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viernes, 18 de octubre de 2013

Café, copa y puro VI. En el casino.

La cena de socios en el casino es fundamental para alcanzar a comprender la mezquindad que rodean el ambiente masculino de Vetusta, al que, en principio, parece escapar Álvaro Mesía; sin embargo, finalmente, el narrador desbarata su falso romanticismo y lo pone en evidencia, mediante una referencia plástica, tan del gusto de la novela del XIX:


            Se volvió al amor y a las mujeres, y comenzaron las confesiones, coincidiendo con el café y los licores, sacatrapos del corazón. Entre la ceniza de los cigarros, las migas de pan, las manchas de salsa y vino, rodaron el nombre y el honor de muchas señoras. «Allí se podía decir todo, estaban solos, todos eran unos». Mesía hablaba poco, era su costumbre en tales casos. Temía estas expansiones en que se toma por amigo a cualquiera y en que se dicen secretos que en vano después se querría recoger. Mientras los demás referían aventuras vulgares, sin gloria, él atento a sus pensamientos, con un codo apoyado en la mesa y la barba apoyada en la mano, fumaba un buen cigarro besando el tabaco con cariño y voluptuosa calma; los ojos animados, húmedos, llenos de reflejos de la luz y de reflejos eléctricos del vino, se fijaban en el techo. Las demás figuras de la cena eran vulgares, su embriaguez no tenía dignidad, ni gracia la libertad de sus posturas. Mesía estaba hermoso; se notaba mejor que nunca la esbeltez y armonía de sus formas de buen mozo elegante; en su rostro correcto los vapores de la gula no imprimían groseras tintas, sino cierta espiritualidad entre melancólica y lasciva; se veía al hombre del vicio, pero sacerdote, no víctima: dominaba él a su borrachera, morigerada, señoril, discreta. Don Álvaro, a solas entre aquellos pobres diablos, soñaba despierto, enternecido. En aquellos momentos se creía enamorado de veras, y se creía y se sentía de veras interesante. Aunque él era sensualista ¡qué diablo! la sensualidad, pensaba, también tiene su romanticismo. El claire de lune es claire de lune aunque la luna sea un cacho de hierro viejo, una herradura de algún caballo del sol.
Y pasaban por su memoria y por su imaginación recuerdos de noches de amor, no todas claras ni todas poéticas, pero muchas, muchas noches de amor. Y sintió comezón de hablar, de contar sus hazañas. Este prurito era nuevo en él; no lo había sentido hasta que la Regenta le había humillado con su resistencia.
La última cena. Leonardo Da Vinci


Dos o tres veces intervino en la algazara para dar su dictamen tan lleno de experiencia en asuntos amorosos. Y todos se volvieron a él, y callaron los demás para oírle. Entonces habló, sin poder remediarlo, para satisfacer secreto impulso de rehabilitarse con su historia. Habló el maestro. Quitó el codo de la mesa y apoyó en ella los dos brazos cruzando las manos, entre cuyos dedos oprimía el cigarro, cargado con una pulgada de ceniza; inclinó un poco la cabeza, con cierto misticismo báquico, y con los ojos levantados a la luz de la araña, con palabra suave, tibia, lenta, comenzó la confesión que oían sus amigos con silencio de iglesia. Los que estaban lejos se incorporaban para escuchar, apoyándose en la mesa o en el hombro del más cercano. Recordaba el cuadro, por modo miserable, la Cena de Leonardo de Vinci.

jueves, 10 de octubre de 2013

Café, copa y puro V.

