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martes, 4 de diciembre de 2012

«Prosigue la Historia de la Princesa de Tesis» (II)

           Prosigue la «Historia de la Princesa de Tesis» de la entrada anterior:



—Yo te amo, Señor, a ti; yo aborrezco al  rey, y yo en Nanquin lo puedo todo. Si tú eres hombre de resolución me es fácil ponerte sobre el trono; me encargo yo misma de dar veneno a Fanfur, y solo espero tu aprobación para ejecutar este proyecto.

XLIV QUARTO DE HORA.

          Un discurso semejante hizo temblar a la princesa de Tesis [1] : retiróse hacia atrás con una sorpresa extraordinaria:  —¡Oh cielos!, señora —dijo a Kamcém—, ¿un designio tan torpe puede entrar en vuestro espíritu? Y me tenéis a mí por digno de tener parte en ello. Conoced mejor al príncipe Soufél. No nací yo para acciones tan grandes; y si fuera capaz de concurrir a una empresa tan execrable, sabed que no aceptaría el trono sino para daros el merecido castigo de un delito, cuya proposición sola  me causa horror.          
           La reina de Nanquin al punto conoció toda su imprudencia. El amor se apagó en su corazón, por hacer lugar a la rabia y a la venganza; pero disimulando su sentimiento:  —Señor —replicó—, olvida uno con facilidad su deber cuando ama: no culpéis sino a vos mismo del extraño proyecto que había formado para probaros hasta donde llega el exceso de mi pasión. Creí que era demasiado poco ofreceros mi persona sola, y que un trono os podría deslumbrar. De cualquiera manera que se alcance es bueno reinar, y no podía yo poneros la corona sobre la cabeza, sino por la muerte de mi esposo; pero ya que desaprobáis mi propuesta, sed a lo menos reconocido a la buena voluntad que una mujer de mi distinción quiere con gusto teneros, y pensad que no se le puede pagar la exclusiva que por la efusión de su sangre.
         La princesa de Tesis, alterada -o ultrajada–, de la desvergüenza de Kamcém, mostraba en su rostro la indignación que había concebido del caso, a tiempo, que el rey de Nanquin entró en el aposento, de la reina. Su arribo impensado desconcertó a Kamcém. Ella quedó tan pasmada,  y la princesa de Tesis tan conmovida, que este monarca no supo qué pronosticar de aquella sorpresa:
          —¿Qué has hecho pues, señora —la dice— a la reina, que leo en vuestro semblante, y en el del príncipe Soufél, que mi presencia os enfada?  —No, señor —interrumpió prontamente Kamcém— tomando su partido, sin detención. Si me veis aturdida, es de lo que este joven héroe acaba de proponerme. Él ha venido —continuó ella— a echarse a mis pies, para obtener de vos el permiso de ir a combatir al centauro azul, que debe parecer después de mañana a las puertas de esta villa, y, quiere perder la cabeza, si no le conduce vivo a vuestras cárceles.
          La princesa de Tesis, a quien el principio del discurso de la reina había hecho temblar, le quitó entonces la palabra; y aunque ignoraba qué cosa era el centauro azul:  —Señor —dijo a Fanfur—, no he de desdecir a la reina, y os suplico con  instancias no os opongáis al designio que he concebido de libraros de este monstruo. El rey, atónito del valor de Soufél, al principio se opuso a su resolución.  —Yo admiro —le dijo— la intrepidez, y dudo mucho del logro de vuestros designios; pero puesto que la reina me lo pide, andad, señor, y estad seguro de mi entero reconocimiento, si lográis el intento de empresa tan dificultosa.
           [Continuará]

[1] Tesis. Anoto aquí lo que aclara el autor a este respecto en otro pasaje. «Alias Artaxata, capital de la Georgia, está situada al pie de una montaña de quien el río Kur lava la falda».

sábado, 1 de diciembre de 2012

«Prosigue la Historia de Gulguli-Chemamé, Princesa de Tesis»


 
Mil y un cuartos de hora. Cuentos tártaros, de Fray Miguel de Sequeiros*.

          El buen rey Fanfur [1], señor, prosiguió Ben-Eridoun, después de seis años de ausencia del principe Outzim-Ochantey, a quien ya no contaba entre los vivos, se había al cabo determinado a darse otro heredero. No había tres meses que había hecho elección de una esclava de rarísima belleza que había elevado al trono, cuando Gulguli-Chemamé entró en Nanquin[2], capital de la China, adonde este príncipe hacía su residencia.  
          Como ella no quería darse a conocer, tuvo el cuidado de ocultar su sexo con el traje de hombre; y no obstante ese disfraz, su buena gracia, y el aire gracioso de su persona, no la hicieron ser menos notada de todos los moradores de Nanquin. 
          Fanfur, que con su nueva esposa estaba a la ventana de su palacio, a tiempo que la princesa de Tesis pasaba, fue curioso de saber quién era un extranjero de tan buena cara: mandó le dijesen le quería hablar y Gulguli-Chemamé, habiéndose presentado delante de aquel monarca, con un aire que le agradó sobre manera, le dijo que era un hijo de un príncipe de la Georgia, y que se llamaba Soufél, y que viajando solo por su gusto, pensaba de hacer en Nanquin larga mansión.
          La reina Kamcém (este era el nombre de aquella esclava), a quien Fanfur había dado parte de su trono, estaba con este monarca cuando hizo llamar a Gulguli-Chemamé: ella le representó, que no era  grandeza suya permitir que un extranjero como Soufél posase en otra parte que en palacio, y este buen rey, que siguiendo el uso de las gentes de cierta edad, que se desposan con personas mozos, se dejaba gobernar enteramente por su mujer, aprobó un consejo en que el amor de Kamcém tenía más parte que la generosidad. Ella no pudo echar los ojos sobre un hombre tan cabal, sin hacer de él comparación con el rey Fanfur. Este príncipe, por quien ella no tenía inclinación alguna, le pareció espantosamente feo en aquel momento, y sintió nacer en su corazón una violentísima pasión al joven Soufél.
          La favorable acogida que ella le hizo no movió a Fanfur persuadido de la sabiduría de la reina. Él mismo la ministraba cada instante los medios de entretener a Soufél; y Kamcém no esperó mucho tiempo para declararle lo que pasaba en su corazón. 
          Gulguli-Chemamé, que había atribuido las honras que recibía de esta princesa a un motivo del todo diferente del que la impelía, quedó admirada de una declaración tan pronta y tan urgente: quedó inmóvil cuando Kamcém, interpretando favorablemente su silencio, prosiguió de esta manera: 
           [Continuará]





[1]  Fanfur. Sigo la anotación del autor a otro pasaje. «Ha habido un príncipe, llamado Fanfur, que reinó en la China el año de 1289.»
[2] Nanquin. «Nanking. Ciudad China, en la región oriental, capital de la provincia de Kiangsu».