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sábado, 15 de marzo de 2014

Meléndez Valdés Oda XLII. «El abanico» (II)

Como veíamos en la entrada anterior, la dama no está dispuesta a soltar su prenda y así, el enamorado es un nuevo Tántalo, al que no deja de tentar. Así, mueve su abanico, que de inmediato se convierte en el símbolo de su poder, de su imperio amoroso, bajo el que el enamorado está dispuesto a consumir sus días:

François Boucher, Madame Pompadour


Tú, festiva, lo ríes,
y una mirada amable
es el premio dichoso
de tan dulces debates.
Mientras llamas de nuevo
con medidos compases
al fugaz cefirillo
a tu seno anhelante,
en mis ansias y quejas,
fingiendo no escucharme,
con raudo movimiento
lo cierras y lo abres;
mas súbito rendida,
batiéndolo incesante,
me indicas, sin decirlo,
las llamas que en ti arden.
Una vez que en tu seno
maliciosa lo entraste,
yo, suspirando, dije:
«¡Allí quisiera hallarme!»
Y otra vez ¡ay Dorila!
que a mi rival hablaste
no sé qué, misteriosa,
poniéndolo delante,
lloreme ya perdido,
creyéndote mudable,
y ardiéndoseme el pecho
con celos infernales.
Si quieres con alguno
hacer la inexorable,
le dice tu abanico:
«No más, necio, me canses».
Él a un tiempo te sirve
de que alejes y llames,
favorable acaricies,
y enojada amenaces.
Cerrado en tu alba mano,
cetro es de amor brillante,
ante el cual todos rinden
gustoso vasallaje;
o bien pliega en tu seno
con gracia inimitable
la mantilla, que tanto
lucir hace tu talle.
A la frente lo subes,
a que artero señale
los rizos que a su nieve
dan un grato realce.
Lo bajas a los ojos,
y en su denso celaje
se eclipsan un momento
sus llamas centelleantes
porque logren lumbrosos,
de súbito al mostrarse,
su triunfo más seguro
y como el rayo abrasen.
¡Ah, quién su ardor entonces
resista, y qué de amantes
burlándose, embebecen
sus niñas celestiales!
En todo eres, Dorila,
donosa; a todo sabes
llevar, sin advertirlo
tus gracias y tus sales.
¡Feliz mil y mil veces
quien en unión durable,
en ti correspondido,
cual yo merece amarte!
Y en esa continua tentación desea permanecer.

miércoles, 12 de febrero de 2014

Meléndez Valdés, Oda XLII. «El abanico» (I)

Goya, Conversación galante
Como señala Rogelio Reyes, «los ilustrados propugnarán un nuevo concepto de la poesía y hasta un "poeta nuevo" que muchos de ellos verán encarnado en Meléndez Valdés, un autor que no representa sólo la vertiente racionalista y normativa del siglo sino también la veta sensualista, igualmente presente. Un poeta, en definitiva, versátil, que refleja muy bien la variedad de tendencias en ingredientes que confluyen en nuestra lírica setecentista.
La poesía es vista como una actividad que el hombre puede ejercer de forma natural junto a otras como el servicio en el ejército (Cadalso), o la administración pública, si bien es cierto que cierto tipo de poesía, ligera o festiva suele darse solo a la luz pública como obra juvenil o producto de los ratos de ocio.
El rococó, la tendencia que se desarrolla a mediados del XVIII por el refinamiento y ablandamiento del barroco, se prestará a mostrar el lado más frívolo y hedonista de una visión del mundo en la que el disfrute de la experiencia sensible, el cultivo del placer, es una faceta tan natural en el hombre como la reflexión y el ejercicio de la razón crítica. Así las artes, siguiendo la filosofía sensualista de Locke, pueden convertirse en un deleite para los sentidos.

 ODA XLII   El abanico

¡Con qué indecible gracia,
tan varia como fácil,
el voluble abanico,
Dorila, llevar sabes! 
¡Con qué movimientos
has logrado apropiarle
a los juegos que enseña
de embelesar el arte! 
Esta invención sencilla
para agitar el aire da,
abriéndose, a tu mano
bellísima el realce 
de que sus largos dedos,
plegándose süaves,
con el mórbido brazo
felizmente contrasten.

La sensibilidad rococó no desparece en la década de los 70 sino que sigue cultivandose al mismo tiempo que se desarrollan otras tendencias más comprometidas con el ideario de progreso ilustrado como el filosofismo que puede percibirse en otras obras de Meléndez, que en esta oda muestra su pericia para atender al detalle, al movimento, al erotismo sensible del galanteo.

