Translate

Mostrando entradas con la etiqueta dispositivos ópticos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta dispositivos ópticos. Mostrar todas las entradas

lunes, 18 de mayo de 2015

Un cuadro vivo en «La Regenta»

No cabe duda de que los dispositivos ópticos posibilitaron nuevas formas de mirar que se perciben con especial acogida en La Regenta de Clarín, como ya he señalado en otra ocasión; pero ahora no voy a ocuparme de la influencia de estos artilugios y de los espectáculos que surgieron en torno a ellos, sino de otro tipo de espectáculos que fueron igualmente populares en el siglo XIX. Se trata de los «cuadros vivos» o tableaux vivants como los denominan los franceses.
     Solían consistir en representaciones escénicas de cuadros de pintores famosos, ejecutados por actores que en posición estática en un escenario solían reproducir la disposición pictórica. En algunas ocasiones la interpretación podía enriquecerse con «pintura escenográfica de fondo, elementos escénicos corpóreos, proyección de disolvencias, música y efectos sonoros, lumínicos y pirotécnicos»  (Machetti). Todo ello explica que tanto el narrador como la propia Regenta, puedan decir que ,  al vestirse de nazarena y salir de procesión del Viernes Santo, tras el Entierro, estaba dándose en espectáculo a la malicia, a la envidia, a todos los pecados capitales, que contemplarían desde aceras y balcones aquel cuadro vivo que ella iba a representar.
Cabe añadir que tanto La Regenta, como luego confirma Víctor Quintanar, nos informa de que se había inspirado en una escena similar que el matrimonio había contemplado en Zaragoza, precisamente uno de los lugares adonde llevó sus cuadros vivos Monsieur Farriol
* SANDRO MACHETTI, «Monsieur Farriol, los cuadros vivos, la pintura y el cine. Notas acerca de un espectáculo precinematográfico», D' Art: Revista del Departament d'Historia de l'Arte nº 21 (1995), pp. 17-36.

domingo, 15 de junio de 2014

Los dispositivos ópticos en la prensa del Romanticismo (1835-1868)

 Se trata de una primera aproximación al estudio de la presencia de los dispositivos ópticos en la prensa del Romanticismo, basada, en primer lugar, en la cantidad y calidad de las periódicos que no sólo se limitaron a hacerse eco de la invención, novedadad y disfrute de cada uno de estos instrumentos, sino, particularmente en aquellos que les dieron tal relieve que incluyeron como cabeceras los nombres y o las imágenes de ellos.
       El estudio incluye una primera distinción entre aquellos dispositivos derivados de la cámara oscura, como la linterna mágica -aunque en ella la luz se proyecte desde dentro del aparato al exterior y no al contrario- y aquellos otros que como el diorama o el panorama buscan otras formas de captar la realidad con mayor «objetividad» y «veracidad».
         Por otra parte se analizan algunas prácticas culturales, de carácter espectácular derivadas de la divulgación de este tipo de instrumentos, y las reseñas que de ella se hacen en la prensa. Se trata en fin de ver hasta qué punto puede rastrearse el cambio de la cultura visual que se produce coincidiendo con el auge del Romanticismo.

domingo, 13 de abril de 2014

El voyeurismo de Fermín de Pas.

Aunque casi me pilla -en realidad me ha pillado ya- la Semana Santa, no puedo dejar de publicar esta entrada que tenía preparada desde el verano pasado, porque a ver, este Magistral tambien peca y no solo de deseo sino de hecho, pero vayamos poco a poco y aquí está la primera aparición del magistral en su salsa, que aunque explícitamente solo se hable de soberbia y de gula, el trasfondo es más amplio.
Bismarck, oculto, vio con espanto que el canónigo sacaba de un bolsillo interior de la sotana un tubo que a él le pareció de oro. Vio que el tubo se dejaba estirar como si fuera de goma y se convertía en dos, y luego en tres, todos seguidos, pegados. Indudablemente aquello era un cañón chico, suficiente para acabar con un delantero tan insignificante como él. No; era un fusil porque el Magistral lo acercaba a la cara y hacía con él puntería. Bismarck respiró: no iba con su personilla aquel disparo; apuntaba el carca hacia la calle, asomado a una ventana. El acólito, de puntillas, sin hacer ruido, se había acercado por detrás al Provisor y procuraba seguir la dirección del catalejo. Celedonio era un monaguillo de mundo, entraba como amigo de confianza en las mejores casas de Vetusta, y si supiera que Bismarck tomaba un anteojo por un fusil, se le reiría en las narices.

