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sábado, 2 de marzo de 2013

«El cautivo de Doña Mencía», de Valera y El Cortesano, de Castiglione


Como señalé en mi libro Juan Valera y la magia del relato decimonónicola protagonista de este cuento nos recuerda a cualquiera de los ejemplos de «dama perfecta», que contribuyeron a estimular las virtudes de los hombres[1] que estaban a su lado, y, en especial, nos trae a la memoria ––dado que al final del cuento se dice que el personaje masculino era El Gran Capitán[2]–– el caso de Isabel la Católica, de quien, por boca del Magnífico, se afirma en El Cortesano que a ella, a su virtud y a su excelentes dotes para gobernar, se debe la conquista de Granada[3]:

            Y en gran parte fue desto causa el maravilloso juicio que ella tuvo en conocer y escoger los hombres más hábiles y más cuerdos para los cargos que les daba. Y supo esta señora así bien juntar el rigor de la justicia con la blandura de la clemencia y con la liberalidad, que ningún bueno hubo en sus días que se quexase de ser poco remunerado, ni ningún malo de ser demasiadamente castigado, y desto nació tenello los pueblos en estremo acatamiento mezclado con amor y con miedo, el cual está todavía en los corazones de todos tan arraigado, que casi muestran creer que ella desde el cielo los mira (...)[4].

            Y un poco más adelante se especifica lo duradero de su aliento revelador:

            Considerará tras esto, señor Gaspar, que en nuestros tiempos todos los hombres señalados de España y famosos en cualquier cosa de honra han sido hechos por esta Reina; y el Gran Capitán Gonzalo Hernández mucho más se preciaba desto que de todas sus vitorias y ecelentes hazañas, las cuales en paz y en guerra le han hecho tan señalado, que si la fama no es muy ingrata, siempre en el mundo publicará sus loores y mostrará claramente que en nuestros días pocos reyes o señores grandes hemos visto que en grandeza de ánimo, en saber y en toda virtud, no hayan quedado baxos en comparación dél[5].        

            Las siete últimas líneas parecen demostrar que Valera en este cuento ––además de en las fuentes bibliográficas que cita directamente–– se inspiró en la lectura de El Cortesano de Castiglione, ya que éstas se recogen literalmente en el capítulo octavo del cuento[6], que funciona a modo de epílogo, y donde se nos descubre la identidad histórica del protagonista.
            También es cierto que el desenlace de la obra nos remite, por la muerte de doña Mencía, consumida por su propia pasión, a otros casos planteados en El Cortesano.



     [1] El Cortesano, p. 244 y ss.
     [2] Obras de Juan Valera, I, p. 864.
     [3]El Cortesanopp. 256-257.
     [4] Ídem.
     [5] Ibídem.
     [6] Obras de Juan Valera, I,  p. 1178.

miércoles, 27 de febrero de 2013

Juan Valera o la magia del relato decimonónico

Juan_Valera_y_la_magia_del_cuento.jpg
Tras una breve introducción donde se repasa el estado de la cuestión sobre el estudio del cuento decimonónico, las relaciones del relato corto con otros géneros literarios próximos como el cuadro de costumbres, y la novela corta, se procede a realizar un somero repaso por la historia del cuento literario, desde su origen oral, sus precedentes medievales y áureos, así como sus deudas con el cuento folclórico, y su cultivo en Andalucía.
A ello le sigue un breve perfil bio-bibliográfico, en el que se trata de profundizar en los motivos por lo que Juan Valera, poeta en su juventud termina decantándose por la narración, y escoge el cuento para desarrollar algunas de sus narraciones más singulares.
Centrada ya en el análisis de los cuentos de Valera, se comprueba que la mayoría de los cuentos responde al modelo optimista de Bremond, y se distinguen los rasgos que caracteriza a los que transcurren en un universo reconocido, de aquellos otros que tienen lugar en un universo extraordinario o fantástico.
Un rasgo que singulariza la práctica cuentística de Valera ––como consecuencia de su defensa del «arte por el arte»–– es la ausencia de elementos paratextuales que traten de sujetar la narración a fines extra-literarios. Otra característica peculiar del arte de Valera es la concepción cervantina de la narración ––desdoblamientos, humor–– desde la que se trata de proponer la lectura como un espacio de juego, presidido por la ironía, entre otros procedimientos narrativos. 
Un análisis del espacio permite comprobar que Valera tiene especial preferencia por los espacios fabulosos del antiguo Oriente, los espacios extraordinarios de sus cuentos fantásticos, y los costumbristas, aunque, en general, su configuración del espacio tiende hacia la desrealización y la utopía. Finalmente se procede a un examen de los personajes, que tienen especial importancia en la narrativa de Valera ––concebida no como reflejo de la realidad, sino como pintura de lo que esta debería ser––. Se trata de aproximar lo prosaico a lo poético, y, para ello, el autor debe huir de lo común y dar entrada a los extraordinario, lo raro, lo ideal; especialmente en el cuento, género que, por ser ––en su opinión–– más cercano a la poesía, acoge mejor incluso que la novela lo inusual, lo poético. Esa condición poética no debe proceder sólo de los elementos maravillosos o fantásticos, sino que también en los cuentos que se desarrollan en un universo ordinario, lo peregrino tiene cabida, con frecuencia, gracias al comportamiento extraordinario, poco común de sus personajes, especialmente los femeninos, seducidos por un ideal, por una ambición superior, que tratan de preservar contra todo tipo de prejuicios, de obstáculos, de normas. Sus cuentos son, pues, morales en sentido amplio, es decir, en cuanto que en ellos asistimos a los debates que tienen los personajes entre sus propias convicciones y las presiones con que los demás tratan de sojuzgarlas.

domingo, 24 de febrero de 2013

«El cautivo de Doña Mencía», de Juan Valera

          El cautivo de Doña Mencía es uno de los cuentos que escribe Juan Valera cuando, retirado de su carrera diplomática a causa su ceguera, pero con la mente muy activa, se vuelca en la creación literaria. Este cuento lo publicará en la revista La Ilustración Española y Americana, el 22 diciembre de 1897, es decir a los 73 años de edad.

El Cautivo de Doña MencíaIlustración de Amando Suárez Couto.
Museo de Pontevedra
          El relato nos cuenta que el mariscal don Diego había encomendado la custodia de un joven prisionero a su prima doña Mencía. El muchacho trata de seducir a su guardiana y ésta se siente, en un principio, tentada de corresponderle, pues ve en él la imagen de su difunto esposo. Pero la amenaza del escándalo entre los guerreros de la hueste, la probabilidad de la calumnia, y la posible pérdida de su hasta entonces inmaculada reputación, hacen que doña Mencía libere al cautivo. Las insinuaciones de su primo, que ponen su honradez en entredicho, provocan que doña Mencía, tras incitar al joven a más altas empresas, decida ingresar en un convento, donde muere cuatro años después.
           Un cuento, pues, en el que, como en otros muchos relatos, la mujer incita al hombre a elevar sus miras. A ello se refiere Margarita Almela Boix en «El cautivo de doña Mencía. El cadijeísmo o la educación sentimental del héroe», y yo misma he analizado esta idea al considerar a su protagonista en encarnación del tipo de la mujer que sacrifica su felicidad, e incluso su vida, al renunciar a su amor[1] ––de forma altruista–– para evitar convertirse para su amado en grave impedimento, en lastre, en el camino ascensional de la fama.



   [1] Actas del I Congreso Internacional sobre don Juan Valera, Cabra (Córdoba), 1997, pp. 323-334.
   [2]  Juan Valera y la magia del relato decimonónico.