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domingo, 2 de noviembre de 2014

Lo pintoresco de Addison a Gilpin

Para Burke, lo sublime y lo bello son contarios, lo sublime asombra e incluso asusta, mientras lo bello agrada y activa las fuerza vitales, que lo sublime suspende para crear mayor emoción. Todo lo terrible, las penas que están en el origen o en la supervivencia y causan dolor y miedo son las únicas capaces de excitar lo sublime. Entre uno y otro extremo está lo pintoresco, aquello que por su novedad o extrañeza es capaz de agradar, incluso lo monstruoso, pues sirve de alivio al tedio de nuestra vida cotidiana. Addison en The Spectator (25.6.1712) elogió la naturaleza salvaje, en contraposición a aquella que ha sido modificada por «los delicados toques y adornos del arte».  «Todo cuanto sea nuevo o singular contribuye no poco a diversificar la vida y a divertir algún tanto el ánimo con su extrañeza: porque esta sirve de alivio a aquel tedio de que nos quejamos comúnmente en nuestras ordinarias y usuales ocupaciones. Esta misma extrañeza o novedad es la que presta sus encantos al monstruo y hace agradables las imperfecciones de la naturaleza»[1]
        Por su parte, Gilpin había iniciado sus viaje por el río Wye, los paseos por Lake District y las regiones montañesas de Gales hacia 1772, aunque no publicó estas impresiones sobre lo pintoresco del paisaje hasta 1785 y en 1789 publicaría dos narraciones de viajes, ilustradas con acuarelas, Tour in the mountains and lakes of Cumberland and Westmoreland y Tour in the Higlands ind Scotlands. Sus Tres ensayos sobre lo pintoresco se publicaría en 1792 y se traduciría al francés ese mismo año. Para él, lo pintoresco nace de la belleza que puede encontrarse en la desigualdad y la asimetría, la variedad de los constrastes de forma y de la luz y la sombra en sus infinitas tonalidades. 

        De aquí que una de las primeras concurrencias de la palabra pintoresco en español sea la de Leandro Fernández de Moratín en su Viaje a Italia (1793-1797), donde lo mismo admira el paisaje «rústico, pintoresco y pobre» por el que asoman diseminadas las casas de labranza entre las cañadas y vegas que recorre en el camino a Lucerna. Entre 1807 y 1808 se publicarían los primeros viajes pintorescos por España.
Arroyo de las Nieves

         Y ya hemos visto en otro lugar cómo Frasquita Larrea se servía de esta categoría de Gilpin ––y también de Burke, cuando habla de la «extraña sensación de terror y placer al mismo tiempo»–– para describir la emoción que sentía al contemplar el paisaje en su viaje de Bornos a Arcos.

[1] Cf., Juan Antonio Rodríguez Tous, Idea estética y negatividad sensible: la fealdad en la teoría estética de Kant a Rosenkrazt , Ed. Revista de Filosofía, 2002, pp. 66, n. 51.


martes, 15 de octubre de 2013

El paisaje pintoresco de Frasquita Larrea

Hace ya algunos años, al tratar sobre los cuentos de Fernán Caballero*, me ocupé tangencialmente del romanticismo pintoresquista con que su madre, Frasquita Larrea describía ciertos paisajes de la serranía gaditana. Efectivamente, como sostenía en dicho trabajo, Frasquita, tan aficionada, por otra parte, a anotar anécdotas y tipos, dejó algunas impresiones sobre Arcos de la Frontera como las siguientes:


           Tampoco el camino es divertido y nada me atraía siquiera a los ojos. Pero pasado Jerez, empecé a notar el rico y cultivado país, y se despertaba en mis adentros aquel amor a mi patria que sobrenada siempre en la corriente de mis tristezas, y jamás se ve abogado en mi corazón. Los llanos de Caulina, en esta estación, están cubiertos de florecillas, con tal profusión y con tanta variedad en sus colores, que parecen alfombrados de ricos tapices. La torre de Melgarejo se divisa a lo lejos, solitaria y arruinada como la vejez; pero también como ésta, ofrece todavía alguna sombra y descanso al fatigado viajero. Todas las tierras del Cortijo de la Peñuela (que pertenece a la Cartuja de Jerez) están perfectamente cultivadas.  ( Diario del viaje a Arcos y Bornos en 1826. Copia a máquina de un original perdido (Archivo Osbome), en Diario de Frasquita Larrea, Asociación Cultural Amigos de Bomos, Jerez, 1985, pp. 99-100).