Este brazo enarcando,
su contorno tornátil
ostentas cuando al viento
sobre tu rostro atraes. 
Si rápido lo mueves,
con los golpes que bates
parece que tu seno
relevas palpitante; 
si plácida lo llevas,
en las pausas que haces,
que de amor te embebece
dulcemente la imagen. 
De tus pechos entonces,
en la calma en que yacen
medir los ojos pueden
el ámbito agradable. 
Cuando con él intentas
la risita ocultarme
que en ti alegre concita
algún chiste picante, 
y en tu boca de rosa,
desplegándola afable,
de las perlas que guarda
revela los quilates, 
me incitas, cuidadoso,
a ver por tu semblante
la impresión que te causan
felices libertades.

La mujer, en este tipo de poesía, suele ser protagonista y revelar, con sus gestos, su actitud transgresora, la de la joven despreocupada, marcial, esto es, guerrera, conquistadora, la que, dispuesta a romper con todos los límites de la domesticidad y la sumisión al poder masculino, lleva la iniciativa en el juego de la seducción. Es ella la que incita al hombre, la que despiera en él su deseo, la que, no obstante, puede por un momento sonrojarse de su propio atrevimiento, para atacar inmediatamente, de nuevo, recriminando al hombre su falta de arrojo:
Si el rostro, ruborosa,
te cubres por mostrarme
que en tu pecho, aun sencillo,
pudor y amor combaten, 
al ardor que me agita
nuevo pábulo añades
con la débil defensa
que me opones galante. 
Al hombro golpecitos,
con gracioso donaire,
con él dándome, dices:
«¿De qué tiemblas, cobarde?»
No es mi pecho tan crudo,
que no pueda apiadarse,
ni me hicieron los cielos
de inflexible diamante.»
Insta, ruega, demanda,
sin temor de enojarme;
que la roca más dura
con tesón se deshace».
Al suelo, distraída,
jugando se te cae,
y es porque cien rendidos
se inquieten por alzarle.

El poema continúa mostrando el poder de la amada sobre el rendido galán.

viernes, 15 de marzo de 2013

Otros besos. El ósculo envenenado de Góngora

De besos, ya hemos tratado con Valera, Bécquer y ahora, por mediación de un poema de Jovellanos ––quién lo iba a decir––, me acordé de este soneto de Góngora:

La dulce boca que a gustar convida 
Un humor entre perlas distilado, 
Y a no invidiar aquel licor sagrado 
Que a Júpiter ministra el garzón de Ida, 
Amantes, no toquéis, si queréis vida; 
Porque entre un labio y otro colorado 
Amor está, de su veneno armado, 
Cual entre flor y flor sierpe escondida.
No os engañen las rosas que a la Aurora 
Diréis que, aljofaradas y olorosas 
Se le cayeron del purpúreo seno; 
Manzanas son de Tántalo, y no rosas, 
Que pronto huyen del que incitan hora 
Y sólo del Amor queda el veneno.

Suplicio de Tántalo


Góngora avisa, como otros tantos poetas, de los peligros del amor: así le fue a Adán, ––se diría.

Detalle de El Carro de Heno, de «El Bosco»

          Claro que pocos fueron tan claros como Nicolás Fernández de Moratín en su Arte de las putas. Y es que el XVIII tiene su Ilustración oculta. 

viernes, 8 de marzo de 2013

«El Cortesano», de Castiglione y la dama perfecta

Como es bien sabido, a través de la conversación cortesana, Castiglione expone lo que él considera el ideal del cortés del caballero y también de la dama perfecta. Lógicamente, sus presupuestos distan bastante de lo que hoy consideraríamos como ideal, pero no está de más recordar, que Castiglione considera que si un hombre ama a una de estas mujeres, sería capaz de las mayores empresas. En la antigüedad, efectivamente, se consideraba que, a través del amor, el ser humano podía alcanzar la virtud, es decir, que el amor estimulaba a quien lo profesaba.
          De las numerosas citas que explicitan esta idea, hoy, día de la mujer, quiero recordar la siguiente:

                ¿Quién no alcanza que las mujeres son las que quitan de nuestros corazones todos los baxos y viles pensamientos, las fatigas, las miserias y aquellas tristezas tristes que andan en compañía de todo esto? Y si quisiéramos bien considerar la verdad, conoceremos que acerca del conocimiento de las cosas grandes no nos desvían de ellas, ni nos embarazan, antes nos despiertan y nos levantan. Hacen asimismo en la guerra ser los hombres sin miedo, y realmente yo tengo por imposible que en corazón de un hombre donde una vez haya entrado amor pueda jamás entrar vileza ni cobardía; porque quien ama desea siempre hacer cosas que le hagan ser amado, y teme ordinariamente no le acaezca algo que le deslustre, por donde venga a tenelle en poco la que él desea que le tenga en mucho; y así muy fácilmente se pone mil veces a peligro de muerte porque su señora conozca que él merece el amor della; (...).

