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miércoles, 28 de noviembre de 2012

«La cueva de la doncella»


La cueva de la doncella, de Ana Rossetti, luego recogido en Mano de santos y en Recuento, es el título del cuento sobre el que estoy trabajando. Bueno, en realidad, llevo muchos años con él. Una casualidad me llevó a este relato en unos años en que impartía un curso de Literatura para alumnos americanos. Desde entonces acá, lo he releído, contado e imaginado en muchas ocasiones. Fue una de las lecturas que le di a mi hija en esa edad en que las niñas ya no lo son, pero tampoco son ni siquiera adolescentes rebeldes, aunque yo en ese tema nunca me podré quejar sino todo lo contrario.
Tantas historias de tradición oral, tanto ritual de lectura, tanto sobre la vida pero también sobre la literatura y sobre la mujer, y sobre los cuentos, y sobre la vida que da la literatura, y las alas de la imaginación, y también San Jorge y el dragón, la doncella, el día del libro, y miles de cosas más. En fin, que, quién sabe por qué, haber trabajado con el cuento de El Hechicero de Juan Valera, me hizo recordar de nuevo este relato de Ana Rossetti que no sé si alguna vez se ha interesado por las historias de este escritor, diplomático, dandy, bonvivant, humanista, "machista" -aunque sea un cierto anacronismo- pero enamorado de las mujeres y de su genio creador... En fin, un cuento con muchas lecturas y con muchas posibilidades mágicas que seguro dará para seguir trasteando bastante. 

viernes, 23 de noviembre de 2012

Este curso: «trasteando» con el cuento


Los que conocen mi curriculum saben que desde que realicé mi tesina allá por 1988, una edición de los Cuentos gaditanos (1877) de Pedro Ibáñez Pacheco, pasando por la realización de mi tesis doctoral,  «El cuento literario en el siglo XIX», del que se publicaron sendas monografías sobre Fernán Caballero y Juan Valera, a los diversos estudios que he realizado sobre el cuento en el siglo XVIII, nunca he dejado de interesarme por este género.




Con menos frecuencia, pero no con menor pasión, en algunas ocasiones he hecho algunas incursiones para aproximarme al cuento del siglo XX, particularmente de los de Fernando Quiñones, del quien también realicé una edición de los artículos Por la América Morena que publicó en El Independiente.
 

A este género quiero seguir dedicándome este curso y buena parte de las entradas de este blog, donde traeré a colación uno de mis cuentos preferidos de Ana Rossetti, La cueva de la doncella. Un relato sobre la literatura, el amor, la dignidad de las personas, las mujeres, el poder, los libros, la lectura y la tradición, en fin, un cuento muy sugerente, que recomiendo.

martes, 20 de noviembre de 2012

Ana Rossetti en la Universidad de Cádiz

Coordinado por José Jurado Morales ha comenzado hoy el III Seminario de Literatura Actual dedicado a Ana Rossetti, que contará con la presencia de la escritora en el acto inaugural y con las intervenciones a lo largo de la mañana de María Payeras Gray, de la Universidad de las Islas Baleares, «Cuerpo y transgresión: Ana Rossetti en el contexto de la poesía femenina contemporánea» y del propio José Jurado, a las 11, «La nota disidente de Ana Rossetti», seguida de una lectura comentada de textos de la escritora a las 12.30.



Mañana intervendrán Teresa Keane, Ana Sofía Pérez-Bustamante y un encuentro con Ana Rossetti a las 12:30. Además la escritora participará en el programa Letras Capitales, organizado por el Centro Andaluz de las Letras (CAL), mañana a las 19.00 en la Biblioteca Pública.
El ciclo terminará mañana con las intervenciones de Marieta Navarrete y Miguel Soler, así como la conferencia del clausura de Ana Rossetti a las 12:30.
El programa completo puede verse aquí.

sábado, 6 de octubre de 2012

«El Paraíso en la otra esquina» de Mario Vargas Llosa


El Paraíso en la otra esquina de Mario Vargas Llosa es una de esas novelas sorprendentes y lo es por el modo en que Vargas Llosa enlaza la vida de los dos protagonistas, más allá de sus lazos familiares, Paul Gaugin y su abuela materna Flora Tristán. Ambos son dos luchadores que anhelan contruir sus respectivos paraísos en esta tierra, él que busca realizarse personalmente a través de la pintura y que decide dejar atrás a su mujer, a sus hijos y su vida burguesa para intentar alcanzar primero en Bretaña y luego en Tahití un mundo al margen de las convenciones sociales, especialmente las sexuales y religiosas. Flora Tristán, que recorre Francia, visita Gran Bretaña y se traslada luego a América Latina en una lucha denodada por ver respetados los derechos de la mujer y los de los obreros, sin encontrar ni siquiera en los utópicos franceses los ideales que ella aspira a ver encarnados en su propia utopia; una mujer que ve en el sexo solo un modo de la dominación masculina y burguesa y que morirá presa de terribles dolores y con la frustración de no ver alcanzados sus deseos de felicidad comunitaria. 