          Una de las escenas en que el café y la copa cobran especial protagonismo es en la cena que tiene lugar durante el baile del lunes de Carnaval en el Casino:
 

Joaquín Orgaz había prometido cantar por lo flamenco a los postres.
La cena era breve pero buena, platos fuertes, buen Burdeos, buena champaña; en fin, como decía el Marqués, primero mar y pimienta, después fantasía y alcohol.
Todos, las baronesas inclusive, se reían de los plebeyos que allá fuera seguían bailando y tenían que contentarse   con los helados que se servían sobre las mesas de billar.
           El ruido, las luces, la algazara, la comida excitante, el vino, el café... el ambiente, todo contribuía a embotar la voluntad, a despertar la pereza y los instintos de voluptuosidad... Ana se creía próxima a una asfixia moral... Encontraba a su pesar una delicia intensa en todos aquellos vulgares placeres, en aquella seducción de una cena en un baile, que para los demás era ya goce gastado... Sentía ella más que todos juntos los efectos de aquella atmósfera envenenada de lascivia romántica y señoril, y ella era la que tenía allí que luchar contra la tentación. Había en todos sus sentidos la irritabilidad y la delicadeza de la piel nueva para el tacto. Todo le llegaba a las entrañas, todo era nuevo para ella. En el bouquet del vino, en el sabor del queso Gruyer, y en las chispas de la champaña, en el reflejo de unos ojos, hasta en el contraste del pelo negro de Ronzal y su frente pálida    y morena... en todo encontraba Anita aquella noche belleza, misterioso atractivo, un valor íntimo, una expresión amorosa...
            Todo esto pasó por el cerebro de la Regenta mientras Mesía, sin ocultar la emoción que le ponía pálido, se inclinaba con gracia, y alargaba tímidamente una mano.  
            Antes que ella quisiera, Ana sintió sus dedos entre los del enemigo tentador... debajo de la piel fina del guante la sensación fue más suave, más corrosiva. Ana la sintió llegar como una corriente fría y vibrante a sus entrañas, más abajo del pecho. Le zumbaron los oídos, el baile se transformó de repente para ella en una fiesta nueva, desconocida, de irresistible belleza, de diabólica seducción. Temió perder el sentido... y sin saber cómo, se vio colgada de un brazo de Mesía...


Esa embriaguez de los sentidos favorecida por la atmósfera carnavalesca resulta muy propicia para la exaltación de los sentidos y particularmente para dejarse llevar por la sensualidad y olvidar los prejuicios de la religión y la moral. Mesía no va a desaprovechar la oportunidad que le ofrece el ritual profano, aunque aún no podrá llegar a dar rienda suelta a sus apetitos sexuales. En todo caso, la Regenta, después de esta ocasión estará más abierta al deseo.



lunes, 7 de octubre de 2013

Café, copa y puro IV


           Aunque las estaciones parecen sucederse lentamente en La Regenta, el tiempo del relato lo hace al ritmo de los acontecimientos más emotivos y relavantes para los personajes y para los lectores, que no dejan de reconocer los hitos históricos de la España Reciente. Así sucede cuando el narrador nos introduce en el café de la Paz, hacia 1868, es decir, en los años de la conocida revolución Septembrina o la Gloriosa:

