de las obras que componen la «Trilogía de la memoria». Como ha explicado su autora en alguna ocasión, esta obra apenas se ha representado fuera de Madrid debido -asegura su autora- a presiones políticas.
Fuente. Madrid Teatro
         Tuvieron que recurrir a los escasos testimonios que lograron encontrar, entre ellos el de la madre del actor Mariano Llorente, que daba vida a Tusa, y otro al de Carlos Giménez, autor de historietas como Paracuellos y Auxilio Social.
       La autora, nieta de republicanos exiliados, reclama su derecho a saber y la necesidad de dar voz a los más débiles. En este caso, Laila Ripoll prefiere recurrir a la de los niños Cucachica, Marqués, Lázaro y Tuso,  que se reúnen en el desván de un orfanato dirigido por monjas, de las que solo conocemos a la Sor, para dar rienda suelta a sus miedos y a su miseria. Todo ello en un mundo propio y a la vez compartido, el de los juegos.
         La obra está presidida por una cita de la obra Purgatorio, de W. B. Yeats, que nos ofrece una pista para interpretar correctamente lo que sucede:

... porque es todo
un ensueño en la mente de mi madre,
que, por estar ya muerta,
sola también está con los remoridimientos.


miércoles, 21 de mayo de 2014

La paz en Europa. De Kant a Juan Mayorga (I)

En un primer momento creía que la libertad era uno de los valores fundamentales
de la democracia, pero con el tiempo me di cuenta de que determinados usos de la
libertad pueden suponer un peligro para la democracia.
Tzvetan Todorov, Los enemigos íntimos de la democracia (2012) 

               Este curso, en la asignatura sobre teatro en español, me propuse avanzar con un análisis que había iniciado el curso anterior aunque entonces no lo hiciera de forma consciente. Se trataba de proponer dos temas, a veces entrecruzados, a través de los cuáles pudiéramos estudiar una serie de textos dramáticos. Así del siglo XIX elegí una obra representativa del Romanticismo, Don Álvaro o la fuerza del sino (1835) del Duque de Rivas. Del XX las elegidas fueron Bodas de sangre (1933), de Federico García Lorca, y Salvajes (1997), de José Luis Alonso de Santos. En lo que se refiere a este XXI, la selección recayó en Los niños perdidos (2006), de Laila Ripoll, a la que dedicaré otra entrada, más adelante, y La paz perpetua, de Juan Mayorga.
                 Cuando estamos a punto de votar en unas elecciones europeas, me ha parecido oportuno dedicar una líneas a esta obra de Juan Mayorga que, como otras del autor, toma como punto de partida un texto filosófico, La paz perpetua (1795) de Inmanuel Kant, si bien la obra de Mayorga no se plantea exactamente a Europa como escenario -puede decirse que, en realidad, Kant tampoco-, sino esta aldea global. También cabe decir que la obra de Mayorga fue el resultado del encargo de Gerardo Vera de escribir una obra sobre el problema del terrorismo actualizado en aquel momento por los atentados del 11-M.
            Para tratar un problema tan complejo, Mayorga decidió abordarlo a través de una fábula -como ya hiciera en Palabra de perro (2009) y Últimas palabras de Copito de Nieve (2009)-, protagonizada por tres perros, los mismos animales que protagonizan el diálogo del coloquio cervantino que adaptó libremente en 2009.
            Como señala Manuel Barrera Benítez en la introducción a edición realizada para KRK de La paz perpetua (2009, 14-15)


Mayorga, en una «vuelta de tuerca», dispone que los actores se animalicen para expresar no tanto la parte animal del hombre, sino fundamentalmente para desentrañar, en una extraña pero eficaz mecla de ilusionismo y distancia, la esencia de lo humano, incluido su comportamiento animal o la degradación a la que con frecuencia es sometido y somete, ahondando en el contraste que se produce entre la humanización del animal y el hombre deshumanizado.





Montaje de La paz perpetua, de la TNC.


