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lunes, 2 de mayo de 2016

María Manuela López de Ulloa y la prensa del XIX en Bergamo

     Muy gratificante la experiencia de este Seminario Internacional organizado por Carmen Servén, de la Universidad Autónoma de Madrid e Ivana Rota, de la Università degli Studi di Bergamo y Borja Rodríguez Gutiérrez, de la Real Sociedad Menéndez Pelayo, que se celebró en la Universidad de Bérgamo hace ya algunas semanas.
     Espero que para los alumnos de máster fuera tan productiva como para los investigadores que nos dimos cita en dicho encuentro y ojalá pronto estén disponibles los resultados en su correspondiente publicación.
     Desde María Manuela López de Ulloa a Carmen de Burgos o Consuelo Bergés, las mujeres que han escrito en la prensa periódica entre 1800 y 1936 has sido de muy diversos talantes, ideologías y estilos. 
      En el caso de la manchega María Manuela, se trataba de ver cómo intervenía en la prensa, cómo hacía visible su opinión en esta emergente tribuna pública periodística una mujer que parecía haber surgido de la nada.
     La escritura de María Manuela, como tendré oportunidad de dar a conocer en un libro que se publicará próximamente, es breve pero intensa. En poco más de cinco años, entre 1810 y 1816 publicó algo más de medio centenar de obras de pequeño formato: representaciones, poemas, y sobre todo, artículos comunicados en la prensa periódica en la que, amparada en la retórica de la modestia, trató de impugnar y rebatir las ideas, argumentos y opiniones de periodistas masculinos, sin duda una osadía que le valió ser tachada de literata, como ha estudiado mi compañera Beatriz Sánchez Hita. Y sin embargo, a pesar de su carácter novel, de su supuesta escasa preparación intelectual, lo cierto es que María Manuela logra ser tenida en cuenta y alcanza a tener una presencia notable en algunas cabeceras periodísticas, tanto en Cádiz, como en Madrid.
     Su periodismo, aunque rudimentario en la forma, como es el que se practicaba en aquella época, acierta a exhibir bastante fuerza argumental y, sobre todo, ciertos conocimientos retóricos que serían impensables en la mayor parte de las mujeres coetáneas a esta escritora.

viernes, 1 de febrero de 2013

Con «El Roto» en «Presencias literarias» de la UCA

Fue una velada magnífica, no es que dijera nada inusual o no, al menos, fuera de lo que cabía esperar de él, pero sí densa, y eso que algunas ideas quedaron meramente apuntadas.

Creo que del encuentro de ayer, nos quedó muy claro que no le gusta una pizca la televisión y que tampoco internet -un invento de la CIA- le ofrece simpatías ni, desde luego, garantía. También nos llegó su defensa del periódico impreso, un documento que no se presta tan fácilmente a la manipulación y que queda, como tal, registrado e inventariado en las hemerotecas.
         Se adscribió muy cláramente al periodismo satírico, que busca su materia no en la actualidad sino en lo erróneo del ser humano y, por tanto, debe ser corregido. También me interesó mucho su defensa de la unión entre la literatura y el dibujo, los dos lenguajes que, de forma inseparable, le sirven para expresar su particular denuncia y crítica de la humanidad, pues es lo humano, no lo colectivo, lo que le interesa, aunque su humor pueda incidir en la sociedad y ser testigo de una época.
         En tercer lugar, y habría mucha más tela que cortar, su defensa del hombre. A pesar de los errores, a pesar de los tintes, a veces apocalípticos, hay siempre una puerta abierta a la esperanza.
De lo que quedó en el tintero, me gustaría conocer su definición del humor, que dijo, partir de la de Freud, pero con una interpretación personal. Cuando me documentaba para mi tesina, la edición de los Cuentos gaditanos de Pedro Ibáñez-Pacheco, estuve estudiando este tema, al que «El Roto» se refirió también al hablar de la chispa y la confrontación entre dos ideas que pueden parecer dispares, pero que al rozarse dan lugar a ese efecto humorístico.

viernes, 21 de diciembre de 2012

Los Cuentos gaditanos de Pedro Ibáñez-Pacheco

Un buen consejo, de un mejor amigo, me puso al tanto de la existencia de los Cuentos gaditanos de Pedro Ibáñez-Pacheco, un volumen de cuentecillos jocosos, costumbristas, con no pocos ingredientes satíricos, que su autor había publicado primero en la prensa periódica. Efectivamente, este escritor nacido en El Puerto de Santa María el 30 de noviembre de 1833, en el seno de una familia de clase acomodada, compuesta por sus padres, Jacinto Ibáñez‑Pacheco y Sánchez y María Dolores Gállaga y Belaustegui, y el primogénito, Jacinto.         Desde febrero de 1876, Pedro era colaborador asiduo de la revista La Verdad.Y es allí, donde desde el día 17 del mismo mes y año había empezado a publicar una serie de «romances», que alterna con algún que otro tipo de composición. En todo caso, aquellos no eran en realidad coplas populares, sino una especie de cuentos, en romance octosilábico, que luego verían la luz bajo el mencionado título.