Un poco más adelante añade: «Al salir de los hermosos campos de trigo y de toda clase de sementeras, se empieza a subir por las tierras agreste y escabrosas que se acercan a Arcos, todas cubiertas de olivos, cuyas ramas se entraban en el coche, cargadísimas de flor y de su suave perfume» (Ídem, p. 101.) Obsevamos que en ambos casos se hallan presente las ruinas del castillo de Melgarejo, las tierras labradas del cortijo de La Peñuela —perteneciente, como se señala en ambos casos, a los Padres Cartujos—, y los olivos. Pero más interesante que la coincidencia de algunos elementos, por otra parte, llamativos para cualquier viajero, son las impresiones románticas con que doña Frasquita percibe el paisaje. Así, en una descripción del camino montañoso que conduce desde Bornos a Arcos, leemos:
Bornos


«Estos peñascos, cuyas formas irregulares y fantásticas, se meten y retiran de la ribera, mirándose siempre en la queda y cristalina corriente como un espejo, y cuyas cimas parece que quieren desplomarse sobre el incauto pasajero, causan una especie de sobresalto que crecen en proporción que se van estrechando las orillas, y queda el río hecho un canal, cuyos tremendos muros apenas dejan una escasÍsima margen que pisa temblando el viajero, cuando, arrancando sus ojos de los altísimos riscos que lo amenazan, ve otros que fingen elevarse oscuros del profundo de las aguas, y se siente oprimido de una extraña sensación de terror y placer al mismo tiempo. » (Diario del viaje a Bornos y Ubrique en 1824. Copia a máquina de un original perdido (Archivo Osborne), en Diario de Frasquita Larrea, Asociación Cultural Amigos de Bornos, Jerez, 1985, pp. 55-56).



Este texto fue escrito el 1 de julio de 1824, tres días más tarde, anota: «Es admirable la variedad de aspectos que tiene esta cordillera. Ayer tarde el sol en su ocaso, teñía los ligeros vapores que se habían agolpado en ella, y parecía que un velo transparente rosa y plata, a manera del de una luna coqueta, sombreaba sus bellas formas, sin ocultarlas de un todo. Hoy libre de la calina, caían radiantes en sus superficies los últimos rayos del sol, convirtiendo en trozos de nácar tornasolada de azul púrpura y hortensia, riscos que en otras horas y con otra atmósfera, se meten negros y espantables por el celeste claro del cielo. Esta variedad en la apariencia de los objetos, de la naturaleza, Gilpin la explica bien en su prólogo a su famosa obra sobre lo pintoresco ( ... )» (Ídem, pp. 58-59.)


          Así pues, si Frasquita Larrea conocía las teorías acerca de la estética de lo pintoresco —el tratado de Gilpin, Tres Ensayos sobre lo bello pintoresco, había sido traducido al francés en 1772 y quizás en este idioma lo leyera doña Frasquita, aunque por su ascendencia irlandesa bien podía haberlo leído en su idioma original— y dejaba traslucir unas impresiones del paisaje fuertemente presididas por estas teorías, no es extraño que su hija conociera y participara de similares posturas estéticas. Aún más, en otras descripciones de doña Frasquita encontramos destacados los mismos valores de perspectiva, variedad, irregularidad, que hemos visto repetidos en los textos de Fernán Caballero y en las huertas de Bornos observa algunas coincidencias con los «hermosos parques ingleses», que no son sino los jardines pintorescos que se pusieron de moda en la Francia de 1770-74. También en sus textos hallamos alusiones a los pintores flamencos, amantes de lo pintoresco, a los que Fernán Caballero reivindicará igualmente y con los que establecerá algunas coincidencias por su atención a la naturaleza campestre.
 