                    Cf., Baltasar de CASTIGLIONE, El Cortesano, Austral, Madrid, 19845, p. 272.

Y es que, el amor, al fin y al cabo, es una de las mejores lecciones que se puede aprender con gusto y provecho. Ese amor estimulante, debía estar basado, por otra parte, en una conversación y un trato igualmente enriquecedor, de modo que era necesario que la mujer tuviese una instrucción adecuada para ser capaz de mantener una charla interesante y amena con la que conseguir educar al caballero en la civilidad y cultura de la corte. 
Bronzino,  Lucrezia Panciatichi, S. XVI

             Civilidad que, curiosamente, era también tan apreciada por los ilustrados y las ilustradas como Josefa Amar.
              Bastaría, no obstante, un poco de simple humanismo para que todos fuésemos capaces de entender hoy que este mundo no tiene futuro mientras hombres y mujeres no trabajen y vivan en igualdad.

viernes, 11 de enero de 2013

Historia del centauro azul (II)

XLV QUARTO DE HORA.
Gulguli-Chemamé vio con sorpresa esta gran risa, y se la aumentó la admiración,  cuando un poco más lejos, pasando delante de una plaza, el centauro aún dio mayores carcajadas a la vista del pueblo que estaba mirando con alegría a un ladrón mozo pendiente de una horca, en que poco antes le habían colgado.
Cuanto más se reía el centauro,  tanto más crecía el pasmo de la princesa de Tesis,  y del pueblo que le seguía en grandes tropas. Continuaban siempre su camino; pero cuando llegaron delante del palacio de Fanfur, y que gritaron «Viva,  viva mil veces el bravo e intrépido Soufél»,  entonces fue cuando el centauro, se reía más fuerte que hasta allí.


El rey baja a la plaza de la mano de Kamcém

A estos gritos bajó el rey a la plaza de su palacio, tenía a la reina Kamcém de la mano. El centauro la miró de hito en hito, después echó la vista sobre las damas de su comitiva,  y examinándolas una tras otra, sus risadas se duplicaron de[1] tal suerte entonces, que el rey y todos los circunstantes quedaron atónitos sobre manera.
Fanfur pregunto a Gulguli-Chemamé la obligación de aquella risa tan desmesurada. Ella le dijo que no sabía la causa, y, habiéndole contado todo lo que pasó desde que cogió al centauro, el rey le preguntó a él mismo; pero no le pudo sacar respuesta alguna. Y, habiéndole hecho encerrar en una jaula doble de hierro,  de que mandó hacer dos llaves, guardó él la una y la otra dio a Gulguli-Chemamé, que no faltaba, como tampoco este monarca,  en ir dos veces cada día a ver al centauro, a quien se hacía todo género de buen tratamiento.
Kamcém, que había hecho la cuenta de estar libre de Soufél, fue grandemente sorprendida de verle volver de un paraje,  donde ella no le había enviado sino para hacerle perecer en él. Su amor cogió nuevas fuerzas a vista de un príncipe tan cabal, y resolvió hacer el último esfuerzo para atraérsele, y le hizo llamar bajo el pretexto de darle el parabién de la victoria.
Gulguli-Chemamé no se atrevió a desobedecer; fuese al gabinete de Kamcém, y la  halló allí sola.
—Señor —le dice esta mujer—, yo os he cubierto de gloria, procurando daros la muerte; básteos esta prueba. Yo os amo, no obstante vuestros desprecios, y no fingiré en confesaros que moriría de sentimiento si a vos os hubiese muerto el monstruo; pero creed que tengo nuevos medios para hacer cierta vuestra perdición, en caso que vuestro corazón insensible no corresponda al excesivo amor que os profeso. Dejaos herir, Señor.
—No señora —interrumpió Soufél—, por más poder que tengáis sobre el espíritu del rey ni vuestros ruegos ni vuestras amenazas me obligarán a hacer nada contra mi deber. Perded las esperanzas, de engañarme y temblad, que por remate no ponga en noticia de este monarca vuestra indigna pasión. 
Kamcém se enfureció con estas palabras.
—Pérfido —le dice—, no llevarás adelante el insulto que haces a mi hermosura.
Al mismo tiempo, se arañó la cara, gritó con todas sus fuerzas, y, mandando a muchos eunucos, que a sus gritos habían entrado en su aposento, arrestar a Soufél, corrió toda bañada en lágrimas, a pedir venganza al rey del ultraje que el príncipe de la Georgia acababa de hacerla, intentando manchar su honor.
[Continuará]



[1] Corrijo la errata «del» por «de».

lunes, 7 de enero de 2013

Bécquer y Valera, a propósito del beso.

