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jueves, 3 de diciembre de 2015

«Vampiro» un cuento de Emilia Pardo Bazán (II).

Como señalaba en la entrada anterior, el cuento que se inicia con rasgos de sainete o de entremés de cachiporra pronto muestra su verdadero carácter. Es verdad que, al principio, todo parece reducirse a una boda desigual entre un viejo indiano y una chiquilla de quince años, dispuesta a un sacrificio que no debe ser ni largo ni demasiado penoso, dadas las sencillas exigencias que demanda el marido: «sólo pedía a la tierna esposa un poco de cariño y de calor».
    Efectivamente, en los primeros días, la esposa no puede sentir sino piedad y deseos de responder como mejor pueda a sus deseos: «Día y noche —la noche sobre todo, porque era cuando necesitaba a su lado, pegado a su cuerpo, un abrigo dulce— se comprometía a atenderle, a no abandonarle un minuto. ¡Pobre señor! ¡Era tan simpático y tenía ya tan metido el pie derecho en la sepultura!». Tanta insistencia induce a pensar que el anciano tema no superar el invierno:
     «Lo que tengo es frío —repetía—, mucho frío, querida; la nieve de tantos años cuajada ya en las venas. Te he buscado como se busca el sol; me arrimo a ti como si me arrimase a la llama bienhechora en mitad del invierno. Acércate, échame los brazos; si no, tiritaré y me quedaré helado inmediatamente. Por Dios, abrígame; no te pido más».
La Jeune fille et la mort, tableau de Marianne Stokes, ca. 1900
      Pero el viejo oculta algo. Abriga una secreta esperanza que ha sido el motor de su matrimonio:

Lo que se callaba el viejo, lo que se mantenía secreto entre él y el especialista curandero inglés a quien ya como en último recurso había consultado, era el convencimiento de que, puesta en contacto su ancianidad con la fresca primavera de Inesiña, se verificaría un misterioso trueque. Si las energías vitales de la muchacha, la flor de su robustez, su intacta provisión de fuerzas debían reanimar a don Fortunato, la decrepitud y el agotamiento de éste se comunicarían a aquélla, transmitidos por la mezcla y cambio de los alientos, recogiendo el anciano un aura viva, ardiente y pura y absorbiendo la doncella un vaho sepulcral.

     Ese trasvase de alientos y almas que en vez de ser producto del amor y del deseo que incita al beso en Góngora, no es sino el fruto de un egoísmo sin compasión, el «de los últimos años de la existencia, en que todo se sacrifica al afán de prolongarla».
     Efectivamente, la muchacha muere antes de cumplir los veinte, mientras el anciano Fortunato busca nueva novia. El médico, Tropiezo, no acaba de entender lo ocurrido y los habitantes de la Galicia más profunda, esa en la que, como señalan Villanueva y González Herrán, se atisba la Galicia de Valle-Inclán, tampoco. De lo único de que están cierto es de que deben librarse cuanto antes de esa alimaña:  «De esta vez, o se marcha del pueblo, o la cencerrada termina en quemarle la casa y sacarle arrastrando para matarle de una paliza tremenda. ¡Estas cosas no se toleran dos veces!»
     La narración, no obstante, tiene un final inquietante y abierto —«Y don Fortunato sonríe, mascando con los dientes postizos el rabo de un puro»—, que plantea la posibilidad de que en otro tiempo, en otro lugar el vampiro encuentre nuevas víctimas. 

domingo, 1 de marzo de 2015

Clásicos revisitados. Intertextualidad y literatura electrónica


          Como señalé en una entrada anterior, María Mencía jugó con dos sonetos clásicos de la Literatura Española en «Transient self-portrait». Se trata de los que comienzan respectivamente con los versos «En tanto que de rosa y azucena», de Garcilaso de la Vega, y «Mientras por competir con tu cabello», de Góngora.
          Se trata de dos obras escritas con el mismo punto de partida, pero con un talante totalmente diferente, debido al espíritu optimista y antropocentrista del Renacimiento que domina en Garcilaso y el desengaño espiritualista del Barroco, tan marcado por una visión teocéntrica, con todos los matices de la complejidad del mundo barroco.
           Como explica la autora, su interés por estos poemas se debe a los conceptos que emergen en su lectura: «condición efímera de la vida», «consumación» o acabamiento, «fragilidad», «transitoriedad», que afectan por igual al mundo en que vivimos. 