         En este caso, a través del conflicto planteado entre tres aspirantes, Odín, Enmanuel y John-John que deben enfrentarse a una serie de pruebas que les propone un perro experto, Casius, para seleccionar al más adecuado para entrar al servicio del humano, Juan Mayorga nos enfrenta a un caso límite, el del terrorismo y el de la tortura ejercida por el estado, de modo que aquí, poder y violencia se entrecruzan para devolvernos el lado más deshumanizado, «más animal», del ser humano.
                 Resulta evidente que La paz perpetua sitúa al terrorismo como la mayor amenaza para la democracia, el peligro que más nos aleja de la paz utópica planteada por Kant, pero también lo es que, en general, cualquier violencia racial o religiosa ¿en nombre de qué se combate ahora en las calles de Crimea? está poniendo en peligro la construcción de Europa, por eso, entre otros motivos, es tan importante concienciarse de la necesidad de implicarnos en nuestra paz presente y futura, de implicarnos en Europa. La pregunta que nos plantea Mayorga es: ¿hasta dónde estaríamos dispuestos a llegar para salvaguardar esa paz?, ¿cuáles son los límites que no estamos dispuestos a rebasar? Y yo me pregunto, dejar naufragar a milles de inmigrantes entra dentro de los «daños colaterales» que estamos dispuestos a soportar? 

sábado, 17 de mayo de 2014

La agonía del Tenorio

         Desde El Burlador de Sevilla —sea de Tirso de Molina o de Andrés de Claramonte— al Don Juan Tenorio de Zorrilla, el vencimiento del plazo que otorga al seductor la divinidad se ha convertido en un motivo dramático fundamental, si bien la agonía cobra en unas obras mayor dimensión y complejidad textual que en otras.
Parece claro que en la versión barroca el proceso agónico es muy breve. Se inicia en el momento en que Don Gonzalo tiende la mano al seductor y este le responde:
D. Juan        ¡Que me abraso! ¡No me abrases
                     con tu fuego!                 
Advertido por Don Gonzalo de que ese fuego es el castigo que Dios le impone por sus culpas: «Ésta es justicia de Dios: "quien tal hace, que tal pague"», el burlador ruega de nuevo:

D. Juan       ¡Que me abraso, no me aprietes! 
                    Con la daga he de matarte.
                    Mas, ¡ay, que me canso en vano
                    de tirar golpes al aire!
Don Gonzalo no se ablanda y Don Juan pide entonces confesión, pero don Gonzalo rechaza tal posibilidad: «No hay lugar: ya acuerdas tarde». Y efectivamente, poco puede durar ya la lucha:

D. Juan       ¡Que me quemo! ¡Que me abraso!
                    ¡Muerto soy!
         Y efectivamente, la acotación indica que Don Juan «cae muerto».
Bastante más larga es la agonía que sufre el protagonista de El Estudiante de Salamanca, «segundo Don Juan Tenorio», en el que, sin duda, también se inspirará Zorrilla, como puede comprobarse a partir de la presencia de varios motivos que luego reaparecerán en la obra del vallisoletano. Cuando dirigen sus pasos hacia la muerte, ambos protagonistas acaban de matar a un rival en un desafío y ambos tienen un encuentro que los avisa de su próxima muerte. Félix de Montemar se encuentra con la figura de una mujer misteriosa, a la que sigue por un espacio fantástico, que se abre después de que Don Félix «se adelanta / por la calle fatal del Ataúd». Siguiendo a la devota tapada, descubre la imagen de Jesús alumbrada por una lamparilla, ante la que el impío no duda en blasfemar, a pesar de que «La calle parece se mueve y camina, / faltarle la tierra sintió bajo el pie». Su arrogancia lo mismo que ocurrirá en el don Juan de Zorrilla le hace pensar que lo vivido es efecto del vino, del «néctar jerezano» y así insiste en importunar por segunda vez a la dama. Es entonces cuando esta comienza sus rosario de advertencias:  «—Hay riesgo en seguirme». «—Quizá luego os pese». «—Ofendéis al cielo». Y, por fin, en el verso 230 «—¡Vuestra última hora quizá esta será!...», seguida de una nueva advertencia, en la que Don Félix advierte que la dama lo conoce: «Dejad ya, don Félix, delirios mundanos.». Pero Don Felix no se arredra y le pide trocar los sermones por conversaciones de «amores» y declara una vez más que sólo le interesa el presente y los goces. Cuando la dama, resignada, exclama «—¡Cúmplase en fin tu voluntad, Dios mío!—», inicia, seguida de Montemar, un recorrido por «tristes calles, / plazas solitarias,», donde una «maldecida bruja / con ronca voz canta, y de los sepulcros  /los muertos levanta» (258-261). Don Félix empieza a sentirse perdido, parece recorrer otra ciudad, «y ve fantásticas torres» (284) que se arrancan de su pedestal, y los espectros inician danzas macabras. La danza de los fantasmas es de nuevo considerada como efecto «del málaga» que bebió y lejos de atemorizarse se burla del silencio de  la blanca visión que se detiene para dejar pasar  unos «enlutados bultos», que traen em medio un féretro con dos cadáveres. A pesar de reconocer en ellos a Diego de Pastrana y a sí mismo, Montemar insiste en creerlo «ilusión de los sentidos». Una nueva blasfemia y Don Félix vuelve de nuevo a su conversación con la dama a quien urge a indicarle donde vive, dado que es tarde, a lo que esta responde: «—Tarde, aún no; de aquí a una hora lo será.» (460-461). Y unos versos más adelante:
—Cada paso que avanzáis              
lo adelantáis a la muerte,              
don Félix. ¿Y no tembláis,      470          
y el corazón no os advierte              
que a la muerte camináis?
       Montemar responde con una nueva blasfemia y cuando anima a la visión a continuar el camino, esta se detiene ante una puerta. La altivez del protagonista, convertido ahora en  «un Segundo Lucifer» que se atreve a pedir cuentas a Dios. Montemar se adentra por un muro que lo conduce a otro mundo, pero su agonía comienza cuando la misteriosa dama del «blanco velo» (810)