         Como tuve ocasión de analizar en  «Una lectura de El Cortesano de Castiglione. A propósito del amor y del beso», aunque Valera era admirador de esta obra de Castiglione, sin embargo, no creía en la existencia real de ese amor platónico, tal como puede comprobarse en sus novelas y cuentos. No obstante, sí concedía al amor una capacidad regeneradora, creadora, estimulante del ser humano y del artista en particular.


         Es posible que Juan Valera conociera la rima XXIV de Bécquer, puesto que es un poeta al que admira y en ese sentido no sería del todo extraño que cuando Valera escribió este cuento en Viena en 1894 tuviera sus Rimas presentes, junto a otras referencias. En todo caso, el beso final de su cuento El Hechicero recupera este motivo que es clásico, por otra parte, del platonismo:

          «Ricardo le selló la boca con un beso prolongadísimo y la ciñó apretadamente entre los brazos para que ya no se le escapase. Ella le miró un instante con lánguida ternura, y cerró después los ojos como en un desmayo.
Los pájaros, las mariposas, las flores, las estrellas, las fuentes, el sol, la primavera con sus galas, todas las pompas, músicas, glorias y riquezas del mundo imaginó ella que se veían, que se oían y que se gozaban, doscientas mil veces mejor que en la realidad externa, en lo más intimo y secreto de su alma, sublimada y miríficamente ilustrada en aquella ocasión por la magia soberana del Hechicero.
Silveria le había encontrado, al fin, propicio y no contrario. Y él, como merecido premio de la alta empresa, tenaz y valerosamente lograda, hacía en favor de Silveria y de Ricardo sus milagros más beatíficos y deseables».

          Las diferencias entre uno y otro texto son también patentes, pues a pesar del encanto poético con que Valera retrata la escena, es también notable su carga erótica, que el egabrense trata de moderar con las referencias a una naturaleza armónica, pero no deja de aludir también a unos seres que «se gozaban». Lo sublime se modula con lo erótico, pues Valera no cree en la existencia de un amor libre de pasión, libre de gozo carnal.
Novelas como Rafaela, la Generosa, Pepita Jiménez, El comendador Mendoza, y cuentos como El duende beso, Garuda, y El hechicero, por destacar algunos de las obras más significativas a este propósito, muestran bien a las claras de qué manera Valera disfruta recreándose en la sensualidad, en el erotismo -contenido eso sí, para sus lectores bienpensantes- que se hace mucho más explícito en las cartas que escribió desde su estancia diplomática en Brasil.  
La rima de Bécquer, a pesar de ser una de las más luminosas que compuso sobre el tema amoroso, no llega a alcanzar el optimismo vitalista de Valera y es que Silveria, su protagonista, es uno de los personajes más positivos, más vitales, de entre los creados por el escritor egabrense. Un personaje que, sin embargo, no encuentra fácilmente el amor, antes debe recorrer un camino tortuoso, laberíntico, para conocerse a sí misma y así alcanzar a su hechicero. En todo caso, el beso es aquí también la fusión de las almas, la unión ideal que recompensa la lucha por alcanzar el encuentro con el amor.

viernes, 4 de enero de 2013

La Rima IV de Béquer y la creación poética

           Cuando se comentan las Rimas de Bécquer, suele distinguirse un primer grupo conformado por las once primeras, en las que el autor aborda el tema de la poesía, de su creación, de su origen. Efectivamente, esta rima IV es en sí misma metapoesía, pues utiliza el poema para ilustrar las diversas fuentes de poeticidad, el múltiple origen de la inspiración.

«Rima»

No digáis que, agotado su tesoro, 
de asuntos falta, enmudeció la lira; 
podrá no haber poetas; pero siempre 
habrá poesía. 
Mientras las ondas de la luz al beso 

palpiten encendidas, 

mientras el sol las desgarradas nubes 

de fuego y oro vista, 
mientras el aire en su regazo lleve 
perfumes y armonías, 
mientras haya en el mundo primavera, 
¡habrá poesía! 

