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Mostrando entradas con la etiqueta Don Quijote. Mostrar todas las entradas
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martes, 28 de enero de 2014

Sobre Blogs, literatura y otros cuentos.

      Este será el tema de mi intervención en el curso «Literatura española actual, nuevas tecnologías y medios de comunicación», que coordina mi compañera Isabel Morales Sánchez, y en los que ya han intervenido, además de la coordinadora, José Jurado Morales, Jesús Maeso de la Torre, autor de En una tierra libre, Félix Remírez, Javier de Cos y lo hará José Antonio Cordón. Este año 2022-23 nos acompañan otros participantes.
      Lógicamente, como saben los lectores de estas páginas, me centraré en el cuento o relato breve, género al que he dedicado varios años de investigación y no pocas publicaciones.



        El esquema de estas dos jornadas será el siguiente:
1. ¿Por qué un blog?  Sus posibilidades en la docencia, la investigación y la innovación.
Explicaré qué me llevó a abrir un blog. Mi experiencia en las Enseñanzas Medias y el uso del blog en Secundaria tanto como en el Bachillerato, así como la aplicación que estoy realizando en mis asignaturas de Licenciatura, Grado y Máster. Comentaremos aquí una entrada del blog de Vicente Luis Mora.
       Las posibilidades que se abren para la Innovación docente y la utilización como herramienta para la Transferencia de la investigación.
2. Escribir ––aunque sea un blog–– es contar. Examinaremos las relaciones del blog con los diarios y dietarios, o los cuadernos de bitácora y el uso que hacen en este sentido algunos escritores y las prácticas de editoriales y aficionados al género. Recordaremos el significado de «contar» en relación con el género «cuento» y analizaremos un cuento del Quijote.
3. Trasteando con el cuento. Desde 2011 ––y algo antes––. Explicaré mi experiencia bloguera en este blog literario, particularmente la que tiene que ver con el cuento y comentaremos algunos cuentos literarios que aquí se recogen desde el siglo XVIII a la actualidad. Entre estos últimos estaran algunos de Ana Rossetti, Jesús Maeso, Félix Remírez y Santiago Roncagliolo.

martes, 23 de abril de 2013

El beso inocente en «El caballero del azor», de Juan Valera



En El caballero del azor, el joven Plácido, expósito recogido por doña Aldonza, se ha enamorado de la hija de ésta, Elvira. No obstante, el padre de la muchacha, don Fruela, se opone a estos amores por los oscuros orígenes del pretendiente. Plácido es conminado a alejarse y así lo hace; pero un día a la edad de catorce años los jóvenes se encuentran en el bosque lo que podría haber dado lugar a una reunión gozosa termina en nueva y dolorosa separación. Así lo cuenta el narrador, que se despega en esta ocasión de las crónicas y romances que dicen servirle de fuentes:

 En un día en que salieron de caza con don Fruela, el caballo de Elvira corrió desbocado y fue a perderse en la espesura de un bosque. Plácido la siguió para salvarla y acertó a llegar cuando el caballo que ella montaba tropezó y cayó, derribándola por el suelo. Elvira, por fortuna, no se hizo el menor daño. Plácido se apeó con ligereza, acudió en su auxilio y la levantó en sus brazos. Instintivamente, sin saber qué hacían, cediendo ambos a un impulso irreflexivo, tal vez movidos por los invisibles genios y espíritus de la selva, acercaron sus rostros y se dieron un beso. Plácido se creyó por breves instantes transportado al paraíso; pero la realidad más cruel hubo de mostrarle enseguida que estaba en la dura y áspera tierra. 
Plácido se ve obligado a huir, no sin prometer vengar la afrenta. El joven se refugia en una abadía, donde permanece seis años hasta que un joven lo provoca y, tras el altercado, es expulsado de la misma. El abad, no obstante, entrega a Plácido armas y dinero, tras lo cual el muchacho decide volver a vengar la afrenta de don Fruela.            

