Translate

Mostrando entradas con la etiqueta género andaluz. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta género andaluz. Mostrar todas las entradas

jueves, 21 de abril de 2016

Las comedias de José Sanz Pérez

Esta tarde se presenta en el Centro Cultural Reina Sofía un estudio y edición de algunas comedias del autor gaditano de quien he hablado con alguna frecuencia en este blog, al tratar sobre el género andaluz, José Sanz Pérez.
      El libro lo publica la Editorial UCA y su autora es nuestra compañera Teresa Bastardín Candón.
La cita a las 19.30.


jueves, 10 de septiembre de 2015

«Tocaoras»: Un documental imprescindible de Alicia Cifredo.

    
Fotograma de Tocaoras. Fuente: Cinemaadhoc
      Debo comenzar advirtiendo que no soy experta en guitarra flamenca y que hablo desde mi corta experiencia y conocimiento en esta materia. Un tema en el que me he introducido por la conexión que existe entre mi área de conocimiento la Literatura española —con especialización en los siglos XVIII y XIX— y el flamenco. Asunto al que ya me he referido a propósito de los Sainetes de Juan Ignacio González del Castillo, del último tercio del siglo XVIII,  de Don Álvaro o la fuerza del sino (1834), del Duque de Rivas y del «género andaluz».
      Cuando Alicia Cifredo me habló del estreno en «Alcances» de este documental de «La Voz que yo amo» y«La Zanfoña Producciones», inmediatamente despertó mi curiosidad, porque como ya he comentado en este blog, mis investigaciones me han conducido a encontrarme con alguna noticia sobre la presencia de la mujer tocaora a finales del siglo XVIII y comienzos del XIX. Desde luego no se trata de una profesional ni de una mujer que toque la guitarra clásica —al menos no en esta ocasión—, pues lo hace acompañándose para cantar un juguete o capricho en el curso de una tonadilla.
      En este caso, la tocaora, Francisca Valdibia, es una actriz de la compañía de la Isla de León, que puntualmente ejecuta el toque de este instrumento en varias ocasiones. La noticia de esta actuación es de 1805 y luego he averiguado que, como actriz, pudo formar parte de la compañía de los Reales Sitios, en el año 1798-99 y luego de la compañía de Sevilla en 1800 (Moreno Mengíbar). La epidemia que asolaba a Cádiz en esas fechas explicaría que luego se integre en la compañía de Peralta en Granada, como segunda dama de versos y «dama de música» y «graciosa de cantado». Y, quizás, sea la que con ese nombre figura en la Compañía del Príncipe el 18 de agosto de 1808.
      En todo caso, lo importante es que la noticia lo reseña como algo natural —no se destaca su condición femenina—, aunque también es cierto que aún no se ha producido la profesionalización del tocaor.
       De vuelta al documental de Alicia Cifredo, más allá de lo que he comentado en las redes sociales —dos horas de emoción, sensibilidad, contenidos bien seleccionados, cuidadas imágenes, música vibrante y un buen montaje con un ritmo que hacen olvidar las casi dos horas de duración—, me parece justo añadir que el guión está muy trabajado, el contenido persigue —y creo que lo logra— deshacer tópicos, pero siempre con un contrapunto respetuoso con las personas que defienden ideas que hoy nos pueden parecer muy anticuadas, pero que siguen muy enraizadasy muy vivas en determinados sectores de la sociedad; no obstante el respeto a las personas no impide desmontar las falsas creencias. El documental «Tocaoras» trata de poner al descubierto esas rémoras, pero sobre todo nos da luz, nos informa, acerca de las muchas mujeres que hoy se muelen los dedos tocando la guitarra y que lo hacen bien, con pasión, con sabiduría, con la energía necesaria —o la que tienen y suplementan con otras virtudes— y la sensibilidad imprescindible. Mujeres que se han iniciado —en muchos casos— en los conservatorios, para adquirir concimientos —conscientemente o no— de guitarra «clásica»; otras que han aprendido al modo tradicional, la enseñanza de sus mayores; en todo caso, mujeres que han luchado por hacerse un hueco respetable en una actividad profesiónal considerada eminente e incuestionablemente masculina y que lo han conseguido, a pesar de prejuicios, a pesar de la invisibilización de la sociedad —a veces también de instituciones y administraciones públicas— y contra todo pronóstico. Una práctica del toque a la guitarra que tuvo comienzos muy difíciles, generalmente ligados al autoacompañamiento de la cantaora flamenca, o de una afición desmedida de la joven tocaora que en los años 50 y 60 ni la familia ni mucho menos la sociedad reeducada en los ideales de la Sección femenina podía admitir ni apoyar. Un toque que sigue las modulaciones del cante, pero que tambien puede acompañar al baile o incluso, aunque estos es mucho más difícil, erigirse en protagonista de un concierto en solitario.
      Lo cierto es que este apasionante recorrido no parece dejar un solo resquicio, pues también se rescata la experiencia de la artesanía de la construcción de la guitarra de una luthier femenina. Magnífica también la interpretación casi al final de la entrevista realizada por Carmen de Burgos a la tocaora Adela Cubas.
      Por último, vuelvo a reivindicar el trabajo de Vincianne Trancart, de la Université Sorbonne Nouvelle – Paris 3, que me permitió asomarme a un mundo era para mí prácticamente desconocido, a través de su capítulo «Las tocaoras de flamenco en la Andalucía de finales del siglo XIX: similitudes y discrepancias entre prácticas y representaciones», que pueden leer en el libro que edité en 2014 con mis compañeras Mª Isabel Morales y Gloria Espigado: Resistir o derribar los muros. Mujeres discursos y poder en el siglo XIX, publicado por la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, con el propósito de contribuir a la visualización de las mujeres de aquella centuria y poner al descubierto los prejuicios sobre los que se asentó el modelo femenino sancionado por el poder patriarcal. La obra completa puede consultarse en línea y descargarse completa, así como el índice aquí.      
       Si hubiera que poner algún reparo a Tocaoras, diría que la voz académica queda reducida a la intervención —muy bien documentada y medida— de Josemi Lorenzo Arribas: alguna voz femenina, como la de Cristina Cruces, mi colega Vincianne Trancart o cualquier otra, hubiera servido para lograr ese equilibrio que se alcanza con la intervención de tocaores, cantaores, musicólogos, críticos y aficionados.
       En fin, en cualquier caso, no se pierdan «Tocaoras» o se arrepentirán.