Mientras la ciencia a descubrir no alcance 

las fuentes de la vida, 

y en el mar o en el cielo haya un abismo 

que al cálculo resista, 
mientras la humanidad siempre avanzando 
no sepa a dó camina, 
mientras haya un misterio para el hombre, 
¡habrá poesía! 

Mientras se sienta que se ríe el alma, 

sin que los labios rían; 

mientras se llore, sin que el llanto acuda 

a nublar la pupila; 
mientras el corazón y la cabeza 
batallando prosigan, 
mientras haya esperanzas y recuerdos, 
¡habrá poesía! 

Mientras haya unos ojos que reflejen 

los ojos que los miran, 

mientras responda el labio suspirando 

al labio que suspira, 
mientras sentirse puedan en un beso 
dos almas confundidas, 
mientras exista una mujer hermosa, 
¡habrá poesía!


          Así, la poesía aparece independiente de su creador, porque aquí no se contempla la poesía como el producto de la creación poética, sino como la fuente de la que puede manar. Bécquer quiere convencernos de que si la obra no surge no es por falta de motivos inspiradores, sino de creadores que sepan descubrirla y convertir esas posibilidades en acto, esas virtualidades en realidad, en poesía.
           El origen del posible entusiasmo creador es, como decía, múltiple y se encuentran en las maravillas de la naturaleza, en los misterios que se resisten a la razón, en la complejidad del sentimiento y en el amor y la belleza, porque aquí, como en la rima XXIV, aparece de nuevo el motivo del «beso de las almas».
          En fin, desde el punto de vista de Bécquer, el verdadero poeta es aquel capaz de descubrir a los ojos de los demás el misterio que se oculta a la mirada del resto de los hombres, aquel ser sobrehumano cuya inspiración divina le permite sacar a la luz la magia que encierra el universo. Esa es la misión semidivina del poeta, tal como se interpretaba en el Romanticismo y muy particularmente entre los románticos alemanes.

martes, 4 de diciembre de 2012

«Prosigue la Historia de la Princesa de Tesis» (II)

           Prosigue la «Historia de la Princesa de Tesis» de la entrada anterior:



—Yo te amo, Señor, a ti; yo aborrezco al  rey, y yo en Nanquin lo puedo todo. Si tú eres hombre de resolución me es fácil ponerte sobre el trono; me encargo yo misma de dar veneno a Fanfur, y solo espero tu aprobación para ejecutar este proyecto.

XLIV QUARTO DE HORA.

          Un discurso semejante hizo temblar a la princesa de Tesis [1] : retiróse hacia atrás con una sorpresa extraordinaria:  —¡Oh cielos!, señora —dijo a Kamcém—, ¿un designio tan torpe puede entrar en vuestro espíritu? Y me tenéis a mí por digno de tener parte en ello. Conoced mejor al príncipe Soufél. No nací yo para acciones tan grandes; y si fuera capaz de concurrir a una empresa tan execrable, sabed que no aceptaría el trono sino para daros el merecido castigo de un delito, cuya proposición sola  me causa horror.          
           La reina de Nanquin al punto conoció toda su imprudencia. El amor se apagó en su corazón, por hacer lugar a la rabia y a la venganza; pero disimulando su sentimiento:  —Señor —replicó—, olvida uno con facilidad su deber cuando ama: no culpéis sino a vos mismo del extraño proyecto que había formado para probaros hasta donde llega el exceso de mi pasión. Creí que era demasiado poco ofreceros mi persona sola, y que un trono os podría deslumbrar. De cualquiera manera que se alcance es bueno reinar, y no podía yo poneros la corona sobre la cabeza, sino por la muerte de mi esposo; pero ya que desaprobáis mi propuesta, sed a lo menos reconocido a la buena voluntad que una mujer de mi distinción quiere con gusto teneros, y pensad que no se le puede pagar la exclusiva que por la efusión de su sangre.
         La princesa de Tesis, alterada -o ultrajada–, de la desvergüenza de Kamcém, mostraba en su rostro la indignación que había concebido del caso, a tiempo, que el rey de Nanquin entró en el aposento, de la reina. Su arribo impensado desconcertó a Kamcém. Ella quedó tan pasmada,  y la princesa de Tesis tan conmovida, que este monarca no supo qué pronosticar de aquella sorpresa:
          —¿Qué has hecho pues, señora —la dice— a la reina, que leo en vuestro semblante, y en el del príncipe Soufél, que mi presencia os enfada?  —No, señor —interrumpió prontamente Kamcém— tomando su partido, sin detención. Si me veis aturdida, es de lo que este joven héroe acaba de proponerme. Él ha venido —continuó ella— a echarse a mis pies, para obtener de vos el permiso de ir a combatir al centauro azul, que debe parecer después de mañana a las puertas de esta villa, y, quiere perder la cabeza, si no le conduce vivo a vuestras cárceles.
          La princesa de Tesis, a quien el principio del discurso de la reina había hecho temblar, le quitó entonces la palabra; y aunque ignoraba qué cosa era el centauro azul:  —Señor —dijo a Fanfur—, no he de desdecir a la reina, y os suplico con  instancias no os opongáis al designio que he concebido de libraros de este monstruo. El rey, atónito del valor de Soufél, al principio se opuso a su resolución.  —Yo admiro —le dijo— la intrepidez, y dudo mucho del logro de vuestros designios; pero puesto que la reina me lo pide, andad, señor, y estad seguro de mi entero reconocimiento, si lográis el intento de empresa tan dificultosa.
           [Continuará]