Ahora que podemos ver algunas de las pinturas de Gauguin en el Reina Sofía de Madrid es el momento de releer esta espléndida novela.

¡A disfrutar!


viernes, 14 de septiembre de 2012

A un olmo seco, de Antonio Machado.

Quizás sea uno de los primeros poemas que recuerdo haber estudiado en aquella tan denostada EGB, "A un olmo seco".
Un poema de Campos de Castilla, de Antonio Machado, que hablaba sobre el milagro de la vida, que siempre se espera, aun en momentos en que la vida está amenzada por la edad, la enfermedad, o por cualquier otra circunstancia, como le ocurría a su esposa Leonor, afectada por una tuberculosis en fase terminal, aunque no pueda limitarse el texto a la estricta lectura biográfica.
A un olmo seco

 Al olmo viejo, hendido por el rayo
y en su mitad podrido,
con las lluvias de abril y el sol de mayo
algunas hojas verdes le han salido.

  ¡El olmo centenario en la colina
que lame el Duero! Un musgo amarillento
le mancha la corteza blanquecina
al tronco carcomido y polvoriento.

  No será, cual los álamos cantores
que guardan el camino y la ribera,
habitado de pardos ruiseñores.

  Ejército de hormigas en hilera
va trepando por él, y en sus entrañas
urden sus telas grises las arañas.

  Antes que te derribe, olmo del Duero,
con su hacha el leñador, y el carpintero
te convierta en melena de campana,
lanza de carro o yugo de carreta;
antes que rojo en el hogar, mañana,
ardas en alguna mísera caseta,
al borde de un camino;
antes que te descuaje un torbellino
y tronche el soplo de las sierras blancas;
antes que el río hasta la mar te empuje
por valles y barrancas, 
olmo, quiero anotar en mi cartera
la gracia de tu rama verdecida.
Mi corazón espera
también, hacia la luz y hacia la vida,
otro milagro de la primavera.


Por eso me ha sorprendido y dolido tanto la noticia aparecida en Diario de Cádiz en la que unas alumnas, contrariadas por no haber encontrado entre las opciones del examen de lengua un texto periodístico, aseguraban que se trataba de un intento político de dificultar el acceso a la universidad. Por favor, independientemente de la interpretación sesgada, y aunque no comulgo con la actual política cultural ni universitaria, sostener que proponer un comentario de textos de Antonio Machado es cercenar los límites del acceso a la universidad me parece demasiado fuerte. ¿Qué universidad queremos? ¿Qué nivel cultural exigimos y defendemos?
Un hermoso poema, al que Serrat dedicó una de sus canciones del dico Dedicado a Antonio Machado. Poeta. A ver si así nos vamos introduciendo en la obra del maestro sevillano y especialmente en Campos de Castilla. 

miércoles, 8 de agosto de 2012

Schelling y el entusiasmo artístico

En La relación del arte con la naturaleza Schelling ve en la misma naturaleza una fuerza creadora que la esencia activa que da principio al arte, un genio creador que es esencial para que el artista pueda crear belleza:

  «el pájaro que, ebrio de música, se supera a sí mismo en tonos plenos de alma; la minúscula criatura que, dotada con el espíritu del artista, sin ejercicio ni educación construye livianas arquitecturas ... todos son impulsados por un espíritu ultrapoderoso que brilla en aislados relámpagos del conocimiento, pero que en ninguna parte reluce, como el sol verdadero, sino en el hombre.Esta esencia activa es, en la naturaleza y en el arte, el vínculo entre el concepto y la forma, entre el cuerpo y el alma. A cada cosa corresponde un concepto eterno que está bosquejado en el entendimiento ilimitado.Pero, ¿cómo pasa este concepto a la realidad y se hace cuerpo? Sólo por la ciencia creadora, que está tan necesariamente unida al entendimiento ilimitado como en el artista la esencia (que comprende la idea de una belleza intangible) con aquello que la representa sensibilizada. Es dignode llamarse felíz, y sobre todo digno de alabanza, aquel artista a quien losdioses agraciaron con este genio creador; y nos parecerá excelente unaobra de arte en la medida en que se nos muestre en ella esta fuerza no falseada del poder creador y la actividad de la naturaleza, como en círculo.
Desde hace largo tiempo -añade- se ha reconocido que en el arte no todo se hace con consciencia; que a la actividad consciente debe unirse una fuerza inconsciente, y que la unión perfecta y la correspondiente compenetración de ambas produce lo más excelso del arte. Las obras donde falta este sello de la ciencia inconsciente adolecen de la falta de una vida propia e independiente de su realizador; y, al contrario, allí donde se manifiesta, el arte comunica a sus obras, al mismo tiempo que una perfecta claridad para el entendimiento, esa realidad insondeable que las hace semejantes a las obras de la naturaleza».