Les dejo la pequeña presentación que hace Alicia Cifredo en Youtube.

jueves, 22 de enero de 2015

Las tres cosas de Jerez, de Pedro Muñoz Seca

         Cuando hace algunos años, escribía acerca del vino de Jerez en la literatura, me topé con esta zarzuelita de Carlos Fernández Shaw y Pedro Muñoz Seca, con música del maestro Vives, Las tres cosas de Jerez (1907).
Las tres cosas de Jerez

El argumento no puede ser más simple ni más machista también, y lo aseguro desde la óptica no solo actual sino también de algunas mujeres que por aquellas fechas andaban peleando por que se reconocieran sus derechos. Las tres cosas de Jerez alude a la discusión de los protagonistas másculinos sobre cuál de los «productos» jerezanos brilla más: el vino, los caballos o la mujer.
            Sobre esta obra volví a propósito de un estudio «El humor de Pedro Muñoz Seca entre la tradición y la vanguardia: una reflexión», publicado en 2004, en el libro ¿De qué se venga don Mendo?: Pedro Muñoz Seca (Fundación Pedro Muñoz Seca, El Puerto de Santa María, pp. 87-98). Allí emparentaba esta zarzuela con otras obras como Coba fina (1912), Trianerías (1919), un sainete musical en dos actos, Seguidilla gitana (1926), y Pedro Ponce (1929), en que el comediógrafo portuense se aproximada al género andaluz y a la línea inaugurada por Juan Ignacio González del Castillo. 
         Las escenas en la bodega, el cortejo de la protagonista y de la feria son los elementos más pintorescos. Efectivamente, la obra se inicia en «un ventorro muy típico» en la campiña de Jerez de la Frontera. Con acompañamiento de cañas, se escucha una copla que dice: «¡Vivan mis amores! ¡Vivan / las tres cosas de Jerez:/ el vino, y que sabe a gloria; / el caballo y la mujer/» . El cuadro I nos traslada al interior de una bodega pequeña con tres andanas, en la que Mateo y Galletas discuten sobre cuál de las tres cosas de Jerez es superior. Entre coplas y tópicos se conoce que Milagros está desesperada por las desatenciones de Julio, que sólo piensa en beber y jugar, algo de lo que se aprovecha Frasquito, su capataz. En la escena VIII aparece el mencionado Julio, acompañado con un forastero, Domitilo Juáres. Unas escenas más adelante, Julio llama despectivamente a Frasquito, como un amo a su perro, y este promete venganza. 
         El Cuadro II se desarrolla en la casa de Milagros y su hermana Carola, donde tienen instalado un taller de guarnicionería. Milagros sufre nuevamente al conocer que Julio se ha jugado hasta el anillo que ella le regaló. El último cuadro nos lleva a la Feria de Jerez «tal como se celebraba, hasta hace pocos años, en las llanuras de Caulín». Se contempla en la tienda de un restaurante campestre unas mozas «muy majamente vestidas». No falta en escena un grupo de caballistas. En ese entorno festivo, Julio y Frasquito se encuentran. Cuando están a punto de pelearse a navajazos, llega Milagros y se abraza a Julio. Entonces Julio se arrepiente y se consuela, puesto que Frasquito ha conseguido su bodega y su caballo, pero no a su mujer. 
         Encontramos, pues, al igual que en el «género andaluz», la triangular trama amorosa, donde dos hombres de diferente estirpe y posición batallan por una mujer, abundancia de elementos costumbristas y pintorescos –además de las ya mencionadas pinceladas del decorado, el pregón del vendedor de flores, la reunión en la bodega, el cortejo a caballo, la reunión en una taberna, y la feria- y sobre todo el acompañamiento de la música, el cante y el baile andaluz, así como la exaltación del vino, en este caso no la manzanilla –como aparecía en los sainetes de González del Castillo o en muchos de las piezas andaluzas de José Sanz Pérez-, sino el de Jerez[1]. Es decir, toda una serie de recursos destinados, por una parte, a insertar la obra en una tradición cómica, y, por otra parte, a asegurarse la conexión festiva con el público[2], mayomayoritariamente masculino, todo hay que decirlo.