al fiero Montemar tendió una mano,


y era su tacto de crispante hielo,


y resistirlo audaz intentó en vano:



   galvánica, cruel, nerviosa y fría,


histérica y horrible sensación,


oda la sangre coagulada envía


agolpada y helada al corazón... (817).
Don Juan Tenorio. BVMC

        Finalmente, en el caso de del Don Juan de Zorrilla su agonía parecen comenzar con estas palabras:

D. Juan       Pavor jamás conocido   
                   el alma fiera me asalta,   
                   y aunque el valor no me falta,   
                   me va faltando el sentido.
Al menos eso es lo que interpreta el Comendador:
Estatua          Eso es, don Juan, que se va    
                   concluyendo tu existencia,    
                   y el plazo de tu sentencia    
                   fatal ha llegado ya.
         De modo que los versos que siguen a continuación no pueden concluir sino en la muerte. La agonía que padece este Don Juan es mucho más breve y difiere notablemente de la sufrida por Montemar, tanto cuanto más diferencias tendrá la solución final de ambas.

jueves, 1 de mayo de 2014

Café, copa y... VII. Un momento clave de La Regenta.

           El capítulo XXX es, sin lugar a dudas, uno de los momentos clave de la obra. La tragedia está a punto de desplomarse y el reloj de la catedral lo anuncia. 
           La costumbre inveterada de la caza va a verse sacudida de forma inesperada, pero ¿qué ocurre con el chocolate?:


-No hay duda, es muy temprano. No es hora de levantarse los criados siquiera. ¿Pero entonces? ¿Quién me ha adelantado el reloj?... ¡Dos relojes echados a perder en dos días!... Cuando entra la desgracia por una casa...

Don Víctor volvió a dudar. ¿No podían haberse dormido los criados? ¿No podía aquella escasez de luz originarse de la densidad de las nubes? ¿Por qué desconfiar del reloj si nadie había podido tocar en él? ¿Y quién iba a tener interés en adelantarle? ¿Quién iba a permitirse semejante broma? Quintanar pasó a la convicción contraria; se le antojó que bien podían ser las ocho, se vistió deprisa, cogió el frasco del anís, bebió un trago según acostumbraba cuando salía de caza aquel enemigo mortal del chocolate, y echándose al hombro el saco de las provisiones, repleto de ricos fiambres, bajó a la huerta por la escalera del corredor pisando de puntillas, como siempre, por no turbar el silencio de la casa. «Pero a los criados ya los compondría él a la vuelta. ¡Perezosos! Ahora no había tiempo para nada... Frígilis debía de estar ya en el Parque esperándole impaciente...».
-Pues señor, si en efecto son las ocho no he visto día más obscuro en mi vida. 
Llegó Quintanar al cenador que era el lugar de cita... ¡Cosa más rara! Frígilis no estaba allí. ¿Andaría por el parque?... Se echó la escopeta al hombro, y salió de la glorieta.

En aquel momento el reloj de la catedral, como si bostezara dio tres campanadas.

          Sí, es una de las cuestiones que queda en el aire ¿por qué Quintanar es enemigo mortal de esta bebida?, ¿acaso la relaciona con los curas? 
Eso parece y, sin embargo, en el capítulo XXVII, el matrimonio se reunía a las ocho de la mañana para tomar el chocolate en el invernáculo, mientras disfrutaban de su estancia en el Vivero de los Vegallana. Quizás sea una concesión de Quintanar para con su Anita, con ánimo de contribuir a su restablecimiento en ese mes de mayo. Quizás algún lector pueda ayudarme a esclarecer este misterio chocolatero.