Más adelante sostiene que «El arte debe únicamente su nacimiento a una viva conmoción de los poderes más profundos del alma, que llamamos entusiasmo».

Desrealización del espacio y utopía de libertad en «El Hechicero»

Por lo que se refiere a la configuración del espacio, El Hechicero -del que Valera había leído una versión recogida en Lo que contó la abuela, de la condesa de Thun[1]- es un ejemplo de literatura fantástica[2]. Efectivamente, aunque al principio la configuración del espacio responde a una estética realista, aunque idealizada, má adelante el relato discurre por un ámbito que aunque en su funcionamiento físico es común al del lector, va a ser escenario de fenómenos extraordinarios a las leyes de dicho mundo[3].
            Al inicio del cuento, el espacio parece constituirse en un universo abierto, casi ilimitado:

                        Desde la ventana del centro, que estaba sobre la puerta y en la mejor sala, ambos se extasiaron al contemplar la magnífica vista. Allí se oteaban ríos y arroyos, risueñas llanuras, cortijos y aldeas distantes, y, como límite más remoto, montañas azules, cuyos picos se dibujaba o se esfumaban en el más nítido azul del aire, diáfano, sin nubes y dorado entonces por el sol. En torno se veían, como mar de verdura, las apiñadas copas de los árboles que circundaban el castillo, y no muy lejos, a la salida del bosque, la pequeña alquería de Silveria[4].

Un medio geográfico que parece identificarse más con esas utopías donde no existen leyes ni instituciones que alienten o castiguen las decisiones o actos de sus habitantes[5], lo que cuadra perfectamente al carácter de Silveria -cuyo nombre nos invita a considerarla como un ser libre- y al desarrollo psicológico del cuento. Este es el espacio apropiado para que la protagonista desarrolle su personalidad en un continuo ejercicio de su libre albedrío[6].
            Como puede verse en este fragmento, donde se cruzan las focalizaciones del narrador y la de los personajes, el paisaje aparece idealizado y responde al tópico del locus amoenus. Por otra parte, la descripción del mismo contiene elementos que lo relacionan con el de Andalucía, impresión que se confirma cuando se lee un poco más adelante que Ricardo invita a Silveria a beber «vino dulce moscatel» y que la chica cenó con su familia en Nochebuena «sopa de almendras, besugo, potaje de lentejas...»[7] y otros alimentos que tan frecuentemente cita el autor al tratar de la cocina de esta región[8].
            No obstante, al principio de la narración, el espacio se nos presenta más desdibujado, menos «localizado» geográficamente, como se constata al leer la descripción con que se inaugura el cuento, una descripción del castillo donde se supone que ha vivido el Hechicero:

                        El castillo estaba en la cumbre del cerro, y aunque en lo exterior parecía semiarruinado, se decía que en lo interior tenía aún muy elegante y cómoda vivienda, si bien poco espaciosa.
                        Nadie se atrevía a vivir allí, sin duda por el terror que causaba lo que del castillo se refería[9].

            El castillo representa pues el miedo a lo desconocido y, como se señala un poco más adelante, a ello contribuye una orografía desafiante:

                        Con tan perversa fama, que persistía y se dilataba, en época en que eran los hombres más crédulos que hoy, nadie osaba habitar en el castillo. En torno de él reinaban soledad y desierto.
                        A su espalda estaba la serranía, con hondos valles, retorcidas cañadas y angostos desfiladeros, y con varios altos montes, cubiertos de densa arboleda, delante de los cuales el cerro del castillo parecía estar como en avanzadas[10].

            Luego, a medida que avanza la narración, el espacio donde se ubica el castillo se va cubriendo de un velo mágico:

                        Delante del castillo había un ancho estanque de agua limpia y pura, porque el abundante arroyo que regaba la huerta, entrando y saliendo, renovaba el agua de continuo. En aquel estanque el castillo se miraba con gusto como en un espejo.
                        Iluminando fantásticamente su fondo y prestándole apariencias de profundidad infinita, se retrataba también en él la divina amplitud de los cielos[11].