[...] don Pompeyo se borró de la lista del Casino.
Perdió aquel refugio de sus horas desocupadas que eran muchas, y anduvo como alma en pena vagando de café en café hasta que al cabo de algunos años tropezó con don Santos Barinaga en el Restaurant y café de la Paz, donde todas las noches el enemigo implacable del Magistral se preparaba a mal morir bebiendo un cognac con honores de espíritu de vino.
Poco trabajo le costó a Guimarán hacer un prosélito de don Santos. De día en día y de copa en copa avanzaba la impiedad en aquel espíritu; y llegó a creer que Jesucristo no era más que una constelación; disparate que había leído don Pompeyo en un libro viejo que compró en la feria. 
           El café de la Paz era grande, frío; el gas amarillento y escaso parecía llenar de humo la atmósfera cargada con el de los cigarros y las cocinas; a la hora en que los dos amigos conferenciaban estaba desierto el salón; los mozos, de chaqueta negra y mandil blanco, dormitaban por los rincones. Un gato pardo iba y venía del mostrador a la mesa de don Santos, se le quedaba mirando largo rato, pero convencido de que no decía más que disparates, bostezaba, y daba media vuelta.
           En tanto, en el café de la Paz había ya público para oír a don Pompeyo y a don Santos maldecir de las religiones positivas y especialmente del señor Vicario general, como llamaba siempre a De Pas el señor Guimarán. Entre el pueblo bajo corría la historia de las aras, de la ruina de don Santos, de los millones del Magistral depositados en el Banco; con tal motivo algunos obreros de la Fábrica vieja hablaban de ahorcar al clero en masa. A esto lo llamaban cortar por lo sano.   Los trabajadores carlistas dudaban; tenía entre ellos amigos el Magistral, pero si le respetaban por sacerdote, le temían por rico... y sospechaban algo. De lo que no hablaba la multitud era del asunto de las faldas. Allá cuando la Revolución, se había dicho si tenía o no tenía don Fermín aventuras en los barrios bajos; pero ya nadie se acordaba por allí de tales cuentos. Los obreros que entonces llevaban la voz en la propaganda revolucionaria habían muerto, o habían envejecido, o se habían dispersado, o estaban desengañados de la idea; la generación nueva no era clerófoba más que a ratos; era amiga de la taberna, no del club. Se hablaba sólo de revolución social; y ya se decía que los curas no son ni más ni menos malos que los demás burgueses. Malo era el fanatismo, pero el capital era peor. No había en los barrios bajos un elemento de activa propaganda contra las sotanas. El Magistral era allí más despreciado que aborrecido. Pero el escándalo de don Santos el de los Cristos, como le llamaban; dos o tres rasgos de despotismo en la curia eclesiástica, el dineral que costaba casarse -como si antes no costara lo mismo- y las acciones del Banco, volvieron a encender los odios, y esta vez se habló de colgar al Provisor y demás clerigalla.

martes, 10 de septiembre de 2013

Café, copa y puro. La sobremesa (III)

Como lo prometido es deuda, aquí van algunas citas inteesantes de La Regenta. bastante significativas sobre las circunstancias en las que se degustaba el café la copa y el puro. Se trata de escenas diferentes en lugares igualmente distintos, el hogar paterno, el gabinete de un casino y el salón de la residencia de los esposos. Muy elocuente también el diferente estado emocional de Anita:

Cap. IV.

Una tarde de otoño, después de admitir una copa de cumín que su padre quiso que bebiera detrás del café, Anita salió sola, con el proyecto de empezar a escribir un libro, allá arriba, en la hondonada de los pinos que ella conocía bien; era una obra que días antes había imaginado, una colección de poesías «A la Virgen».

Cap. VI:

Eran las tres y media de la tarde. Llovía. En la sala contigua al gabinete viejo estaban los socios de costumbre, los que no jugaban a nada y los seis que jugaban al ajedrez. Estos habían colocado el respectivo tablero junto a un balcón, para tener más luz. En el fondo de la sala parecía que iba a anochecer. Sobre una mesa de mármol brillaba entre humo espeso de tabaco, como una estrella detrás de niebla, la llama de una bujía que servía para dar lumbre a los cigarros. Ocultos en la sombra de un rincón, alrededor de aquella mesa, arrellanados en un diván unos, otros en mecedoras de paja, estaban media docena de socios fundadores, que de tiempo inmemorial acudían a las tres en punto a tomar café y copa. Hablaban poco. Ninguno se permitía jamás aventurar un aserto que no pudiera ser admitido por unanimidad. Allí se juzgaba a los hombres y los sucesos del día, pero sin apasionamiento; se condenaba, sin ofenderle, a todo innovador, al que había hecho algo que saliese de lo ordinario. Se elogiaba, sin gran entusiasmo, a los ciudadanos que sabían ser comedidos, corteses e incapaces de exagerar  cosa alguna. Antes mentir que exagerar.