Fuente de la imagen: ELMCIP
 Y sobre ello, añade: 
«The creative process is that of producing, reflecting, programming and testing the medium to explore these notions in an electronic media society of dialogues with self-images, engaging the participant in a reading experience of ‘in’ and ‘out’ of language, via webcams and interactive aesthetics. The sonnets pass from different stages of written, visual, aural, language and code to dissipate into nothing».
          Con esta experiencia el público comprende que nuestras identidades son transitorias, que todo es susceptible de disolución, y que nuestra vida no es sino «data», información, inestable.

lunes, 18 de marzo de 2013

Jovellanos, «Idilio VI». A Galatea

Como indica Rogelio Reyes, siguiendo los trabajos clásicos de Joaquín Arce, en la introducción a su antología de la Poesía española del siglo XVIII (Cátedra, Madrid, 2001), «La presencia de Góngora en el siglo XVIII va más allá de la inspiración directa de sus grandes poemas líricos y se deja sentir en "géneros, metáforas, fórmulas retóricas y lexemas", que se integran en el discurso poético con una funcionalidad distinta a la que tenían en la obra del gran poeta cordobés».



          Y esto es precisamente lo que ocurre en el Idilio VI, donde Jovellanos canta la belleza que exhibe su Galatea en el momento del despertar.


Sin duda de las gracias
el coro, a tu lindeza
añade en esta hora
mil perfecciones nuevas:
brilla tu frente hermosa
con luz muy mas serena
y como al cielo el irir,
así tus negras cejas
dividen el nevado
contorno de tu esfera;
tus ojos... Musa mía,
¿cómo tu voz pudiera
los rutilantes ojos
pintar de Galatea?

¿Quién me dará que junte
del sol las luces bellas,
las sombras de la noche
y el fuego de la esfera, 
para pintar los brillos,
la gracia y la viveza
de tus divinos ojos,
oh dulce Galatea? 
Absorta el alma mía
los mira y los contempla,
sus luces la embriagan,
sus llamas la penetran.
          Para la descripción de las mejillas, los labios, la boca y el seno toma metáforas lexicalizadas de Góngora:
Veo que en tus mejillas
la rosa bermejea, 
y del clavel purpúreo
tus labios son afrenta.
Juegan sobre tu boca
las risas halagüeñas,
y en el ebúrneo pecho
la cándida azucena
derrama su blancura.
¡Ay Dios, cuántas bellezas
mis ojos inflamados
registran en tu esfera!


Claro que, al final, resuenan también los ecos de Garcilaso y su reelaboración del mito de Anajárete, entre otras muchas reminiscencias:

¡Ah, no me las ocultes,
oh cruda Galatea! 
 ¡Guarte, que no se enoje, 
si al mundo se las niegas, 
la mano bienhechora 
de la Naturaleza!
¿Criólas por ventura
para que no se vieran?
Si es ella generosa,
¿por qué eres tú avarienta?

viernes, 15 de marzo de 2013

Otros besos. El ósculo envenenado de Góngora

De besos, ya hemos tratado con Valera, Bécquer y ahora, por mediación de un poema de Jovellanos ––quién lo iba a decir––, me acordé de este soneto de Góngora:

La dulce boca que a gustar convida 
Un humor entre perlas distilado, 
Y a no invidiar aquel licor sagrado 
Que a Júpiter ministra el garzón de Ida, 
Amantes, no toquéis, si queréis vida; 
Porque entre un labio y otro colorado 
Amor está, de su veneno armado, 
Cual entre flor y flor sierpe escondida.
No os engañen las rosas que a la Aurora 
Diréis que, aljofaradas y olorosas 
Se le cayeron del purpúreo seno; 
Manzanas son de Tántalo, y no rosas, 
Que pronto huyen del que incitan hora 
Y sólo del Amor queda el veneno.

Suplicio de Tántalo


Góngora avisa, como otros tantos poetas, de los peligros del amor: así le fue a Adán, ––se diría.

Detalle de El Carro de Heno, de «El Bosco»

          Claro que pocos fueron tan claros como Nicolás Fernández de Moratín en su Arte de las putas. Y es que el XVIII tiene su Ilustración oculta