[1] Tesis. Anoto aquí lo que aclara el autor a este respecto en otro pasaje. «Alias Artaxata, capital de la Georgia, está situada al pie de una montaña de quien el río Kur lava la falda».

viernes, 14 de septiembre de 2012

A un olmo seco, de Antonio Machado.

Quizás sea uno de los primeros poemas que recuerdo haber estudiado en aquella tan denostada EGB, "A un olmo seco".
Un poema de Campos de Castilla, de Antonio Machado, que hablaba sobre el milagro de la vida, que siempre se espera, aun en momentos en que la vida está amenzada por la edad, la enfermedad, o por cualquier otra circunstancia, como le ocurría a su esposa Leonor, afectada por una tuberculosis en fase terminal, aunque no pueda limitarse el texto a la estricta lectura biográfica.
A un olmo seco

 Al olmo viejo, hendido por el rayo
y en su mitad podrido,
con las lluvias de abril y el sol de mayo
algunas hojas verdes le han salido.

  ¡El olmo centenario en la colina
que lame el Duero! Un musgo amarillento
le mancha la corteza blanquecina
al tronco carcomido y polvoriento.

  No será, cual los álamos cantores
que guardan el camino y la ribera,
habitado de pardos ruiseñores.

  Ejército de hormigas en hilera
va trepando por él, y en sus entrañas
urden sus telas grises las arañas.

  Antes que te derribe, olmo del Duero,
con su hacha el leñador, y el carpintero
te convierta en melena de campana,
lanza de carro o yugo de carreta;
antes que rojo en el hogar, mañana,
ardas en alguna mísera caseta,
al borde de un camino;
antes que te descuaje un torbellino
y tronche el soplo de las sierras blancas;
antes que el río hasta la mar te empuje
por valles y barrancas, 
olmo, quiero anotar en mi cartera
la gracia de tu rama verdecida.
Mi corazón espera
también, hacia la luz y hacia la vida,
otro milagro de la primavera.


Por eso me ha sorprendido y dolido tanto la noticia aparecida en Diario de Cádiz en la que unas alumnas, contrariadas por no haber encontrado entre las opciones del examen de lengua un texto periodístico, aseguraban que se trataba de un intento político de dificultar el acceso a la universidad. Por favor, independientemente de la interpretación sesgada, y aunque no comulgo con la actual política cultural ni universitaria, sostener que proponer un comentario de textos de Antonio Machado es cercenar los límites del acceso a la universidad me parece demasiado fuerte. ¿Qué universidad queremos? ¿Qué nivel cultural exigimos y defendemos?
Un hermoso poema, al que Serrat dedicó una de sus canciones del dico Dedicado a Antonio Machado. Poeta. A ver si así nos vamos introduciendo en la obra del maestro sevillano y especialmente en Campos de Castilla. 

miércoles, 8 de agosto de 2012

Silveria, protagonista de Juan Valera, símbolo del libre albedrío


Como he manifestado en otras ocasiones, el cuento de El Hechicero es al mismo tiempo de una sencillez y una complejidad que no pasó desapercibida para sus coetáneos y es que Juan Valera pudo cifrar en Silveria el espectáculo del libre albedrío, según él, el mayor reto para la creación estética. Su nombre, Silveria, alude a su carácter silvestre, espontáneo, natural, un ser que ha crecido libre, sin ningún tipo de freno, pero también sin conocer el mal o el miedo.

