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domingo, 30 de diciembre de 2012

Dos rojas lenguas de fuego, la rima XXIV de Bécquer

El amor es un tema recurrente en el romanticismo y al que Bécquer dedicó numerosas composiciones, entre las que quiero destacar una de sus rimas más famosas, Dos rojas lenguas de fuego. En ella, Bécquer introduce el tema de la unión de las almas, la perfecta comunicación producida gracias al encuentro amoroso, que aparece también, por cierto, como motivo inspirador en la rima IV. Una visión platónica, de amplias resonancias petrarquistas, que viene precedida de ecos pitagóricos como esa mención a la musicalidad y la armonía de la naturaleza.


Dos rojas lenguas de fuego 
que a un mismo tronco enlazadas 
se aproximan y, al besarse, 
forman una sola llama. 

Dos notas que del laúd 
a un tiempo la mano arranca, 

y en el espacio se encuentran 

y armoniosas se abrazan. 


Dos olas que vienen juntas 
a morir sobre una playa 
y que al romper se coronan 
con un penacho de plata. 

Dos jirones de vapor 
que del lago se levantan 
y, al juntarse allá en el cielo, 
forman una nube blanca. 

Dos ideas que al par brotan; 
dos besos que a un tiempo estallan, 
dos ecos que se confunden; 
eso son nuestras dos almas.

          Por otra parte, como ya estudiara Díez Taboada, en ese fuego abrasador de las almas enamoradas está presente también  de la idea renacentista del amor  –León Hebreo-, que penetra vivamente la poesía amorosa del Prerromanticismo, el Romanticismo y el Posromanticismo. Efectivamente, la chispa, el éter, el átomo invisible, el germen de inteligencia y de vida, fuego abrasador, son elementos de la cosmogonía amorosa que podemos rastrear en Bécquer, aunque también en los europeos Schiller, Lamartine, o en Ferrán, y Arístides Pongilioni, entre algunos de los españoles, o para discutirlo, en Valera. Pero sobre todo es interesante la fusión «en uno» de los anhelos de amor de él y de ella, es decir, la unión de las almas en un espíritu alado, que ya es dos en uno, y que atrapa para sí todo lo que de hermoso y noble hay en el universo, para reflejarlo mágicamente purificado; he aquí ,de nuevo, los ecos del pensamiento de Novalis y Schelling.



          En fin, por una vez, ese amor ideal, ese encuentre entre dos, alcanza la unión pura que anhela el hombre romántico y gracias al pneuma, al aliento y alimento recíproco de las almas, la fusión de ese Dos que se repite anafóricamente al comienzo de cada una de las estrofas y luego en los cuatro versos de la última copla, se confunden en un solo espíritu.

miércoles, 8 de agosto de 2012

Los cuentos de Juan Valera

Tras su dedicación juvenil a la poesía, Juan Valera no se decide a cultivar la narración en prosa hasta 1859 en que dará al periódico El Estado un artículo en el que se incluía el cuento Parsondes, que posteriormente, en 1864, sería publicado independientemente con el título de Cuento soñado[1]. En 1860 aparece El pájaro verde, primero y único de una colección de cuentos Florilegio de cuentos, leyendas y tradiciones, que, junto a Antonio María de Segovia, había pensado publicar.

            En esta nueva aproximación al cuento, Valera se conduce, tal como explica en el prólogo a dicho volumen, como los hermanos Grimm y otros contemporáneos europeos que veían en los cuentos tradicionales "desfiguradas ruinas de una antigua religión", "fragmentos dispersos y mutilados de una epopeya perdida" cuya belleza formal había desaparecido y había que tratar de rescatar; por eso, declara su propósito de "no ser fieles hasta en las palabras y frases con que los rústicos los refieren", sino de elevar "a poesía la idea germinal del vago e inconsciente instinto poético del vulgo"[2]. 


                Treinta y cuatro años más tarde, al publicar La buena fama, su postura sigue siendo la misma[3]. Entre El pájaro verde y El bermejino prehistórico, tercero de sus cuentos[4], median diecinueve años en los que escribió tres novelas de costumbres contemporáneas. Y es que posiblemente cuando sufría una larga cesantía diplomática prefería dedicarse a la novela, que requería un esfuerzo más prolongado, mientras que la composición de cuentos podía compaginarla más fácilmente con sus trabajos en legaciones y embajadas; al menos esto parece deducirse de la dedicatoria de La buena fama a Segismundo Moret:

                        Mi querido amigo: La bondadosa confianza con que usted me ha tratado todo el tiempo que como ministro ha sido jefe mío, mueve de tal suerte mi gratitud que deseo darle muestra de ella, y no teniendo a mi alcance otra más rica, me atrevo a dársela dedicándole el cuentecillo que sigue, fruto, si no sabroso, cultivado por mí con amoroso esmero en algunos ratos de ocio diplomático[5].

