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lunes, 18 de marzo de 2013

Jovellanos, «Idilio VI». A Galatea

Como indica Rogelio Reyes, siguiendo los trabajos clásicos de Joaquín Arce, en la introducción a su antología de la Poesía española del siglo XVIII (Cátedra, Madrid, 2001), «La presencia de Góngora en el siglo XVIII va más allá de la inspiración directa de sus grandes poemas líricos y se deja sentir en "géneros, metáforas, fórmulas retóricas y lexemas", que se integran en el discurso poético con una funcionalidad distinta a la que tenían en la obra del gran poeta cordobés».



          Y esto es precisamente lo que ocurre en el Idilio VI, donde Jovellanos canta la belleza que exhibe su Galatea en el momento del despertar.


Sin duda de las gracias
el coro, a tu lindeza
añade en esta hora
mil perfecciones nuevas:
brilla tu frente hermosa
con luz muy mas serena
y como al cielo el irir,
así tus negras cejas
dividen el nevado
contorno de tu esfera;
tus ojos... Musa mía,
¿cómo tu voz pudiera
los rutilantes ojos
pintar de Galatea?

¿Quién me dará que junte
del sol las luces bellas,
las sombras de la noche
y el fuego de la esfera, 
para pintar los brillos,
la gracia y la viveza
de tus divinos ojos,
oh dulce Galatea? 
Absorta el alma mía
los mira y los contempla,
sus luces la embriagan,
sus llamas la penetran.
          Para la descripción de las mejillas, los labios, la boca y el seno toma metáforas lexicalizadas de Góngora:
Veo que en tus mejillas
la rosa bermejea, 
y del clavel purpúreo
tus labios son afrenta.
Juegan sobre tu boca
las risas halagüeñas,
y en el ebúrneo pecho
la cándida azucena
derrama su blancura.
¡Ay Dios, cuántas bellezas
mis ojos inflamados
registran en tu esfera!


Claro que, al final, resuenan también los ecos de Garcilaso y su reelaboración del mito de Anajárete, entre otras muchas reminiscencias:

¡Ah, no me las ocultes,
oh cruda Galatea! 
 ¡Guarte, que no se enoje, 
si al mundo se las niegas, 
la mano bienhechora 
de la Naturaleza!
¿Criólas por ventura
para que no se vieran?
Si es ella generosa,
¿por qué eres tú avarienta?

viernes, 4 de enero de 2013

La Rima IV de Béquer y la creación poética

           Cuando se comentan las Rimas de Bécquer, suele distinguirse un primer grupo conformado por las once primeras, en las que el autor aborda el tema de la poesía, de su creación, de su origen. Efectivamente, esta rima IV es en sí misma metapoesía, pues utiliza el poema para ilustrar las diversas fuentes de poeticidad, el múltiple origen de la inspiración.

«Rima»

No digáis que, agotado su tesoro, 
de asuntos falta, enmudeció la lira; 
podrá no haber poetas; pero siempre 
habrá poesía. 
Mientras las ondas de la luz al beso 

palpiten encendidas, 

mientras el sol las desgarradas nubes 

de fuego y oro vista, 
mientras el aire en su regazo lleve 
perfumes y armonías, 
mientras haya en el mundo primavera, 
¡habrá poesía! 

Mientras la ciencia a descubrir no alcance 

las fuentes de la vida, 

y en el mar o en el cielo haya un abismo 

que al cálculo resista, 
mientras la humanidad siempre avanzando 
no sepa a dó camina, 
mientras haya un misterio para el hombre, 
¡habrá poesía! 

Mientras se sienta que se ríe el alma, 

sin que los labios rían; 

mientras se llore, sin que el llanto acuda 

a nublar la pupila; 
mientras el corazón y la cabeza 
batallando prosigan, 
mientras haya esperanzas y recuerdos, 
¡habrá poesía! 

Mientras haya unos ojos que reflejen 

los ojos que los miran, 

mientras responda el labio suspirando 

al labio que suspira, 
mientras sentirse puedan en un beso 
dos almas confundidas, 
mientras exista una mujer hermosa, 
¡habrá poesía!


          Así, la poesía aparece independiente de su creador, porque aquí no se contempla la poesía como el producto de la creación poética, sino como la fuente de la que puede manar. Bécquer quiere convencernos de que si la obra no surge no es por falta de motivos inspiradores, sino de creadores que sepan descubrirla y convertir esas posibilidades en acto, esas virtualidades en realidad, en poesía.
           El origen del posible entusiasmo creador es, como decía, múltiple y se encuentran en las maravillas de la naturaleza, en los misterios que se resisten a la razón, en la complejidad del sentimiento y en el amor y la belleza, porque aquí, como en la rima XXIV, aparece de nuevo el motivo del «beso de las almas».
          En fin, desde el punto de vista de Bécquer, el verdadero poeta es aquel capaz de descubrir a los ojos de los demás el misterio que se oculta a la mirada del resto de los hombres, aquel ser sobrehumano cuya inspiración divina le permite sacar a la luz la magia que encierra el universo. Esa es la misión semidivina del poeta, tal como se interpretaba en el Romanticismo y muy particularmente entre los románticos alemanes.