            Cuando Plácido llega al castillo, se encuentra con una circunstancia imprevista que va a favorecer su suerte amorosa: don Fruela ha sido acusado de traición y nadie ha querido defenderlo. El joven, protegido ahora con un escudo que para él han dejado doña Aldonza y su hija, reta a los acusadores de don Fruela. Al combate asisten el rey y su hermana doña Jimena, que al ver el escudo lo reconoce como el hijo que le había sido robado, precisamente, por el acusador de don Fruela. Conocida la alevosía, el criminal don Raimundo es ajusticiado. Castigado el daño, y restaurado su honor, el joven Plácido, reconocido[1] como Bernardo del Carpio[2], se casa con su amada Elvira. 
              Es posible, según indica Margarita Almela, que la anécdota central esté inspirada en el Quijote, pues en la obra cervantina se menciona en dos ocasiones la muerte por estrangulamiento de Roldán a manos de Bernardo el Carpio[3], motivo que se descubre al final del relato cuando se revela que Roldán había sido el joven novicio que lo había provocado en el monasterio, dando lugar a su expulsión de la abadía.
                El final feliz se alcanza no solo con la recuperación de la identidad perdida, sino con la boda de los jóvenes,  y la muerte del provocador Roldán a manos del joven héroe.



    [1] Para facilitar el desenlace feliz, el narrador recurre aquí, al igual que en La buena fama, al procedimiento de la anagnórisis.

     [2] Obras de  Juan Valera, I, pp. 1145-1149.
     [3] Margarita Almela Boix, La cultura como principio organizador del realismo de la narrativa de Don Juan Valera, pp. 161-167.  

sábado, 8 de diciembre de 2012

El «Quijote» y el «quijotismo» en la prensa del Setencientos. «El Censor»

          Dado que la lectura del Quijote satírica fue la que predominó en el Setecientos, no es extraño que se utilizara no ya esta obra como modelo narrativo, que también lo fue en España y en el resto de Europa, sino a su protagonista y visión del mundo como modelo de «desfacedor de entuertos», como muy bien ha estudiado nuestro flamante doctor Cuevas. 
          En un siglo de crisis -del verbo κρισις (krisis) y este del verbo κρινειν (krinein), que significa «separar»,  «cribar»,  «discernir» o «enjuiciar»- es facil entender que en este intento de decidir qué era lo que podía sostenerse como verdadero a la luz de la razón y de la experiencia, Cervantes se convirtiera -y con él su personaje- en un referente para esa revisión crítica de todo el conocimiento heredado.
          En la misma medida puede entenderse que el periodismo del siglo XVIII, tan atento ya en estos años a la moral -esto eso a las «mores», costumbres- de su época, no perdiera oportunidad para enjuiciar la conducta de su sociedad, el comportamiento social, los hábitos de sus paisanos y, en este sentido, es en el que hay que entender el fundamento y el propósito de uno de los periódicos más importantes de esta centuria, El Censor, en cuyo primer discurso, que sirve de prospecto, el periodista, al explicar el sentido de la máscara tras la que se esconde, justifica el tono y el objeto de su visión crítica:

            «Algo más que mi semblante me parece digno de la curiosidad del público mi carader, que no dexa de ser bastantemente extraño. Por otra parte, siendo una de las cosas que me propongo en esta obra representar los de otros, que me parezcan particulares, es muy justo que empiece por el mío, y que su descripción aparezca a la frente de todos ellos. Asi procuraré trazar mi retrato moral en el presente discurso, que informando al mismo tiempo a mis Lectores de los motivos que me han empeñado en ser Escritor público, podrá servir de prologo a los que se sigan. Consiste principalmente la estrañeza de mi carafter en una razón tan sumamente delicada, que nada apenas de quanto se la presenta merece su aprocion, y en un genio tan en extremo vivo y arisco que nada puede sufrir que no la logre, y que en las cosas que debieran serle mas indiferentes se interesa con la mayor viveza. Uno y otro se descubrió en mí desde muy niño».
          No obstante, será en el nº 68, cuando se presente a sí mismo como un nuevo Don Quijote, enajenado por descubri todo tipo de errores:

           «Sí, Señores, el Censor es, y lo tiene a mucha honra, mui semejante a un Don Quijote del mundo filosófico, que corre por todos sus países en demanda de las aventuras, procurando desfacer errores de todo género, y enderezar tuertos y sinrazones de toda especie, pertenezcan unos y otros a la materia que pertenecieren. He aqui su manía. Intento verdaderamente loco; ya por la cortedad de sus fuerzas, ya por la debilidad de sus armas. Razoncitas, discursitos que cuando mas llenan un pliego y alguna satirilla tan débil como una caña, miren qué baterías de cañones o qué buenos doblones de a ocho, para que hubiesen de convencer o persuadir a nadie en el mundo».
           Así lo hará y a cambio, como preveía, el periódico recibirá numerosos ataques hasta el punto de que varios números serían denunciados a la censura y se produciría tal campaña en su contra que finalmente el gobierno decidiría pagar una pensión a su autor para que dejara de escribir. Pero eso es ya otra triste historia.
          En todo caso, su sátira no resultó vana y su ejemplo cundió. Con mayor o menor fortuna, otros periódicos -entre ellos uno gaditano, El Argonauta Español- volverían a traer a sus páginas al personaje del Quijote y su afán crítico contra errores e injusticias. Un modelo, que, por cierto, no acabó en el Setecientos y que, como bien estudia un doctor en ciernes ha dado numerosos ejemplos en los periódicos y, particularmente, los folletos ensoñadores de los años de las Cortes y la Guerra de la Independencia.



 

jueves, 24 de noviembre de 2011

El «Quijote» en los pliegos de cordel. La «Tertulia de la aldea» (1768-71, 1782)

La Tertulia de la aldea es una miscelánea que incluye esencialmente material narrativo, y que como señala en su título, reproduce un marco coloquial, recurriendo al artificio de reunir en torno a la cocina de una casa de la vecindad, la de Antón Terrones, a una serie de narradores que puntualmente contribuyen con un cuento o una historia al desarrollo de dicha tertulia. Llegará la fama de la reunión hasta tal punto que el cura, el médico y el barbero que habían asistido la primera noche, «quedaron tan pagados de los sucesos, aventuras y chistes, que desde luego se constituyeron tertulios y cofrades de aquella junta, prometiéndose, a traer su caso de cuento, suceso o aventura a la asamblea como uno de tantos» 

 Los miembros que frecuentan la reunión además de los citados, son un hidalgo y un escribano que completan la representación de la sociedad rural. Eso explica que los contertulios disfruten particularmente con los cuentos jocosos, tal como se encarga de subrayar el narrador:

«Muy gustosos  habían quedado de la noche antecedente los señores tertulios; y picados los nuevamente nombrados del chiste, y gracejo precedente, venían muy bien pertrechados con suceso [sic], aventuras y cuentos, el señor Cura, el hidalgo Benavides, y el tío Agustín Redondo; porque ya entre los mantenedores de la asamblea había entrado un género de emulación, que todos se esmeraban en leer, y estudiar en sus mamotretos con una sana competencia, sobre cual a cual se habían de exceder en lo singular de los sucesos, y especial y chistoso de los cuentos» (Tertulia de la aldea, Pasatiempo XI).
Lo más curioso de esta obra, cuyo título completo es Tertulia de la aldea, y miscelánea curiosa de sucesos notables, aventuras divertidas y chistes graciosos, para entretenerse las noches de invierno y del verano, es que en ella se compendian algunos episodios del Quijote, algunas de las Novelas ejemplares de Cervantes, así como historias variadas -raras, ejemplares, horribles, de santos, y otras, en la misma línea que Hilario Santos Alonso había ofrecido en otra obra anterior[1]-, junto con los cuentos jocosos a que me he referido antes, como él mismo señala:


«Lector mío, habiendo concluido con las Historias Sagradas y Políticas, y deseando tu diversión honesta, cristiana y divertida, he determinado ahora darte una Miscelánea curiosa de Sucesos, Aventuras, y Christes [sic] graciosos, en que puedas ejercer el tiempo desocupado, y divertir a tus amigos en las conversaciones y Tertulias; que por eso te intitulo dichas Misceláneas con el sobrenombre de Tertulia de la Aldea. En ellas, encontrarás algunas moralidades muy provechosas para el alma, que aunque graciosas y divertidas, no carecen del fruto debido. Daránse periódicamente, como se han dado las Historias, y al precio de un real en cuatro pliegos, en la misma imprenta de Don Manuel Martín»[1].