Ilustración de María Simó, para El pájaro verde y otros cuentos. Adaptación de Federico Villalobos. Consejería de Educación de la Junta de Andalucía, Málaga, 2010.
         Aunque no son muchos los retratos detallados de sus protagonistas, lo cierto es que a Valera le gusta plasmar el  desarrollo de la hermosura femenina y así nos ofrece algunos detalles de las protagonistas cuando aún son niñas. De Calitea, la protagonista de La buena fama nos informa el narrador que ––haciendo honor a su nombre–– era «una hermosa niña, ojinegra y morena», para más adelante afirmar que a los veinte años resplandecía «con todos los hechizos de la salud y de la mocedad virgínea»[1].
            También del físico infantil de Silveria se nos dan algunas notas, como las que sirven para retratarla a sus once años:

                        Bien puede asegurarse, sin exageración alguna, que Silveria era una joya, un primor de muchacha. Se había criado al aire libre; pero ni los ardores del sol ni las otras inclemencias del cielo habían podido ofender nunca la delicadeza de su lozana y aún infantil hermosura. Como por encanto, se mantenía limpia y espléndida la sonrosada blancura de su tez. Sus ojos eran azules, como el cielo, y sus cabellos, dorados, como las espigas en agosto[2].

            Es interesante destacar que incluso las niñas tienen cierto atractivo, pero la descripción es sólo un punto de partida para dar rienda suelta al erotismo de la belleza juvenil. Efectivamente, Silveria, a los dieciséis años, se ha convertido en una adolescente fascinadora:

            Creció hasta ser casi tan alta como su padre; su cabeza parecía, en proporción del resto del cuerpo, más pequeñita y mejor plantada sobre el gracioso cuello, cuyo elegante contorno quedaba descubierto por la cabellera rubia, no caída ya en trenzas sobre la espalda, sino recogida en rodete; los ricillos ensortijados, que flotaban sueltos por detrás, hacían el cuello más lindo aún, como si vertiesen, sobre apretada leche teñida con fresas, lluvia de oro en hilos y de canela en polvo; la majestad gallarda de su ademán y de sus pasos indicaba la salud y el brío de sus miembros todos; la armonía divina de sus formas se revelaba al través de la ceñida vestidura, y, agitándose su firme pecho, se levantaba en curva suave.
                        En resolución: Silveria era ya una hermosísima mujer; pero tan inocente y pura como cuando niña[3].

            En medio de tanta sensualidad se descubren muchas expresiones de la lírica del Siglo de Oro, quizás porque Silveria se nos presenta casi como una ninfa. Además, el narrador se detiene complacidamente en el cuello, las formas y en el pecho de la heroína, así como en la sensualidad de los rizos agitados por el viento: la belleza es fundamental en toda intriga amorosa. En cualquir caso, como a Valera no le interesa construir relatos morales o ejemplares, el narrador no suele hacer una extensa caracterización moral directa, sino que tiende a aludir, mediante breves pinceladas, los rasgos más sobresalientes de la psicología de los mismos. Así de la protagonista de La muñequita se destaca mediante un epíteto cliché que era «cándida como una paloma» y que poseía una «inocencia angelical», rasgo que comparte con la protagonista de El Hechicero.
        Otro rasgo en el que suelen coincidir varias protagonistas de sus cuentos es en su independencia, que en el caso de Silveria, de El Hechicero, el narrador nos explica por extenso: 

            La madre, por dulce apatía y debilidad de carácter, le dejaba hacer cuanto se le antojaba; y el padre, que era imperioso, como idolatraba a su hija y se enorgullecía de que se le pareciese en lo resuelta y determinada y en la valerosa decisión con que ella procuraba siempre lograr su gusto y cumplir su real voluntad, lejos de refrenarla, solía, sin premeditar ni reflexionar, darle alas y aliento para todo. Así es que cuando el padre se iba, y se iba a menudo, ya de caza, ya a otras excursiones, se diría que por estimación tácita transmitía a la chica todo su imperio. Parecía, pues Silveria una pequeña reina absoluta, una emperatriz disfrazada de zagala. Por fortuna, era tan generoso y noble el temple natural de su ánimo, que ni su absolutismo menoscababa el cariño y el respeto que a su madre tenía, ni la amplia libertad de que gozaba le valía nunca para propósito que no fuese bueno