  




Como hiciera ya Fernán Caballero, Ibáñez-Pacheco trata de reducir su papel al de mero transcriptor de unos cuentos populares, intentando así de que el público lector se identifique emotivamente con los cuentos, como si fueran de verdad producto del común gaditano y no obra de un creador.
                     Estos cuentos gaditanos, (...)
                     humildes anales son
                     y vulgarísimos ecos
                            de personajes añejos
                            de la ciudad en que moro,
                     conocidos todos ellos
                     por andar de boca en boca
                            entre la gente del pueblo.
                           Yo del vulgo los tomé (...)


Pero es patente que, como hiciera la propia Fernán, el escritor portuense tampoco se limita a reescribirlos con fidelidad, sino que, como señala su prologuista Díaz Benjumea, a los tales chascarrillos añade algunos detalles, sobre todo en la presentación de los personajes y ambientes y, tomando partido —o no— por sus protagonistas, adapta «a la popular forma del romance los dichos de nuestros Molieres de capa parda, patilla de hacha, sombrero calañés, y navaja en cinto, y las ocurrencias ingeniosas de personas de todas las esferas».

martes, 18 de diciembre de 2012

Maus, ¿una novela gráfica entre la literatura y el reportaje?

Recuerdo que hace ya varios años un alumno Erasmus, que tenía intención de hacer un trabajo sobre el reportaje novelado, para mi asignatura "Literatura y periodismo", fue la primera persona a la que oí hablar de  Art Spiegelman y de lo que él consideraba un magnífico aunque heterodoxo reportaje novelado sobre el holocausto nazi, Maus
En su opinión, y así trataba de justificarlo en su trabajo, el autor cubría un tema noticioso, profundizando en él y ayudándose de los recursos literarios y narrativos propios de la novela. En su origen, la obra publicada en 1972 tan solo tenía tres páginas, aunque el resultado hubiera dado lugar finalmente a dos tomos en blanco y negro.

Maus

En todo caso, se trata de una obra que, para su iconografía, toma de la fábula literaria la representación animal de los personajes.

El País.
         Hoy, considerada ya como una novela gráfica de culto, conozco que su autor ha retomado en Metamaus esta historia para dar a conocer al público todo lo que significó aquel proceso creativo, donde su relación con un padre al que no quería parecerse, Vladek, superviviente del holocausto, marcó esta creación.  


sábado, 8 de diciembre de 2012

El «Quijote» y el «quijotismo» en la prensa del Setencientos. «El Censor»

          Dado que la lectura del Quijote satírica fue la que predominó en el Setecientos, no es extraño que se utilizara no ya esta obra como modelo narrativo, que también lo fue en España y en el resto de Europa, sino a su protagonista y visión del mundo como modelo de «desfacedor de entuertos», como muy bien ha estudiado nuestro flamante doctor Cuevas. 
          En un siglo de crisis -del verbo κρισις (krisis) y este del verbo κρινειν (krinein), que significa «separar»,  «cribar»,  «discernir» o «enjuiciar»- es facil entender que en este intento de decidir qué era lo que podía sostenerse como verdadero a la luz de la razón y de la experiencia, Cervantes se convirtiera -y con él su personaje- en un referente para esa revisión crítica de todo el conocimiento heredado.
          En la misma medida puede entenderse que el periodismo del siglo XVIII, tan atento ya en estos años a la moral -esto eso a las «mores», costumbres- de su época, no perdiera oportunidad para enjuiciar la conducta de su sociedad, el comportamiento social, los hábitos de sus paisanos y, en este sentido, es en el que hay que entender el fundamento y el propósito de uno de los periódicos más importantes de esta centuria, El Censor, en cuyo primer discurso, que sirve de prospecto, el periodista, al explicar el sentido de la máscara tras la que se esconde, justifica el tono y el objeto de su visión crítica:

            «Algo más que mi semblante me parece digno de la curiosidad del público mi carader, que no dexa de ser bastantemente extraño. Por otra parte, siendo una de las cosas que me propongo en esta obra representar los de otros, que me parezcan particulares, es muy justo que empiece por el mío, y que su descripción aparezca a la frente de todos ellos. Asi procuraré trazar mi retrato moral en el presente discurso, que informando al mismo tiempo a mis Lectores de los motivos que me han empeñado en ser Escritor público, podrá servir de prologo a los que se sigan. Consiste principalmente la estrañeza de mi carafter en una razón tan sumamente delicada, que nada apenas de quanto se la presenta merece su aprocion, y en un genio tan en extremo vivo y arisco que nada puede sufrir que no la logre, y que en las cosas que debieran serle mas indiferentes se interesa con la mayor viveza. Uno y otro se descubrió en mí desde muy niño».
          No obstante, será en el nº 68, cuando se presente a sí mismo como un nuevo Don Quijote, enajenado por descubri todo tipo de errores:

           «Sí, Señores, el Censor es, y lo tiene a mucha honra, mui semejante a un Don Quijote del mundo filosófico, que corre por todos sus países en demanda de las aventuras, procurando desfacer errores de todo género, y enderezar tuertos y sinrazones de toda especie, pertenezcan unos y otros a la materia que pertenecieren. He aqui su manía. Intento verdaderamente loco; ya por la cortedad de sus fuerzas, ya por la debilidad de sus armas. Razoncitas, discursitos que cuando mas llenan un pliego y alguna satirilla tan débil como una caña, miren qué baterías de cañones o qué buenos doblones de a ocho, para que hubiesen de convencer o persuadir a nadie en el mundo».
           Así lo hará y a cambio, como preveía, el periódico recibirá numerosos ataques hasta el punto de que varios números serían denunciados a la censura y se produciría tal campaña en su contra que finalmente el gobierno decidiría pagar una pensión a su autor para que dejara de escribir. Pero eso es ya otra triste historia.
          En todo caso, su sátira no resultó vana y su ejemplo cundió. Con mayor o menor fortuna, otros periódicos -entre ellos uno gaditano, El Argonauta Español- volverían a traer a sus páginas al personaje del Quijote y su afán crítico contra errores e injusticias. Un modelo, que, por cierto, no acabó en el Setecientos y que, como bien estudia un doctor en ciernes ha dado numerosos ejemplos en los periódicos y, particularmente, los folletos ensoñadores de los años de las Cortes y la Guerra de la Independencia.



 

miércoles, 23 de noviembre de 2011

El «Quijote» y «quijotismo» en la prensa del Setecientos (II). El Argonauta español

También el cirujano de la armada, Pedro Gatell, autor de El Argonauta Español (1790), se apuntó a la moda del quijotismo, es decir, adoptó una actitud desengañada ante  las costumbres coetáneas de sus paisanos y se dedicó a tratar de corregirlas a través de la sátira vertida en su periódico:
«día vendrá en que saque los colores a muchos, pues lo considera preciso e indispensable para desfacer agravios, y para pro y bien de la república, únicos agentes que le obligan a escribir, como al Caballero de los Leones el haberse metido a andante».



Además del uso de la sátira moderda, sin acritud, al estilo cervantino, y de otras concomitancias, en el «Discurso XXI. Medicina» el Bachiller sueña que su biblioteca de medicina sufre un escrutinio similar a la de don Quijote: «Soñó días pasados el Bachiller Argonauta que se había vuelto don Quijote, con la diferencia de que si al Caballero de la Triste Figura le habían trastornado el juicio los descomunales libros de caballería, al Bachiller los de la medicina», El Argonauta español, número 12.
Por otra parte, gozaba ya de fama entre sus contemporáneos por haber publicado un año antes La moral de Don Quijote. Allí, al declarar los motivos que le indujeron a escribir la obra, dice el cura:

«¿Acaso –decía en mis solas– convendría más o sería más útil haber expuesto los hechos y discursos de don Quijote de la Mancha, del Caballero de la Triste Figura, de los Leones, etc., que las de Alonso Quijano, el Bueno? No, por cierto, pues que aquellas eran producciones de un delirante ciego y loco, y éstas son partos de un entendimiento sano, juicioso y, lo que vale más, escarmentado».

Animado por el éxito de esta obra publicó en 1793 La Moral de más famoso escudero Sancho Panza, con idea de utilizar los personajes cervantinos para defender su el orden social que él considera justo: : «Mi objeto no es otro sino que se instruyan los que lo necesitan en la virtud; que se desengañen muchos de los quijotes y sanchos del día y que, lejos de imitar a aquellos dementes y fuera de juicio, los imiten cuerdos y ejemplares».
 

martes, 22 de noviembre de 2011

El «Quijote» y «quijotismo» en la prensa del Setecientos (I). El Amigo del Público

Como señala Aguilar Piñal, el siglo XVIII es el gran siglo del Quijote y, aunque popularmente se entiende como un libro básicamente cómico, además de su estima como obra paródica, de su carácter de como sátira de los libros de caballería, también suele apreciarse la novela cervantina como utopía social. Don Quijote como vengador los abusos cometidos contra los más débiles.

El abogado Juan Antonio Aragonés, en el «Discurso Tercero» de su periódico El Amigo del Público (1763) se distancia de la lucha que mantiene muchos eruditos y críticos contra el teatro que más gozaba del favor popular y así denuncia:  

«A este Cavallero andante [Don Quijote] estan empeñados muchos en imitarle à pie quieto, pues veo, que se las tienen tiessas con los muertos, riñen à cuerpo descubierto con las Comedias, y luchas acerrrimmamente desde su quarto con los Toros; y no se passarà mucho, sin que peguen tambien con los Tyteres, pues han dado en la quimera, que nos han de privar en un todo nuestras diversiones, sin hacerse cargo, que un Pueblo Apoderado de la ociosidad, puede con su cavilacion ocasionar gravissimos disturvios, y causar los daños, que se han experimentado varias veces: no se puede negar, sin dexarse llevar de la passion, que nuestras Comedias tienen sus defectos; pero tambien debemos confessar, que con ellos se consigue el un fin de los dos, para que se establecieron.»