 Cap. XVI


Estaba Ana sola en el comedor. Sobre la mesa quedaban la cafetera de estaño, la taza y la copa en que había tomado café y anís don Víctor, que ya estaba en el Casino jugando al ajedrez. Sobre el platillo de la taza yacía medio puro apagado, cuya ceniza formaba repugnante amasijo impregnado del café frío derramado. Todo esto miraba la Regenta con pena, como si fuesen ruinas de un mundo. La insignificancia de aquellos objetos que contemplaba le partía el alma; se le figuraba que eran símbolo del universo, que era así, ceniza, frialdad, un cigarro abandonado a la mitad por el hastío del fumador. Además, pensaba en el marido incapaz de fumar un puro entero y de querer por entero a una mujer. Ella era también como aquel cigarro, una cosa que no había servido para uno y que ya no podía servir para otro.

miércoles, 3 de julio de 2013

Café, copa y puro. La sobremesa (II)

El valenciano Joan Timoneda publicó en su tierra El sobremesa y alivio de caminantes en 1569. Se trata de una colección de la que existe edición digital de Alberto Vidal Crespo, realizada a partir de un ejemplar de la Biblioteca Nacional, en la que se contienen «affables y graciosos dichos, cuentos heroycos y de mucha sentencia y doctrina. Agora de nuevo añadido por el mismo autor, assí en los cuentos como en las memorias de España y Valencia», y es que Timoneda  había incluido en un solo volumen la mencionada Memoria Hispanea junto con el Sobremesa y alivio de caminantes, la Memoria Valentina y la Memoria poética, obras todas su inventiva, como recoge la edición de Mª José García Folgado.
          Desgraciadamente, Timoneda no explica el título de la obra, sino que se limita a repetir en los preliminares de la primera parte que «se contienenen muy apazibles y graciosos cuentos, y dichos muy facetos», para dar principio inmediatamente al que comienza «Un tamborinero tenía una mujer tan contraria a su opinión que nunca cosa que le rogara podía acabar con ella que la hiziesse». En los preliminares de la segunda advertía «Segunda parte del Sobremesa y Alivio de caminantes, en el qual se contienen elegantíssimos dichos y sabias respuestas, y exemplos agudíssimos para saberlos contar en esta humana vía» y daba comienzo al cuento I «Haziendo un capitán cierta compañía de soldados, vino a recoger tantos que, haciendo resseña de todos, despidió muchos». Ya se ve que la crisis no es algo nuevo, aunque esto no nos pueda consolar.
          Volviendo al título de la obra de Timoneda, es evidente que su colección de cuentecillos jocosos, como solía denominarlos Chevalier, estaba destinada a entretener la conversación y distraer las penas del camino, fuera este real o vital, pero lo cierto es que no sabemos si este uso de la palabra sobremesa estaba reducido al ámbito valenciano. Lo que sí podemos comprobar es que Timoneda facilitaba la transmisión oral de estos cuentos, que, procedieran o no de la cultura popular pasaban así a la cultura letrada, erudita o no, y fijaba una tradición literaria de los mismos.
          Este tipo de colección, aunque de carácter narrativo, difería notablemente de la que había dado a la luz algunos años antes el mismo Timoneda en El Patrañuelo, impresa también en Valencia por Joan Mey en 1567. Efectivamente, como aseguraba en la «Epístola al amantísimo lector», «Patrañuelo deriva de patraña, y patraña no es otra cosa sino una fingida traza, tan lindamente amplificada y compuesta, que parece que trae alguna apariencia de verdad. Y así, semejantes marañas las intitula mi lengua natural valenciana rondalles, y la toscana novelas», de modo que las que siguen a continuación son narraciones de mayor extensión, algunas de ellas procedentes del italiano Mateo Bandello.
En todo caso, es cierto que, también María de Zayas en su Desengaños amorosos. Parte segunda del Sarao y Entretenimiento honesto incluye también una alusión:

«Acabóse la comida, y Roseleta se retiró, rabiando de cólera, y don Pedro y su amigo se salieron a pasear, don Juan bien contento por haber declarado su amor a la dama. Muchos días pasaron que no pudo don Juan tornar a decir más palabras a la dama, porque ella se recataba tanto y huía de no darle más atrevimiento, que ya le pesaba de haberle tenido, por no perder su vista; porque Roseleta, muchas veces, por no salir a comer con don Juan, fingía repentinos accidentes, y otras que no lo podía excusar, no alzaba los ojos a mirarle. Y un día que ya todos tres habían acabado de comer y estaban sobre mesa platicando, no habiendo podido Roseleta excusar el no hallarse presente, don Pedro preguntó a don Juan cómo le iba con los amores de Angeliana».(REAL ACADEMIA ESPAÑOLA: Banco de datos (CORDE) [en línea]. Corpus diacrónico del español. [3-07-2013]) 

El uso del cuento y del dicho facetoso para amenizar la conversación lo recoge Castiglione en su obre El Cortesano y de él pasará a otros autores del teatro renacentista y del Siglo de Oro español, así como a la narrativa de Juan Valera, de la que he hablado en otra ocasión. Este uso conversacional se mantiene en las tertulias del XVIII y eso justifica que el cuento en el XVIII pueda seguir vivo en colecciones de narrativa breve, como he anotado en mi Antología del cuento del siglo XVIII. Entre estas, resulta oportuno recordar para esta ocasión los dos volúmentes de El café (1792, 94), de Alejandro Moya, que reúne en torno a varias mesas la conversación mantenida entre varios personajes,salpicada de chistes, anécdotas, aventuras, e incluso la narración de novelas.
La comedia nueva o el café. Edición ilustrada 1825.
Por otra parte, El café como espacio de sociabilidad había sido el lugar elegido para una comedia de Moratín, La comedia nueva o el café, un sainete de Juan Ignacio González del Castillo, El café de Cádiz, así como uno de los lugares favoritos de las obras que recrean la sociabilidad política del Cádiz de las Cortes, como he comentado en otro lugar. Sería interminable recorrer las novelas que eligen el café para situar algunas de sus escenas fundamentales, pero creo que resulta muy interesante asomarse al mundo recreado por una de las más importantes novelas del XIX, La Regenta, de lo que me ocuparé en la entrada siguiente.

martes, 2 de julio de 2013

Café, copa y puro. La sobremesa (I)

          Resulta curioso, como siempre, comprobar los usos que recoge el Diccionario de la Real Academia para determinadas palabras. Así, por ejemplo, para sobremesa, en el de 1739, solo se recogía el significado de lo que hoy denominaríamos mantel o tapete: «La cubierta qe se pone encima de la mesa por decencia, limpieza y comodidad», además de la locución «De sobremesa» con el sentido de «inmediatamente a haber comido». No es hasta 1803 que se recoge una segunda acepción, donde se indica que significa lo mismo que sobrecomida o postre, palabra esta de sobrecomida que por primera vez se incorpora al diccionario. Claro que hay que tener en cuenta que «postre» tiene al principio el sentido de «postrero». El diccionirio recoge el uso de hora «postrera» y el sentido de «lo que es último en orden», quedando la alusión a «las frutas dulces y otras  cosas que se sirven al fin de las comidas o banquetes», recogido únicamente en el uso del plural, postres, por el diccionario de 1780.
 
Courbet, Sobremesa en Ornans
        

 Para el diccionario de 1884, «De sobremesa» significa ya «Inmediatamente después de haber acabado de comer y sin levantarse de la mesa» y no es hasta 1899 que la RAE incorpora el uso de sobremesa como «Tiempo que se está a la mesa después de haber comido». Alguna sobremesa tendrían los señores académicos que los iluminaría sobre esta sabrosa acepción.

        



Ramón Casas
  ¿Quiere decir esto que antes no se usaba esta palabra?, ¿que no existía esta costumbre de compartir un rato de ocio, de conversación, inmeditamente después de haber comido? De esto y algo más hablaré mañana en la mesa redonda que tendrá lugar en el curso de verano que lleva por título el de esta entrada. Bien acompañada, eso sí, de dos buenos amigos y contertulios, Jesús Maeso de la Torre y José Manuel Rodríguez Gordillo.