Efectivamente, durante su estancia finisecular en Viena escribió El Hechicero[6], Lamuñequita[7] y La buena fama[8]; y de regreso ya en Madrid, retirado de sus ocupaciones diplomáticas debido a su ceguera pero con la mente muy activa, escribe El caballero del azor[9], El doble sacrificio[10], Los cordobeses en Creta[11], El duende beso[12], El último pecado[13], El San Vicente Ferrer de talla[14], El cautivo de doña Mencía[15], Garuda o la cigüeña blanca[16], y El maestro Raimundico.  
Desde luego que su dedicación a este género estuvo también motivada por las posibilidades que el cuento le ofrecía para retratar el comportamiento de un personaje en una situación límite, como recuerda Margarita Almela, o por su mayor conexión con el universo poético. Al fin y al cabo, como decía Novalis, "El cuento es en cierta forma el canon de la poesía".
No faltan tampoco, las cuestiones crematísticas[17]. Es evidente que el pago de un cuento contribuía de forma más inmediata -si bien menos duradera- a paliar sus incesantes problemas pecuniarios y, además, algunas revistas como La Ilustración Española y Americana, pagaban por piezas, tanto si se trataba de una narración en verso o prosa, larga o corta, como si se trataba de un artículo, cualquiera que fuese su extensión[18].

De estos relatos y del resto de su producción cuentística trata Juan Valera y la magia del relato decimonónico.           



     [1]Cf. Margarita Almela, La cultura como principio organizador del realismo de la narrativa de Don Juan Valera, UNED, Madrid, 1986, p. 3.
     [2] Cyrus C. DeCoster, Obras desconocidas de Juan Valera, pp. 81-88.
   [3]En la dedicatoria a Segismundo Moret declara: "yo me lisonjeo de haberlo restaurado en la dignidad, el decoro y la verosimilitud que hubo de tener en su origen. Obras de Juan Valera, [O. J. V., de aquí en adelante], I, p. 1105.
 
     [4]Almanaque de la ilustración Española y Americana, 1879.
     [5]O. J. V., I, p. 1105.  El subrayado es nuestro.
     [6]Publicado en La España Moderna, LXVI (junio de 1894).
     [7]Impreso por primera vez en el volumen XIV de sus Obras Completas, Imprenta Alemana, Madrid, 1905-1935.
     [8]Vio la luz en La España Moderna, LXX, LXXI y  LXXII, de octubre a diciembre de 1894.
     [9]El Liberal, 3 de enero de 1897.
     [10]El Liberal, 7 de febrero de 1897.
     [11]El Liberal, 3 de enero de 1897.
     [12]El Liberal, 11 de julio de 1897.
     [13]El Liberal, 25 de julio de 1897.
     [14]El Liberal, 15 de agosto de 1897.
     [15]La Ilustración Española y Americana, 22 diciembre de 1897.
     [16]El Liberal, enero de 1898.

     [17]Botrel, J. F., "Sur la condition de l'écrivain en Espagne dans le seconde moitié du XIX siècle: Juan Valera et l'argent", en Bulletin Hispanique, LXXII, 1970, pp. 292-310.
 [18] Cf., Cartas a Menéndez Pelayo del 26 y 30 de abril de 1883, en Artigas Fernando, M., Epistolario de Valera y Menéndez Pelayo, Compañía Iberoamericana de Publicaciones, Madrid, 1930, pp. 158 y 159.

lunes, 14 de noviembre de 2011

Novalis


El barón Georg Philip Friedrich von Hardenberg, Novalis (Oberwiderstädt, 1772 - Weissenfels, 1801) era el hijo segundo de una numerosa familia protestante. Estudió Derecho y se interesó por la filosofía, la geología, las matemáticas, la historia y las ciencias ocultas. Producto de este eclecticismo son los Fragmentos, intuiciones  a un tiempo estéticas, filosóficas, religiosas, científicas y políticas, publicados en la revisa Athenaeum, la revista de Friedrich Schlegel.






En un viaje de trabajo por las salinas de Weissenfels en 1794, se enamora de Sophie von Kühn, adolescente de trece años, con la que se compromete en secreto y que moriría dos años después de tuberculosis. En 1797 comenzaría a escribir sus Himnos a la noche, pero aunque Sophie está presente, la obra es algo más que una elegía. Es una reelaboración de su visión místico-filosófica del mundo, basada en el triunfo del amor sobre la muerte y la concepción del poeta como un mago y vidente que, a pesar de su intuición, recibe la sabiduría de la noche. Los Himnos a la noche inician el género del poema en prosa.
Antes de su muerte en 1801 escribió los Cánticos espirituales, su mejor obra mística, y dejó inconclusas dos novelas Los discípulos en Sais y Heinrich von Ofterdingen.

Esta nota y los textos de Noavlis que aparecen en este blog proceden de los Himnos a la noche, Cánticos espirituales. Seguido de una selección de Fragmentos, en edición de Américo Ferrari y traducción para los Fragmentos de Fernando Montes, para Círculo de Lectores (Barcelona, 2001).

Novalis. Fragmentos. Relatos

Relatos sin coherencia, pero con asociación, como los sueños, etc. Poemas -simplemente armoniosos y llenos de bellas palabras- pero también sin sentido ni coherencia -a lo sumo algunas estrofas comprensibles- deben ser como simples fragmentos de las cosas más diversas. La verdadera poesía puede tener a lo sumo un sentido alegórico en su conjunto y un efecto indirecto, como la música, etc. -Por eso la naturaleza es puramente poética- y tambén la habitación de un mago -de un físico- la habitación de un niño -uina habitación encantada y una despensa.