Translate

Mostrando entradas con la etiqueta sátira. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta sátira. Mostrar todas las entradas

viernes, 20 de marzo de 2020

«El duende y el librero, diálogo», de Larra


    Es de sobra conocido que Mariano José de Larra inició su periódico El duende satírico del día con este diálogo en que un librero pedía al personaje del autor que se convirtiera en escritor público.
     Tanto por el título del periódico como por la finalidad con que lo redacta, el periódico se enmarca en la tradición de los espectadores, es decir, de esos periódicos del siglo XVIII que, siguiendo el modelo de The Spectator (1711), de Addison, tenían como objeto la moral pública, esto es, la crítica de costumbres (mores, en latín).
     De aquí que, antes las objeciones del autor a la propuesta del librero, este le insista: — «¡Por Dios! ¿No tiene usted nada que decirle? Y¿no ve usted los abusos, las ridiculeces; en una palabra, lo mucho que hay que criticar?».
     El objeto de su representación literaria sería, por tanto, la sociedad, contemplada desde el ángulo de la sátira, a pesar de las dudas que tiene el escritor acerca de cómo el público recibirá sus críticas. De aquí que sigan algunas breves disquisiciones sobre la poética de la sátira, cuya finalidad sería la censura o el ridículo sin objeto particular, individual. Se trataría de ridiculizar la conducta de modelos abstractos (el avaro, el hipócrita), una práctica que en la sátira dieciochesca se reformulará mediante la presentación de una tipología de sujetos con patrones de conducta ajustados a las circunstancias de cada sociedad, como recordará el propio Larra en su reseña de El Panorama de Mesonero Romanos.
A esto sigue una declaración del autor sobre el formato elegido para este primer ensayo de su pluma: el artículo (la entrega) no periódicos:
 
comprometerme a dar un periódico, no señor; supuesto que usted se empeña saldrán, sí, de la oscuridad unas cuantas hojas que escribí noches pasadas, y Dios quiera que no me tenga que arrepentir. Si como es regular me sigue el humor, publicaré otras cuando me acomode o pueda, por artículos sueltos; si no, allí se quedará donde a mí se me acabe el gusto.

Y, como última condición, el escritor solicita al librero lo publique sin el nombre del autor. 
La anonimia era tradicional en el periodismo del siglo XVIII y, siguiendo el modelo del espectador de Addison, el autor solía esconderse tras una máscara que descubría, no obstante, la perspectiva crítica: espectador, censor, pensador, duende son modos de asomarse a la realidad que se representa literariamente, desde una mirada unas veces distanciada y desapasionada, rigurosa otras, y con más frecuencia en Larra, plenamente implicada, concernida, afectada por el mundo en que el escritor se desenvuelve.
Como habrá podido comprobarse, el uso del diálogo se hace conforme al modelo del diálogo humanístico, es decir, como recurso para dotar de variedad un discurso que podría haber sido expresado en forma de exposición de argumentos sin la necesidad de la intervención del interlocutor subsidiario, en este caso, el librero.
Al tratarse de un diálogo no existe voz narrativa, como sí estará presente en artículos posteriores.

viernes, 1 de febrero de 2013

Con «El Roto» en «Presencias literarias» de la UCA

Fue una velada magnífica, no es que dijera nada inusual o no, al menos, fuera de lo que cabía esperar de él, pero sí densa, y eso que algunas ideas quedaron meramente apuntadas.

Creo que del encuentro de ayer, nos quedó muy claro que no le gusta una pizca la televisión y que tampoco internet -un invento de la CIA- le ofrece simpatías ni, desde luego, garantía. También nos llegó su defensa del periódico impreso, un documento que no se presta tan fácilmente a la manipulación y que queda, como tal, registrado e inventariado en las hemerotecas.
         Se adscribió muy cláramente al periodismo satírico, que busca su materia no en la actualidad sino en lo erróneo del ser humano y, por tanto, debe ser corregido. También me interesó mucho su defensa de la unión entre la literatura y el dibujo, los dos lenguajes que, de forma inseparable, le sirven para expresar su particular denuncia y crítica de la humanidad, pues es lo humano, no lo colectivo, lo que le interesa, aunque su humor pueda incidir en la sociedad y ser testigo de una época.
         En tercer lugar, y habría mucha más tela que cortar, su defensa del hombre. A pesar de los errores, a pesar de los tintes, a veces apocalípticos, hay siempre una puerta abierta a la esperanza.
De lo que quedó en el tintero, me gustaría conocer su definición del humor, que dijo, partir de la de Freud, pero con una interpretación personal. Cuando me documentaba para mi tesina, la edición de los Cuentos gaditanos de Pedro Ibáñez-Pacheco, estuve estudiando este tema, al que «El Roto» se refirió también al hablar de la chispa y la confrontación entre dos ideas que pueden parecer dispares, pero que al rozarse dan lugar a ese efecto humorístico.

viernes, 21 de diciembre de 2012

Los Cuentos gaditanos de Pedro Ibáñez-Pacheco

Un buen consejo, de un mejor amigo, me puso al tanto de la existencia de los Cuentos gaditanos de Pedro Ibáñez-Pacheco, un volumen de cuentecillos jocosos, costumbristas, con no pocos ingredientes satíricos, que su autor había publicado primero en la prensa periódica. Efectivamente, este escritor nacido en El Puerto de Santa María el 30 de noviembre de 1833, en el seno de una familia de clase acomodada, compuesta por sus padres, Jacinto Ibáñez‑Pacheco y Sánchez y María Dolores Gállaga y Belaustegui, y el primogénito, Jacinto.         Desde febrero de 1876, Pedro era colaborador asiduo de la revista La Verdad.Y es allí, donde desde el día 17 del mismo mes y año había empezado a publicar una serie de «romances», que alterna con algún que otro tipo de composición. En todo caso, aquellos no eran en realidad coplas populares, sino una especie de cuentos, en romance octosilábico, que luego verían la luz bajo el mencionado título.


  




Como hiciera ya Fernán Caballero, Ibáñez-Pacheco trata de reducir su papel al de mero transcriptor de unos cuentos populares, intentando así de que el público lector se identifique emotivamente con los cuentos, como si fueran de verdad producto del común gaditano y no obra de un creador.
                     Estos cuentos gaditanos, (...)
                     humildes anales son
                     y vulgarísimos ecos
                            de personajes añejos
                            de la ciudad en que moro,
                     conocidos todos ellos
                     por andar de boca en boca
                            entre la gente del pueblo.
                           Yo del vulgo los tomé (...)


Pero es patente que, como hiciera la propia Fernán, el escritor portuense tampoco se limita a reescribirlos con fidelidad, sino que, como señala su prologuista Díaz Benjumea, a los tales chascarrillos añade algunos detalles, sobre todo en la presentación de los personajes y ambientes y, tomando partido —o no— por sus protagonistas, adapta «a la popular forma del romance los dichos de nuestros Molieres de capa parda, patilla de hacha, sombrero calañés, y navaja en cinto, y las ocurrencias ingeniosas de personas de todas las esferas».