* Marieta Cantos Casenave, «La recreación de la naturaleza en los cuentos de Fernán Caballero. Lo pintoresco», en Cuadernos de Ilustración  y Romanticismo, núms. 4-5, 1997, pp. 59-79. Una versión más actualizada de estas ideas se encuentra en Marieta Cantos Casenave, «Escritura y Mujer 1808-1838: los Casos de Frasquita Larrea, Mª Manuela López de Ulloa y Vicenta Maturana de Gutiérrez», Anales, 23 (2011), pp. 205-231.

domingo, 28 de abril de 2013

Los gitanos en «Don Álvaro o la fuerza del sino»

Toda una tradición de tonadillas y sainetes gitanescos, explican la aparición de los gitanos en este drama romántico, al que seguirán una multitud de obras teatrales en un acto que conformarán el denominado «género andaluz», que albergará una modalidad específica denominada «sainete gitanesco». Como he señalado en, aunque lo «gitanesco» no es exclusivamente andaluz y, de hecho, su triunfo no puede explicarse sin el éxito que conoció en las tablas madrileñas, lo cierto es que su vinculación con Cádiz arranca en los sainetes de Juan Ignacio del Castillo, que sirven de explícita y rendida referencia a la obra de uno de los más afamados autores del género, José Sanz Pérez.


       Lo cierto es que el cuadro inicial de Don Álvaro o la fuerza del sino tiene un sabor pintoresco, bien explotado en la versión que se hizo para Estudio 1, que a su vez aparece cuidadosamente ambientada por la prolija acotación inicial:
 
La escena es en Sevilla y sus alrededores
   
La escena representa la entrada del antiguo puente de barcas de Triana, el que estará practicable a la derecha. En primer término, al mismo lado, un aguaducho, o barraca de tablas y lonas, con un letrero que diga: Agua de Tomares; dentro habrá un mostrador rústico con cuatro grandes cántaros, macetas de flores, vasos, un anafre con una cafetera de hoja de lata, y una bandeja con azucarillos. Delante del aguaducho habrá bancos de pino. Al fondo se descubrirá de lejos parte del arrabal de Triana, la huerta de los Remedios con sus altos cipreses, el río y varios barcos en él, con flámulas y gallardetes. A la izquierda se verá en lontananza la Alameda. Varios habitantes de Sevilla cruzarán en todas direcciones durante la escena. El cielo demostrará el ponerse el sol en una tarde de julio, y al descorrerse el telón aparecerán: EL TÍO PACO, detrás del mostrador en mangas de camisa; EL OFICIAL, bebiendo un vaso de agua, y de pie; PRECIOSILLA, a su lado templando una guitarra; EL MAJO y los DOS HABITANTES DE SEVILLA, sentados en los bancos.
         El nombre de la gitana, que rasguea la guitarra hace alusión al personaje cervantino, al tiempo que rescata un arte, el de las tocaoras, que ha sido ignorado o minusvalorado, como bien ha puesto de manifiesto Vinciane Trancart para las que se dedicaron a ello a finales del XIX. 
      Preciosilla no solo toca la guitarra, también canta por rondeñas y por corraleras, según sugiere el Oficial. A la gitana, como no podía ser de otra manera en esta pintura romántica de las costumbres andaluzas, le acompaña un majo torero, admirador de la valentía del héroe del drama, cuya imagen alaba Preciosilla cuando asegura que «don Álvaro el indiano, que a caballo y a pie es el mejor torero que tiene España». El pasado misterioso del supuesto príncipe inca, su fatal fortuna ––no es buena la que le espera si las rayas de la mano no mienten–– y la «negra suerte» de su enamorada Leonor ––a quien la madre de Preciosilla también dijo la buenaventura––, completan la conversación y conceden el punto trágico a la obra.
          Se plasma así en este drama romántico la visión pintoresca de los gitanos que tanto asombraba a los viajeros europeos, con su color local, su lengua misteriosa, la inclinación a leer el porvenir y la maestría en la ejecución del baile y al cante andaluz agitanados.Todo ello sin olvidar que este drama del duque de Rivas fue estrenado en 1835, y que las primeras comedias del género andaluz se deberían al malagueño Tomás Rodríguez Rubí, con obras tan conocidas como Toros y cañas aunque la afición al mismo haya que buscarla en el éxito que alcanzó La flor de la canela. Comedia de costumbres andaluzas, del gaditano José Sanz Pérez (*) en su estreno en 1846, primero en Cádiz y luego en Madrid. 

