Translate

Mostrando entradas con la etiqueta guerra. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta guerra. Mostrar todas las entradas

lunes, 26 de mayo de 2014

«Los niños perdidos», de Laila Ripoll

El régimen totalitario imponía pues el vocabulario guerrero 
en circunstancias de paz y no admitía matices:
toda persona diferente era un enemigo, al que era legítimo,
incluso loable, exterminar como a una cucaracha.
Tzvetan Todorov, El miedo a los bárbaros.


       Los niños perdidos de Laila Ripoll es una de las obras que componen la «Trilogía de la memoria». Como ha explicado su autora en alguna ocasión, esta obra apenas se ha representado fuera de Madrid debido -asegura su autora- a presiones políticas.
Fuente. Madrid Teatro
         Tuvieron que recurrir a los escasos testimonios que lograron encontrar, entre ellos el de la madre del actor Mariano Llorente, que daba vida a Tusa, y otro al de Carlos Giménez, autor de historietas como Paracuellos y Auxilio Social.
       La autora, nieta de republicanos exiliados, reclama su derecho a saber y la necesidad de dar voz a los más débiles. En este caso, Laila Ripoll prefiere recurrir a la de los niños Cucachica, Marqués, Lázaro y Tuso,  que se reúnen en el desván de un orfanato dirigido por monjas, de las que solo conocemos a la Sor, para dar rienda suelta a sus miedos y a su miseria. Todo ello en un mundo propio y a la vez compartido, el de los juegos.
         La obra está presidida por una cita de la obra Purgatorio, de W. B. Yeats, que nos ofrece una pista para interpretar correctamente lo que sucede:

... porque es todo
un ensueño en la mente de mi madre,
que, por estar ya muerta,
sola también está con los remoridimientos.


domingo, 2 de febrero de 2014

«El talismán. Un relato del sitio de Cádiz», de Jesús Maeso de la Torre (II)

Como alude el título del relato, el momento climático se produce con el hallazgo del talismán, cuando los soldados son enviados a vigilar desde el promontorio de Sancti Petri. Desde allí observan las ruinas del castillo y Rodrigo decide ir a explorar lo que queda del antiguo templo fenicio, mientras sus compañeros prefieren permanecer en el lugar solazándose: 
         Unas golondrinas huyeron despavoridas ante su presencia, y de repente, del nido de hojarascas, pajuelas y plumones, se desprendió un objeto luminoso de oro purísimo, que tras un vuelo fulminante, tintineó en el suelo con un sonido seco y metálico. De inmediato atrajo la atención de Rodrigo. Era una moneda antigua de oro. La tomó en su mano con un sobresalto supersticioso y tras frotarla con saliva se la acercó a sus curiosas pupilas. El anverso representaba la cabeza de un hombre distinguido -quizás el dios Melkart fenicio-, y en el reverso resaltaban dos peces, uno debajo del otro. 
         -Es soberbia y debe valer lo suyo- masculló-. Esa efigie debe ser la de Melkart, «el Señor de la cuidad fenicia de Gadir». La guardaré para regalársela a mi padre. 

         Pero retornó bruscamente a la realidad. 
        Un soldado francés escondido vociferó a sus espaldas en la quietud del crepúsculo. Al poco se escuchó la detonación de una pieza de artillería. Muy cerca de allí.

          La superstición de Rodrigo le lleva a presentir que la moneda encierra algo mágico que solo creerá descubrir más adelante. Efectivamente, la bomba ha caído donde estaban sus amigos y los tres han perdido literalmente la cabeza. La terrible visión le hace vomitar y luego gritar furioso:  «La guerra no es un acto de honor, es una plaga bíblica. ¡No es justo Dios mío!- gritó en el silencio. Es la muerte».
          Curiosamente, los sentimientos que desencadenan la tragedia vivida por el joven Rodrigo son similares a los que despiertan en Frasquita Larrea la desolación que sigue a la batalla de Chiclana. La experiencia ha sido crucial y marcará su vida para siempre: «Se había hecho hombre de un solo trago, pero ya no sublimaba la guerra. Detestaba convertirse en el héroe que tanto había soñado». 
         La lección ha sido dura y eso dará sentido a sus palabras finales. Si quieres saber cuáles son, tendrás que leer el libro.