El éxito de esta obra fue tal que, tras la edición de 1768, volvió a imprimirse en la década de los ochenta y, en esta ocasión, figura como autor José Manuel Martín, y la imprenta de Manuel Martín[2].


[1] Cf., Marieta Cantos Casenave, Antología del cuento español del siglo XVIII, Cátedra, Madrid, 1995.
 

[2] Cf., Colección de varias historias, así sagradas como profanas, de los más celebres héroes del mundo y sucesos memorables del orbe, Madrid, Manuel Martín, 1767-1768, 2 vols.











martes, 22 de noviembre de 2011

El «Quijote» y «quijotismo» en la prensa del Setecientos (I). El Amigo del Público

Como señala Aguilar Piñal, el siglo XVIII es el gran siglo del Quijote y, aunque popularmente se entiende como un libro básicamente cómico, además de su estima como obra paródica, de su carácter de como sátira de los libros de caballería, también suele apreciarse la novela cervantina como utopía social. Don Quijote como vengador los abusos cometidos contra los más débiles.

El abogado Juan Antonio Aragonés, en el «Discurso Tercero» de su periódico El Amigo del Público (1763) se distancia de la lucha que mantiene muchos eruditos y críticos contra el teatro que más gozaba del favor popular y así denuncia:  

«A este Cavallero andante [Don Quijote] estan empeñados muchos en imitarle à pie quieto, pues veo, que se las tienen tiessas con los muertos, riñen à cuerpo descubierto con las Comedias, y luchas acerrrimmamente desde su quarto con los Toros; y no se passarà mucho, sin que peguen tambien con los Tyteres, pues han dado en la quimera, que nos han de privar en un todo nuestras diversiones, sin hacerse cargo, que un Pueblo Apoderado de la ociosidad, puede con su cavilacion ocasionar gravissimos disturvios, y causar los daños, que se han experimentado varias veces: no se puede negar, sin dexarse llevar de la passion, que nuestras Comedias tienen sus defectos; pero tambien debemos confessar, que con ellos se consigue el un fin de los dos, para que se establecieron.»

lunes, 21 de noviembre de 2011

Cervantes y el cuento de tradición oral

          Como recogen varios estudiosos, el término cuento procede del latino computum (cómputo, cálculo). Del sentido primitivo de enumerar objetos se pasó al de enumerar hechos. 
         Contar, en el sentido de «narrar», «relatar» es  frecuente en los textos castellanos más antiguos. Se documenta en el Poema de mío Cid, el Sendebar, los Milagros de Berceo. En el Quijote (I, XX) aparece con ambas significaciones en el famoso cuentecillo de las trescientas cabras que un pescador debía cruzar al otro lado del río Guadiana. Pero la voz cuento no aparece, encontramos los términos fábula, fabla, fabliella, ensiemplo, apólogo (fábula), proverbio, castigo (ejemplo, advertencia, enseñanza), estoria, etc; éste último con el sentido de invención, frente a la narración tradicional (Juan Paredes Núñez, Mª Jesús Lacarra).
          De que Cervantes era gran conocedor de los cuentos populares que circulaban en su tiempo, no hay la menor duda. Como señala Rodríguez Almodóvar, «Muchas veces son cuentecillos de los de andar por casa, como el que Sancho le cuenta a su amo en el capítulo XX, para consolarle de no poder emprender de noche una nueva aventura, dado que Rocinante se niega a caminar (en realidad, lo que ocurre es que Sancho lo ha amarrado con el cabestro de su asno). Se trata del cuento de pega, o de nunca acabar, de aquel cabrero que concertó con un barquero portugués que le pasara al otro lado de un río las trescientas cabras que llevaba, y cómo cada peripecia acaecida en el traslado suponía el paso de una de ellas, hasta hacer interminable el recuento y, por ende, el cuento, para desesperación de don Quijote».
           Un cuento de tradición oral, pues, que se relaciona con el mundo infantil, y que tiene como función entretener, distraer, a los niños. Este cuento cumple la misma función en el Quijote, Sancho, que tiene una gran experiencia como narrador, trata de entretener a Don Quijote que no puede conciliar el sueño —precisamente lo que debe hacer Don Quijote es contar cabras, como otros cuentan ovejas para dormir—, al tiempo que el propio Sancho se distrae y conjura así su miedo.