(*) «José Sanz Pérez y el andalucismo teatral del siglo XIX», en Manuel García: de la tonadilla escénica a la ópera española (1775-1832), Servicio de Publicaciones de la Universidad de Cádiz, Cádiz, pp. 87-106.

martes, 24 de enero de 2012

Del apunte personal al diario político de Frasquita Larrea

Como es bien sabido,aunque poco tiempo antes confesara que la política no le interesaba, en agosto de 1807 Frasquita empezó a escribir a su marido sobre los acontecimientos bélicos protagonizados por las tropas napoleónicas. 
Nada que ver con las primeras cartas que le escribe desde Chiclana, recién llegada casi de regreso de Alemania en el verano de 1806:
«Te escribo casi a la luz de la Luna que se mete clarísima por mis ventanas. El cencerro del buey que anda en la noria, el incesante trino de los grillos, el graznido de las ranas, la fragancia del aire, la ausencia de toda voz humana, todo está en harmonía con el sosiego de mi corazón». (Chiclana, 10 de julio de 1806).

La descripción del paisaje campestre de Chiclana responde casi al tópico del lugar ameno de la poesía bucólica, pero impregnado ahora por la experiencia personal, tan característicamente sentimental en el Romanticismo. No en vano, en esos días está releyendo a Shakespeare y al supuesto bardo Ossian:
«Mi vida es bien tranquila. Durante el día hace calor, pero las noches son deliciosas. Muchas de ellas me quedo en el balcón hasta después de las doce, y aún a esa hora suenan en la distancia las guitarras y castañuelas; este sonido que ninguno otro interrumpe, inspira una melancolía incompatible con el bullicio de la hora del sol». (Chiclana, 10 de julio de 1806).

Y cuando se trata de pintar su huerto, entonces empieza a descubrirse una perspectiva casi pintoresca del paisaje:
«Es indefinible la sensación que causan las primeras aguas del otoño en este país, y cuando acabado de llover el sol despliega el azul del cielo, y que el vientecillo Oeste bambolea suavemente las ramas de las acacias cargadas de las gotas de agua, parece que todas las sensaciones de la vida se despiertan para hacernos gozar de todas las bendiciones del cielo. Mi jardincito es la maravilla de Chiclana, los árboles y arbustos de las cuatro partes del mundo fructifican perfectamente en él. Toda la familia de las acacias, empezando por el aroma que exhala a tanta distancia su delicioso perfume, el árbol de la pimienta, el sycomoro, el plátano, etc., mezclados con una profusión de naranjos, mirtos, adelfas, jazmines, etc., forma de él un pequeño edén» (Chiclana, 14 de septiembre de 1806).
 

martes, 18 de octubre de 2011

«Chiclana» de Frasquita Larrea

Entre los textos que Frasquita Larrea dejó inéditos figura el siguiente fragmento escrito en abril de 1811, poco después de la Batalla de la Barrosa 



Chiclana hacia 1800



«Chiclana»
«She is a charming visionary!» he exclaimed. «Her mind is stored with images of clasic interest & her heart is witness to circumstances on national grievance. This is the true patriotism of Women»...
Lady Morgan
Lady Morgan