martes, 18 de octubre de 2011

«Chiclana» de Frasquita Larrea

Entre los textos que Frasquita Larrea dejó inéditos figura el siguiente fragmento escrito en abril de 1811, poco después de la Batalla de la Barrosa 



Chiclana hacia 1800



«Chiclana»
«She is a charming visionary!» he exclaimed. «Her mind is stored with images of clasic interest & her heart is witness to circumstances on national grievance. This is the true patriotism of Women»...
Lady Morgan
Lady Morgan









¡Era un dulce rincón. Rincón alegre y festivo de la hermosa Andalucía que, alguna vez, la risueña primavera señaló por suyo. A lo lejos podéis divisar este ameno valle. La blanca población de Chiclana resalta entre el perpetuo verdor de sus bosques de pinos. A su espalda descuella una colina, coronada por un castillo de otros tiempos. Al amparo de su antiguo silencio reposan en paz los padres del pueblo. Al pie de sus tumbas derrama el viejo Salado sus nombradas aguas. Grupos de arrayanes, lentiscos, carrascas y algarrobos adornan el cerro del sur consagrado por una capilla pintoresca a Santa Ana, patrona querida del pueblo. Confiado en su protección, plantó sus viñas y sembró sus mieses el labrador; y cuando vino la cosecha cantó a su bienhechora.

Colección Periñán
¡Días de paz, fiestas de flores y frutas, celebradas al son de guitarras, panderos y castañuelas, en los campos de Santa Ana! Aún bulle en mi memoria el murmullo de vuestro alborozo y se retrata en mi fantasía aquel glorioso paisaje, cuando sumergiéndose el sol en el océano azul, jugaban sus últimos rayos en el puro ambiente, formando una atmósfera de fragancias, sonidos y colores alegres; y mientras la esplendente Luna derramaba su ancha luz sobre la callada población de Chiclana y las montañas, desvanecidas con el crepúsculo, volvían a aparecer en el argentado oriente, aun tembleteaban en el magnífico piélago los reflejos rosados del pasado día y se diseñaban sobre un horizonte de aéreo verde las murallas de Cádiz. Los tonos del ruiseñor ondeaban en el perfumado rocío; el incierto ladrido, el distante cencerro sonaban en la ligera brisa... ¡Voz de contento en que multitud de dulzuras circulaban en este ámbito de paz!... Viajero!, han pasado esos días como pasa el humo del aloe! Vi al extranjero encender sus fuegos de guerra con la oliva de los campos de Santa Ana, vi al cañón destructor amenazar desde los umbrales de su Santuario, vi la risa del impío en la habitación del dolor, vi en las parados semblantes la palidez de la impotente ira... y tomaron este lúgubre silencio por resignación!... ¿qué sabe el vándalo de las penas del alma?

Louis-F. Lejeune, Bataille de Chiclana, prés de Cadix, le 5 mai 1811



 
¡Días de paz, pasados como pasa el humo del aloe! Lejos de vosotros, y semejante a la nube sin agua, juguete de los vientos, entre los yelos de otro clima, en la tierra del extranjero, vuestra idea acompaña mi agitada carrera. Rayos de recordado placer penetran mi desabrida soledad, aun cuando braman las cien voces del huracán y el infortunio cae sobre mi corazón. Alzo los ojos al aplomado firmamento y sueño en los horizontes celestes de mi Patria. Al través de un velo de neblina miro los desnudos troncos y pienso en los mirtos, naranjos y laureles de la Andalucía, vanos de sus días de diciembre.
¡Amor de la Patria! ¡Lejos del alma exaltada aquella fría filosofía que desea aminorar tu influjo, que te pinta como una ilusión de la fantasía, como la brillante visión de un ánimo pequeño!... Varios intereses pueden distraer el empeño nacional: pero el corazón es siempre patricio. En aquel país en que primero hemos aprendido a amar y a sufrir, aquel país encadena nuestros afectos; y el sentimiento nos hace patriota antes que sepamos serlo por principio.
¡Amor indeleble! Acaso si mi Patria fuese libre y feliz no habrían interesado mi corazón las intrigas de su Gabinete, los mezquinos cálculos de su interés comercial o de su ambición legislativa. Pero en su noble infortunio, suyos son todos mis sentimientos. Cantaré sus virtudes, disculparé sus errores y lloraré la falsa política de sus Jefes.

 Frasquita Larrea
Museo Municipal de Cádiz