[1] Sobre este particular, resulta muy interesante el trabajo de Serge Salaün, «El género chico y los mecanismos de un pacto cultural», en Teatro menor en España a partir del siglo XVI, CSIC, Madrid, 1983, págs. 251-262.


[2] Como ya he notado en alguna otra ocasión, la presencia del vino en las obras de Pedro Muñoz Seca parece que, con frecuencia, tienen bastante de lo que en la actualidad se conoce como «publicidad estática». Cf., «Fama y evocación literaria de los vinos gaditanos», en Alberto Ramos Santana y Javier Maldonado Rosso, Vinos, vinagres, aguardientes y licores de la provincia de Cádiz, Fundación Provincial de Cultura de la Diputación de Cádiz, págs. 145-154.

lunes, 6 de mayo de 2013

José Sanz Pérez y el «género andaluz»



José Sanz Pérez[1] había nacido en Rota el 8 de febrero de 1818 y aunque imprimió la mayor parte de sus obras en Cádiz, concretamente en la imprenta de la «Revista Médica», residió constantemente en Madrid. Según cuenta Emilio Cotarelo, en la capital sería redactor de periódicos como El Universal –con bastante asiduidad desde 1867- y, por sus estudios literarios, llegó a ingresar en el Cuerpo de Archivos y Bibliotecas, donde logró ascender hasta jefe del Archivo Histórico Nacional, cargo que ostentaría hasta su repentina muerte el 28 de enero de 1870[2].  
Cuando José Sanz Pérez irrumpe en la escena con sus piezas andaluzas, a mediados de la década de los cuarenta, el andalucismo teatral había iniciado su andadura de la mano de Tomás Rodríguez Rubí, que escribió dramas y comedias de ámbito andaluz. No obstante, es el ingenio fecundo del gaditano el que pone en boga el género andaluz. El éxito le llegó con la representación en Madrid de La flor de la canela, saludada por los críticos por su sal, y por pertenecer a un «género popular, pero literario», y constituirse en «término medio entre nuestros antiguos sainetes y los vaudevilles franceses».  


Igualmente conviene tener también en cuenta que en estas fechas sigue viva la tradición del baile nacional, andaluz más concretamente, que Juan Ignacio González del Castillo había incorporado a la escena. Una ojeada a la cartelera gaditana que se publica de forma prácticamente ininterrumpida desde 1802 en las páginas, por ejemplo, del Diario Mercantil, puede evidenciar este hecho y así, en estos primeros años del siglo, vemos asomarse por la escena el bolero, las sevillanas corraleras, pero también el ole, el zorongo, o el jaleo, entre otros bailes[1] que van a ser, tanto o más que el propio aire musical, uno de los principales causantes del éxito del género andaluz.