El narrador trata también de plasmar la evolución sicológica de la protagonista y no muestra, a través de una especie de ensoñación, el ingenuo intento de Silveria de comprender, desde su condición infantil, el oficio poético del joven Ricardo:
            (...) su pensamiento iba de prisa y volaba al cavilar, imaginando cosas hermosamente confusas, ya que ella no atinaba entonces a expresarlas con palabras, ni podía siquiera ordenarlas en su cabeza para percibirlas mejor. Solo vagamente discurriendo ella en cierta penumbra intelectual, notaba que las ficciones de poeta no eran mero remedo de lo que todos vemos y oímos, sino que penetraban en su honda significación, revelando no poco de lo invisible y haciendo patentes mil tesoros que esconde la Naturaleza en su seno. ¿Pero quién le daba la cifra para interpretar el sentido encubierto de lo que dicen los seres? ¿De qué habla el viento cuando susurra entre las hojas? ¿Qué murmura el arroyo? ¿Qué cuenta, qué declaran los astros cuando nos iluminan con su luz? De seguro había de haber un ángel, un duende, un genio, un espíritu familiar que nos acudiese en todo esto. Ricardo debía de estar en relación con él, había de saber evocaciones a que él obedeciese, conjuros que le sujetasen a su mandato[4].

            En esta ocasión se combina en el discurso disperso del personaje, el estilo indirecto, el directo y el indirecto libre y es que, el análisis psicológico sus personajes femeninos pretende ser profundo[5], incluso en sus cuentos, aun cuando parezca interesarse sólo por desentrañar la actitud, el comportamiento y las motivaciones de los mismos exclusivamente en el terreno amoroso. En realidad, Valera parece querer decirnos que el amor es lo fundamental en la vida y que el trance amoroso puede iluminar con claridad la verdadera dimensión de la persona[6]. Y es que, a sus sesenta años confesaba a su sobrino José Alcalá Galiano:

            (...) todavía persisto en creer que el precio más alto de la vida, su objeto, su todo, es el amor. En un abrazo de la mujer querida está el cielo. Lo demás no vale un pitoche[7].

               Por otra parte, dado que  la preocupación de Valera por la conducta de sus personajes atiende más a cuestiones de amplio interés psicológico que a inquietudes estrictamente morales, es precisamente esta motivación psicológica la que le lleva a construir sus personajes no tanto a partir de la caracterización directa ofrecida por el narrador como a través del comentario de las acciones y reacciones ––realizado por otro personaje––, así como de las palabras de los propios protagonistas, reproducidas en discursos orales o incorporadas en epístolas.
            De este modo sus personajes son más problemáticos, más complejos, de los pueden encontrarse en los cuentos de algunos autores decimonónicos como, por ejemplo, Alarcón, para quien lo importante no es tanto la psicología del personaje como su conducta: no le interesa observar los matices o la evolución interior de un personaje sino centrarse en los momentos de la transgresión, sin atender especialmente a los móviles que lo indujeron a observar el cambio de comportamiento. Por eso, a menudo, en sus relatos no tenemos otro dato de sus protagonistas que el reflejo que puede observarse en sus fisonomías.
              Silveria, por el contrario, responde al ideal que Valera busca en sus personajes femeninos y, a sus dieciséis años, cuando se reencuentra con el poeta Ricardo, es ya una muchacha que sabe lo que quiere y que tiene la fuerza de voluntad necesaria para luchar por que se cumplan sus deseos. Al contrario que Ricardo, Silveria no se encierra en su desdicha, sino que pone en juego todos sus resortes para salvarse y rescatar del ensimismamiento a su amado. Y es, lógicamente, ese arrebato avasallador, esa valentía para vencer los obstáculos, para salir del laberinto, en el que simbólicamente ha penetrado, lo que la realza ante Ricardo; por eso, es ella la que consigue hacer realidad el amor entre ambos. Silveria es, así, la fuerza arrolladora del sentimiento amoroso, pero, sobre todo, es la fuerza de la vida; y frente a las jóvenes soñadoras, Silveria es sumamente práctica, aunque no por ello insensible; en realidad puede decirse que Silveria es la mujer activa que no desdeña la contemplación.

         Otras interpretaciones sobre este personaje pueden verse en «El hechicero: una metáfora mágica de la creación poética».




    [1] Obras de Juan Valera [O. J. V], I, p. 1107.
    [2] Ídem, p. 1090.
    [3] Ídem,, p. 1096.
    [4] O. J. V., p. 1093.
    [5] Así lo han destacado varios autores, entre ellos Robert E. Lott. Cf., «Una cita de amor y dos cuentos de Juan Valera», pp. 13-20.
     [6] De la misma opinión es Bernardo Suárez, para quien lo que principalmente interesa a Valera no es el mundo exterior de los personajes, sino su intimidad, y dentro de lo psicológico, es la experiencia amorosa lo que más le preocupa y le atrae. Cf., "Examen de la cuentística de Valera", pp. 35-45. De idéntica tesis parte Carole Rupe en La dialéctica del amor en la narrativa de Juan Valera.
     [7]DeCoster, C. C., Correspondencia de don Juan Valera, p. 103.