Uno de los recreos solitarios de don Fermín de Pas consistía en subir a las alturas. Era montañés, y por instinto buscaba las cumbres de los montes y los campanarios de las iglesias. En todos los países que había visitado había subido a la montaña más alta, y si no las había, a la más soberbia torre. No se daba por enterado de cosa que no viese a vista de pájaro, abarcándola por completo y desde arriba. Cuando iba a las aldeas acompañando al Obispo en su visita, siempre había de emprender, a pie o a caballo, como se pudiera, una excursión a lo más empingorotado. En la provincia, cuya capital era Vetusta, abundaban por todas partes montes de los que se pierden entre nubes; pues a los más arduos y elevados ascendía el Magistral, dejando atrás al más robusto andarín, al más experto montañés. Cuanto más subía más ansiaba subir; en vez de fatiga sentía fiebre que les daba vigor de acero a las piernas y aliento de fragua a los pulmones. Llegar a lo más alto era un triunfo voluptuoso para De Pas. Ver muchas leguas de tierra, columbrar el mar lejano, contemplar a sus pies los pueblos como si fueran juguetes, imaginarse a los hombres como infusorios, ver pasar un águila o un milano, según los parajes, debajo de sus ojos, enseñándole el dorso dorado por el sol, mirar las nubes desde arriba, eran intensos placeres de su espíritu altanero, que De Pas se procuraba siempre que podía. Entonces sí que en sus mejillas había fuego y en sus ojos dardos. En Vetusta no podía saciar esta pasión; tenía que contentarse con subir algunas veces a la torre de la catedral. Solía hacerlo a la hora del coro, por la mañana o por la tarde, según le convenía. Celedonio que en alguna ocasión, aprovechando un descuido, había mirado por el anteojo del Provisor, sabía que era de poderosa atracción; desde los segundos corredores, mucho más altos que el campanario, había él visto perfectamente a la Regenta, una guapísima señora, pasearse, leyendo un libro, por su huerta que se llamaba el Parque de los Ozores; sí, señor, la había visto como si pudiera tocarla con la mano, y eso que su palacio estaba en la rinconada de la Plaza Nueva, bastante lejos de la torre, pues tenía en medio de la plazuela de la catedral, la calle de la Rúa y la de San Pelayo. ¿Qué más? Con aquel anteojo se veía un poco del billar del casino, que estaba junto a la iglesia de Santa María; y él, Celedonio, había visto pasar las bolas de marfil rodando por la mesa. Y sin el anteojo ¡quiá! en cuanto se veía el balcón como un ventanillo de una grillera. Mientras el acólito hablaba así, en voz baja, a Bismarck que se había atrevido a acercarse, seguro de que no había   peligro, el Magistral, olvidado de los campaneros, paseaba lentamente sus miradas por la ciudad escudriñando sus rincones, levantando con la imaginación los techos, aplicando su espíritu a aquella inspección minuciosa, como el naturalista estudia con poderoso microscopio las pequeñeces de los cuerpos. No miraba a los campos, no contemplaba la lontananza de montes y nubes; sus miradas no salían de la ciudad.

Vetusta era su pasión y su presa. Mientras los demás le tenían por sabio teólogo, filósofo y jurisconsulto, él estimaba sobre todas su ciencia de Vetusta. La conocía palmo a palmo, por dentro y por fuera, por el alma y por el cuerpo, había escudriñado los rincones de las conciencias y los rincones de las casas. Lo que sentía en presencia de la heroica ciudad era gula; hacía su anatomía, no como el fisiólogo que sólo quiere estudiar, sino como el gastrónomo que busca los bocados apetitosos; no aplicaba el escalpelo sino el trinchante.
Las imágenes de la novela proceden de la contemplación de Vetusta a través de un catalejo, pero cualquier cristal, cualquier mirador de película -o de telefilme, a mí me gusta la miniserie de Fernández Leite- nos sirve. Casi contemporánea a la publicación de La Regenta (1884-85) es esta de los hermanos Lapierre de 1880 que se conserva en el Museo de la Filmoteca Española
Linterna mágica

miércoles, 2 de abril de 2014

Centro Internacional de Estudios sobre Romanticismo Hispánico "Ermanno Caldera"


Camino de Verona, dispuestos a participar en el XII Congreso del Centro Internacional de Estudios sobre Romanticismo Hispánico «Ermanno Caldera». La primera vez acudí invitada por el maestro, que había leído un primerizo estudio mío sobre Don Álvaro o la fuerza del sino, fundado en una edición suya. Dos veces fui a Nápoles y ahora vuelvo para hablar sobre la linterna mágica, un dispositivo óptico de enorme relieve en la prensa periódica del Romanticismo. Ese antiguo y camaleónico artefacto, anterior al panorama y que, sin embargo, supo adaptarse hasta convivir con el nuevo invento cinematográfico.
          Me reencontraré con viejos colegas y aprovecharé para disfrutar de la hospitalidad italiana. Como siempre echaremos de menos al profesor Caldera y recordaremos su vitalidad, su experiencia y sabiduría. Un maestro de la vida y de las letras. Brindo por él.

domingo, 22 de diciembre de 2013

La linterna mágica

          Si en el XVIII se produce la revolución de la forma de mirar con el desarrollo y divulgación de los experimentos científicos y su creciente atractivo entre un público de aficionados y curiosos (Vega 2010), en la centuria siguiente las proyecciones de linterna mágica proliferan y se convierten en uno de los entretenimientos preferidos tanto de las tertulias privadas de la burguesía como de los espacios públicos de diversión. 
Linterna mágica. Schlossmuseum

 Al menos desde mediados del XVII se tiene constancia del uso de la linterna mágica como instrumento para proyectar imágenes. Según Esteban Frutos es probable que antes de que Kircher la utilizara en sus clases en el Centro de Estudios Superiores de los Jesuitas en Roma y que la describiera, no en la primera edición de su Ars magna lucis et umbrae (1646) sino en la de 1671, el científico holandés Huygens ya conocía su uso en 1659. Pronto se difundiría su uso en toda Europa, tanto como medio de divulgación científica como de instrumento recretivo y en España el Diccionario de Autoridades de 1734 incluye la definición de la linterna mágica como máchina catóptrico-dióptrica. No obstante, como recoge el CORDE. ya Sor Juana Inés de la Cruz la menciona en un poema (ca. 1666-1695). Feijoo en su Teatro crítico advierte que los ignorantes consideran las proyecciones fruto de un arte diabólico.
 
1825
Para ilustrar su funcionamiento y desengañar a los lectores que todavía la confunden con la magia publica García Castañer La magia blanca descubierta, o bien sea arte adivinatoria, con varias demostraciones de física y matemáticas en 1833.
         Sobre la huella de la linterna mágica y otros tipos de máquinas y espectáculos ópticos que se detecta en los periódicos de la época me ocupo en el artículo “Los dispositivos ópticos y su recepción en la prensa del Romanticismo (1835-1868). Una aproximación”.