En este sentido, creo que resulta muy interesante analizar una modalidad específica que se inserta dentro del género andaluz, me refiero a las piezas de costumbres gitanescas que también desatan el rechazo incluso de algunos críticos gaditanos que acusan a las compañías de que con su insistencia en representar repetidamente este tipo de piezas, pretenden –según Cañete- «hacer desear los juguetes gitanos», en los que están especializados algunos actores y actrices[4].  
No fiarse de compadres (1848) es la primera que lleva por subtítulo el de «pieza de costumbres gitanescas»; pero es en su ópera El tio Caniyitas o el Mundo Nuevo de Cádiz – cuyo título y localización tal vez no casualmente recuerda al sainete de González del Castillo, La boda del Mundo Nuevo[5]- donde lo gitano cobra mayor prestigio como motivo literario. 
Fuente: Manuel Ruiz Lagos
Sus imitadores, al decir de la crítica madrileña, hicieron abortar el género, que derivó en un aluvión de andaluzadas que siguió, no obstante, gozando del favor popular, especialmente en el caso de Sanz Pérez cuyas piezas fueron aplaudidas y editadas y reeditadas en Andalucía y Madrid [6] (*).

(*) «José Sanz Pérez y el andalucismo teatral del siglo XIX», en Manuel García: de la tonadilla escénica a la ópera española (1775-1832), Servicio de Publicaciones de la Universidad de Cádiz, Cádiz, pp. 87-106.




[1] Cf., Emilio Cotarelo y Mori, Historia de la Zarzuela o sea el drama lírico en España, desde su origen a fines del siglo XIX, Ediciones del Instituto Complutense de Estudios Musicales, Madrid, 2000, pág. 299, n. 1.

[2] A pesar de que como señala Cotarelo imprimió la mayor parte de su producción en Cádiz, varias de sus obras gozaron del éxito suficiente como para que se reimprimieran en Madrid: ¡Andújar! comedia en tres actos y en verso (Cádiz, 1849) se imprimió en el Establecimiento Tipográfico de E. Cuesta en 1881, En toas partes cuecen habas (1848) en el Establecimiento Tipográfico de M. P. Montoya y Cía; Marinos en tierra, en la Imprenta de José Rodríguez en 1870, 1872 y 1878, y en el Establecimiento de Montoya en el 1882; El tío Caniyitas (Cádiz, 1849), en la de José Rodríguez en 1864, y 1877.

[3] Si realizamos un repaso por la cartelera de estos años, podemos comprobar que, efectivamente, las boleras dan fin a la función del teatro gaditano de 4 de noviembre de 1805, tras la representación de una comedia de Tirso de Molina, El castigo del pensé qué, mientras el día anterior se había puesto en escena en el mismo teatro, «en obsequio de los días de la Excma. Sra. Esposa del Excmo. Sr. Gobernador, la comedia nueva en 5 actos, traducida del francés, El vano humillado, también concluida con la ejecución de unas boleras bailadas por la Sra. Medina y el Señor García, a lo que seguiría la representación del sainete La discreta y la boba. El día 2 antes de finalizar la función con la representación del sainete titulado El matrimonio secreto, le había tocado turno al baile del zapateado, ejecutado por la Sra. Francisca Medina; previamente se había puesto en escena la comedia en tres actos, Alexandro en la india, a la que seguiría la tonadilla a dúo, La pastora inocente

[4] Cf., La Tertulia, nº 126, de 22 de diciembre de 1850, pp. 3-4.

[5]Juan Ignacio González del Castillo, Sainetes, Cádiz, Oficina de la viuda de Comes, 1812.
[6] La imprenta de la Revista Médica tenía en 1850 a disposición del público las siguientes obras de José Sanz Pérez:


Chaquetas y fraques, ó cada cual con su cada cual, pieza de costumbres andaluzas dividida en dos partes.
Los zelos del tio Macaco, en un acto.
La flor de la canela, en un acto.
Juzgar por las apariencias, o  una maraña, en dos partes.
Too es jasta que me enfae, en un acto.
En toas partes cuecen habas, en un acto.
Doña Luz y el fontanero, cuento fantástico, dividido en dos partes [no sabemos por qué se incluye en esta colección].
No fiarse de compadres, pieza de costumbres gitanescas, 1 acto.
Las ilusiones perdidas, drama en cuatro actos.
El parto de los Montes, capricho trágico gitanesco, en un prólogo y en un acto, en verso.
Amores de sopeton, comedia de costumbres, en tres actos y en verso.
El Tio Caniyitas ó el Mundo Nuevo de Cádiz, ópera cómica española, en dos actos, poesía de José Sanz Pérez y música del Maestro español D. Mariano Soriano Fuertes.
¡Andújar! comedia en tres actos y en verso.
El que de ajeno se viste..., comedia en un acto y en verso.