¡Era un dulce rincón. Rincón alegre y festivo de la hermosa Andalucía que, alguna vez, la risueña primavera señaló por suyo. A lo lejos podéis divisar este ameno valle. La blanca población de Chiclana resalta entre el perpetuo verdor de sus bosques de pinos. A su espalda descuella una colina, coronada por un castillo de otros tiempos. Al amparo de su antiguo silencio reposan en paz los padres del pueblo. Al pie de sus tumbas derrama el viejo Salado sus nombradas aguas. Grupos de arrayanes, lentiscos, carrascas y algarrobos adornan el cerro del sur consagrado por una capilla pintoresca a Santa Ana, patrona querida del pueblo. Confiado en su protección, plantó sus viñas y sembró sus mieses el labrador; y cuando vino la cosecha cantó a su bienhechora.

Colección Periñán
¡Días de paz, fiestas de flores y frutas, celebradas al son de guitarras, panderos y castañuelas, en los campos de Santa Ana! Aún bulle en mi memoria el murmullo de vuestro alborozo y se retrata en mi fantasía aquel glorioso paisaje, cuando sumergiéndose el sol en el océano azul, jugaban sus últimos rayos en el puro ambiente, formando una atmósfera de fragancias, sonidos y colores alegres; y mientras la esplendente Luna derramaba su ancha luz sobre la callada población de Chiclana y las montañas, desvanecidas con el crepúsculo, volvían a aparecer en el argentado oriente, aun tembleteaban en el magnífico piélago los reflejos rosados del pasado día y se diseñaban sobre un horizonte de aéreo verde las murallas de Cádiz. Los tonos del ruiseñor ondeaban en el perfumado rocío; el incierto ladrido, el distante cencerro sonaban en la ligera brisa... ¡Voz de contento en que multitud de dulzuras circulaban en este ámbito de paz!... Viajero!, han pasado esos días como pasa el humo del aloe! Vi al extranjero encender sus fuegos de guerra con la oliva de los campos de Santa Ana, vi al cañón destructor amenazar desde los umbrales de su Santuario, vi la risa del impío en la habitación del dolor, vi en las parados semblantes la palidez de la impotente ira... y tomaron este lúgubre silencio por resignación!... ¿qué sabe el vándalo de las penas del alma?

Louis-F. Lejeune, Bataille de Chiclana, prés de Cadix, le 5 mai 1811



 
¡Días de paz, pasados como pasa el humo del aloe! Lejos de vosotros, y semejante a la nube sin agua, juguete de los vientos, entre los yelos de otro clima, en la tierra del extranjero, vuestra idea acompaña mi agitada carrera. Rayos de recordado placer penetran mi desabrida soledad, aun cuando braman las cien voces del huracán y el infortunio cae sobre mi corazón. Alzo los ojos al aplomado firmamento y sueño en los horizontes celestes de mi Patria. Al través de un velo de neblina miro los desnudos troncos y pienso en los mirtos, naranjos y laureles de la Andalucía, vanos de sus días de diciembre.
¡Amor de la Patria! ¡Lejos del alma exaltada aquella fría filosofía que desea aminorar tu influjo, que te pinta como una ilusión de la fantasía, como la brillante visión de un ánimo pequeño!... Varios intereses pueden distraer el empeño nacional: pero el corazón es siempre patricio. En aquel país en que primero hemos aprendido a amar y a sufrir, aquel país encadena nuestros afectos; y el sentimiento nos hace patriota antes que sepamos serlo por principio.
¡Amor indeleble! Acaso si mi Patria fuese libre y feliz no habrían interesado mi corazón las intrigas de su Gabinete, los mezquinos cálculos de su interés comercial o de su ambición legislativa. Pero en su noble infortunio, suyos son todos mis sentimientos. Cantaré sus virtudes, disculparé sus errores y lloraré la falsa política de sus Jefes.

 Frasquita Larrea
Museo Municipal de Cádiz