            Una vez más descubrimos que los juegos de luces y sombras constituyen el componente esencial del paisaje fantástico. Es precisamente la iluminación la que otorga el carácter extraordinario al paraje, al proyectar el reflejo del castillo como una imagen sin límites. Después el bosque en el que la protagonista termina por internarse, al huir del poeta Ricardo, se describe con una técnica similar, hasta el punto de que en su despechada carrera, Silveria parece adentrarse en un laberinto, donde al caer la noche, tiene un sueño en que la Naturaleza le revela sus misterios, ofreciéndole el saber necesario para alcanzar la madurez.
 
            En realidad, puede afirmarse que muchos de los lugares en que se desenvuelven los personajes de estos cuentos no son lo que parecen. De hecho, el autor recurre a dos procedimientos para lograr su objetivo: por una parte, los lugares que en principio parecen más concretos, se desdibujan, aparecen, en ocasiones, desrealizados; por otra, aquellos que se presentan al principio de modo más impreciso, adquieren características que lo asimilan a espacios geográficos concretos.
            Es esto último lo que sucede en La muñequita. Al principio de este cuento, la indeterminación es casi absoluta: «una gran ciudad, capital de un reino, cuyo nombre no importa saber (...)» ; pero enseguida adquiere, ocasionalmente, atributos propios de la geografía andaluza.
            Contrariamente a lo que sucede en la mayoría de los cuentas de Valera, en El Hechicero no predomina el paisaje urbano, sino que el ámbito en el que se inserta el personaje constituye un universo abierto, que se acerca más a esas utopías donde no existen leyes ni instituciones que vigilen continuamente a los habitantes; de manera que el protagonista puede dar rienda suelta a sus pasiones sin nadie que reconvenga, aliente o castigue sus decisiones o actos. En este sentido puede decirse que la desrealización del espacio, y su configuración como utopía, lo convierte en un espacio de libertad. 



     [1] Cf., José F. Montesinos, Valera o la ficción libre, p. 65; y Margarita Almela, La cultura como principio organizador del realismo de la narrativa de Don Juan Valera, p. 99.
     [2] En opinión de Montesinos, este cuento se acerca a los cuentos semi-fantásticos del francés Nodier, porque los acontecimientos maravillosos encuentran una explicación verosímil. Cf., Valera o la ficción libre, pp. 65-66.
                Lo cierto es que Valera conocía a Carlos Nodier, a quien cita como autor de Fée aux miettes y seguidor del estilo de Hoffmann en sus cuentos. Cf., "Apuntes sobre el nuevo arte de escribir novelas", en O. J. V., II, pp. 616-704.
     [3] Cf., Antonio Risco, Literatura fantástica de lengua española. Teoría y aplicaciones, p. 140.
                Edelweis Serra, por su parte, prefiere no hablar de maravilloso y de fantástico, sino que en su estudio del cuento fantástico distingue dos categorías, en la primera conviven dos órdenes distintos, uno ordinario y otro extraordinario, de forma problemática para los protagonistas de la narración; en la segunda, sólo existe la presencia de lo extraordinario que se vive de modo no problemático. Cf., Tipología del cuento literario. Textos hispanoamericanos, pp. 105-107.
                De todas formas, es evidente que ambas categorías se corresponden con las que propone Antonio Risco, de fantástico y maravilloso, respectivamente.
     [4]O. J. V., I, p. 1092.
     [5]"De la naturaleza y carácter de la novela", en O. J. V., II, p. 191.
     [6]En opinión de Valera, el ejercicio del libre albedrío es uno de los mayores placeres espirituales que el poeta puede ofrecer. Cf., Ibídem.
     [7]O. J. V., I, p. 1092, 1094.
     [8]Además de las referencias en novelas y cartas, recordemos su artículo La cordobesa, en O. J. V.
                Sobre la visión de Andalucía podemos consultar:

                DeCoster, C., "Valera and Andalusia", en Hispanic Review, XXIX, (1961), pp. 200-216.
                Muñoz Rojas, J. A., "Notas sobre la Andalucía de Don Juan Valera" en Papeles de Son Armadans, III, (1956), pp. 9-22.
                Porlán, R., La Andalucía de Valera, Secretariado de la Universidad de Sevilla, Sevilla, 1980.

     [9]O. J. V., I, p. 1089.
     [10]Ibídem.
     [11]Ídem, p. 1091.